El mundo ha entrado en un compás de espera con la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán. La manera en que se expresó en las últimas horas el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, sobre negociaciones y acciones de la parte contraria, demostró una desesperación por detener la guerra iniciada, dos veces (en junio de 2025 y en febrero de 2026) por Israel con el apoyo de los Estados Unidos.
Pocas veces el mundo había sido testigo de tantas versiones sobre una guerra, ofrecida por un jefe del Estado más poderoso de la tierra, en este caso Estados Unidos. Inducía y obligaba a la parte contraria a sentarse en la mesa de negociaciones, les insultaba, emprendía acciones cada vez más violentas, y las amenazas incluían hasta a sus propios aliados, como la OTAN y la Unión Europea, a quienes les dijo que se encargaran ellos de resolver el tema del Estrecho de Ormuz.
Al perecer los iraníes no confían en Estados Unidos, luego de haberse sentado dos veces a negociar acuerdos y recibir bombardeos directos del negociador más importante. El propósito de la guerra era terminar con la dirección del país, eliminar el control de los ayatolas del gobierno de Irán, instalar un gobierno teocrático que respondiera a Estados Unidos y que no representara ningún peligro para Israel.
Los cálculos que hicieron resultaron fallidos. Estimaron que los iraníes se rebelarían contra sus autoridades, saldrían a las calles y establecerían un nuevo gobierno. Y que los iraquíes entrarían por tierra a Irán y conseguirían destrozar sus fortalezas militares. Eso terminaría con el proyecto nuclear iraní y la operación sería rápida y exitosa, como lo fue la extracción del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, el 3 de enero de este año.
Quien estableció la estrategia fue Benjamin Netanyahu, el primer ministro de Israel, quien estuvo en Washington a principios de febrero y convenció al presidente Donald Trump que allí solo había oportunidades para ganar, jamás para correr riesgos altos, de acuerdo con un extraordinario relato de las reuniones para la toma de decisión, realizado por The New York Times del martes pasado, firmado por los periodistas Jonathan Swan y Maggie Haberman.
Confiemos que haya racionalidad en el liderazgo accidental que toma las decisiones que nos afectan o nos perjudican
Los cálculos fallaron. En vez de debilitar el apoyo de la población iraní al régimen de los ayatolas, lo fortaleció. La población de 90 millones de personas, de Irán, prefirió defender a su régimen, salvando diferencias, y ahora son más reacios a cualquier diálogo con los Estados Unidos y con Israel. Miles de personas han sido víctimas de bombardeos indiscriminados, ha habido ejecuciones selectivas de funcionarios y miembros de la Guardia Revolucionaria Islámica, además de 180 niños y niñas que fueron atacados con misiles en una escuela. No se sabe la dimensión de los destrozos, pero tanto Israel como Estados Unidos desplegaron toda su furia contra ese país y destruyeron universidades, escuelas, instalaciones petrolíferas, de gas, plantas desalinizadoras de agua, carreteras, edificios y zonas militares y residenciales.
Se entiende que muchos iraníes rechacen ahora lo que se ha pactado con Estados Unidos. Nadie sabe el costo de la reconstrucción, pero tampoco se conoce la dimensión de los daños. Tampoco se sabe nada de las ejecuciones masivas de los ayatolas contra poblaciones que pudieron identificarse con Estados Unidos e Israel, o como confidentes. El acceso a reacciones y noticias dentro de Irán es muy cerrado, como ocurrió con Israel, por ejemplo, de quien se tienen pocos datos de la dimensión de sus daños.
El Líbano es otra víctima importante. Israel ha desatado una guerra genocida contra los libaneses, bajo el criterio de que todos son parte o respaldan a Hezbolá, la organización militar y terrorista de origen chiita, que apoya a los ayatolas de Irán. Israel ha seguido destrozando este país, ha tomado parte de su territorio y parece querer mantener el control de un amplio trecho del sur de El Líbano.
Las dos semanas de tregua, para no borrar de la faz de la tierra toda una civilización de más de 3,500 años antes de Cristo, de acuerdo con Donald Trump, serán una oportunidad para que la diplomacia funcione. El mediador ha sido el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, quien tiene ahora la oportunidad de lograr una paz duradera, estable, que impida nuevamente el reinicio de operaciones militares, que mantenga el Estrecho de Ormuz abierto, que los precios del petróleo bajen de precio, lo mismo que los precios del gas, y que poco a poco los países del golfo comiencen a trabajar su reconstrucción y normalizar sus vidas.
Es una versión muy optimista. Los niveles del diálogo son precarios. La desconfianza es muy grande, el odio entre las partes es mayor. El problema para el mundo, en este momento, es que Irán ha descubierto que tiene una bomba más poderosa que la atómica, con el control del Estrecho de Ormuz, una garganta que está bajo su poder y que amplía o reduce el nivel de petróleo que se vende en el mundo, y por tanto determina los precios internacionales del crudo y sus derivados.
Con ese control, con esa nueva convicción, los iraníes se cobrarán todas las deudas que se ha acumulado en su historia más reciente, con ataques, sanciones, agresiones, eliminación de sus líderes políticos, religiosos, militares, cometidos por Estados Unidos e Israel. Y en ese entorno, hay que esperar que las cosas se muevan, políticamente, dentro de Israel y de Estados Unidos, con los procesos judiciales y políticos que se esperan en los próximos meses.
Disfrutemos de estas dos semanas, y esperemos que la paz que se conquiste sea duradera. Y confiemos que haya racionalidad en el liderazgo accidental que toma las decisiones que nos afectan o nos perjudican. Así ha sido y así sigue siendo. Nunca más claro que ahora.
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