La muerte de una adolescente de 14 años bajo custodia de CONANI ha conmocionado al país. Meses antes, la muerte de Stephora Joseph durante una excursión escolar también provocó indignación.
Los casos son distintos y las circunstancias no son comparables. Nada invita a establecer paralelos simplistas entre estos sucesos. Sin embargo, ambos tienen algo en común: se trata de niñas que murieron en espacios donde debían estar protegidas. Esa sola constatación debería bastar para inquietarnos.
La adolescente fallecida en CONANI reunía muchas de las vulnerabilidades que acompañan a la infancia más desfavorecida. Había perdido a su padre. Su madre enfrentaba problemas de salud mental. Había sido desplazada de su entorno familiar. Terminó hospitalizada, luego institucionalizada y finalmente perdió la vida dentro de un sistema creado precisamente para protegerla.
La realidad de los hogares de paso añade otra dimensión a esta tragedia. Los niños, niñas y adolescentes que llegan a estas instituciones suelen cargar historias marcadas por el abandono, la violencia, la negligencia, los abusos o la desintegración familiar. Muchos provienen de entornos profundamente fracturados. Algunos mantienen vínculos familiares débiles o inexistentes. Otros han sido rechazados por quienes debían protegerlos.
Son, probablemente, los niños más vulnerables del país. Los hogares de paso reciben a aquellos que la familia, la comunidad o las instituciones no lograron proteger a tiempo. Llegan cargando heridas y carencias acumuladas durante años, realidades que ninguna intervención puede transformar de manera inmediata.
Reconocer esa complejidad no disminuye las responsabilidades cuando ocurren tragedias. Pero sí ayuda a comprender la magnitud del desafío humano que enfrenta cada día el sistema de protección de la niñez.
Por eso la muerte de una adolescente bajo custodia estatal resulta especialmente dolorosa. Cuando una niña llega a un hogar de paso, el Estado se convierte en su última red de protección. El fallo de esa protección nos interpela como sociedad.
Stephora provenía de una realidad muy diferente. Estudiaba en un colegio privado y pertenecía a una familia que había apostado por la educación como herramienta de progreso. No obstante, existe una coincidencia: tanto ella como la adolescente fallecida en CONANI eran haitianas.
La coincidencia no demuestra nada por sí sola. Nadie puede afirmar que su origen explique las tragedias que les costaron la vida. Pero tampoco se puede ignorar un hecho que nos obliga a reflexionar sobre la acumulación de vulnerabilidades que afecta a una parte de la niñez que vive en nuestro territorio.
Durante los últimos años, la cuestión haitiana ha ocupado una parte creciente del debate público dominicano. Es legítimo discutir políticas migratorias, control fronterizo y capacidad de respuesta del Estado. Toda nación tiene el derecho y el deber de hacerlo.
Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre debatir políticas públicas y convertir a una población en el símbolo de los problemas de una sociedad.
Cuando determinados grupos son presentados de manera constante como una carga, una amenaza o una fuente de dificultades colectivas, algo comienza a deteriorarse en el tejido social. No necesariamente surge el odio abierto. A veces ocurre algo más silencioso y quizás más peligroso: la erosión progresiva de la empatía.
Los niños y adolescentes no viven aislados de ese clima. Escuchan conversaciones familiares, observan las redes sociales, siguen los debates públicos y aprenden de las palabras de los adultos mucho antes de comprender plenamente todas sus implicaciones.
La historia demuestra que la deshumanización rara vez comienza con actos extremos de violencia. Suele empezar mucho antes, cuando algunas personas dejan de ser percibidas como individuos con nombre, rostro e historia propia y pasan a convertirse en categorías abstractas.
No siempre se trata de odio. A veces basta la indiferencia y acostumbrarse al sufrimiento ajeno. La adolescente fallecida la semana pasada tenía un nombre, una historia y un futuro que apenas comenzaba a construirse. Stephora también.
Más allá de las investigaciones y de las responsabilidades que deberán determinar las autoridades, ambas dejan una pregunta. ¿Qué niños vemos realmente? ¿Y cuáles dejamos de ver?
Una democracia no se mide únicamente por la fortaleza de sus instituciones.
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