La administración del presidente Donald Trump, aliada con Israel, decidió iniciar una guerra contra Irán que -de acuerdo a su análisis- terminaría rápidamente. Y no ha sido así. Tres semanas después Estados Unidos ha gastado parte de su reserva armamentista, invertido cientos de miles de millones de dólares, e Israel casi ha agotado su sistema de defensa aérea. Y el gobierno fundamentalista iraní se mantiene estable, y disparando misiles contra Israel, contra objetivos norteamericanos, y contra los países árabes aliados de Israel, como Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, y Arabia Saudita.

Europa ha dado un paso atrás en la ofensiva contra el gobierno de Irán. Trump le ha pedido enviar barcos de guerra para enfrentar a los iraníes en el Estrecho de Ormuz, y casi todos se han negado, porque esta no es su guerra, porque ellos no la iniciaron, y porque jamás fueron consultados sobre objetivos y estrategias para salir del conflicto. Ningún país europeo expondrá a sus soldados para entrar en Irán.

Ni Israel ni Estados Unidos han logrado desplegar tropas terrestres en Irán. La muerte del Ayatola Alí Hoseiní Jameneí y de casi toda su familia no ha logrado desplazar el gobierno fundamentalista. Al parecer lo ha fortalecido. Trump y Netanyahu querían impulsar una rebelión contra las autoridades iraníes, y no lo lograron. Ahora quien protagoniza con su estrategia es Irán. Los casi 90 millones de iraníes están acostumbrados a la guerra, tienen tradición, tienen una fuerza religiosa poderosa, han perseguido a los adversarios y los han inutilizados. El nuevo Ayatolá es el hijo sobreviviente de Jameneí,  Mojtaba Jameneí, quien perdió a su padre y a su madre, a su esposa, a sus hijos, y él mismo resultó herido por los bombardeos contra su casa, de Israel y Estados Unidos. Y es el gran líder del país. Si no hay venganza, habrá resistencia por la fuerza de la fe religiosa, y lo que queda es sobrellevar un mundo en llamas y en crisis económica.

La guerra en Medio Oriente se ha generalizado. No hay vuelos, no hay aeropuertos, ni plantaciones petroleras o de gas que no estén en riesgo. En Tel Aviv, la capital de Israel, la gente corre despavorida hacia comunidades que no sean objetivos militares para los iraníes. Benjamin Netanyahu ha tenido que explicar que no fue alcanzado por un misil y que sigue vivo, y pide a la gente salir a las calles, pero siempre cerca de algún refugio.

La continuidad de la crisis afecta los precios de los combustibles en los Estados Unidos y en todo el mundo. Rusia y China se están beneficiando del desastre que esta guerra representaba posiblemente están ayudando al régimen de Irán con equipos militares, drones y lanza cohetes. Estados Unidos e Israel han seguido bombardeando Irán, en los centros urbanos más importantes, pero carecen de información acertada sobre objetivos militares.

Estados Unidos inició la guerra con una aprobación precaria de la ciudadanía, que menos del 40 por ciento apoyó la decisión del presidente Trump. Había prometido que jamás iniciaría una guerra contra Irán, que sería el presidente de la paz, que su país crecería y sería grande en su presidencia. Quiso incluso que le dieran el premio Nobel de la Paz del año pasado, por supuestamente poner fin a varias guerras.

La peor de las guerras la inició sin aprobación del Congreso de su país ni del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Contra todo pronóstico, ni siquiera escuchó a sus propios oficiales de inteligencia, y asumió los consejos de su secretario de guerra, Peter Hegseth, de su secretario de Estado, Marco Rubio. Previamente decidió emprender una conquista de Groenlandia, invadir México, Canadá convertirlo en un Estado más de los Estados Unidos, intervino militarmente en Venezuela, capturó a Nicolás Maduro, y ahora se empeña en echar abajo a la más vieja dictadura del continente, la del Partido Comunista de Cuba.

El cuadro no puede ser más incongruente. Se canceló la reunión Cumbre de las Américas, que sería en diciembre del pasado año, y lanzó la reunión Escudo de las Américas, con 11 gobiernos afines, adictos e incondicionales. Excluyendo a México, Brasil, Colombia, Guatemala, Venezuela, Perú, Uruguay, Nicaragua y Cuba. Los países con los que ahora conversa y pacta Estados Unidos son aquellos que le simpatizan políticamente al presidente. Una lógica extraña, para un hegemón con Estados Unidos.

La economía no podría estar en más riesgo ni con más incertidumbre. Estados Unidos cambia continuamente de política. Agredió a todo el mundo con una política de aranceles agresiva y medalaganaria. Puso en marcha una política migratoria que agrede a los países aliados y a sus ciudadanos que han optado por hacer vida en Estados Unidos. Y los tacha de criminales, a gente que ha trabajado y hecho grande a Estados Unidos. A las remesas les colocó impuesto., Busca imponer leyes locales, políticas de drogas que le sean exclusivamente ventajosas. Rechaza el idioma de los países amigos y lo tacha de “maldito”. Vamos… que este presidente no parece ser amigo de nadie. Y que tal vez representa el pensamiento más autentico de los ciudadanos americanos, aquellos que llegaron como migrantes desde Europa y otros continentes, y ahora son dueños y señores de la gran potencia.

Homenaje a Orlando Martínez, 51 años después de su asesinato

Hoy se cumple el aniversario 51 del asesinato del periodista Orlando Martínez.

Un crimen de Estado. Pero que tuvo nombres muy concretos que se revelaron 25 años después del asesinato el 17 de marzo de 1975.

Orlando Martínez, asesinado hace 51 años, durante el régimen de 12 años de Joaquín Balaguer

Orlando Martínez fue un mártir del periodismo, de la libertad de expresión, del derecho a denunciar los males que entrañaba vivir en una sociedad militarizada y controlada por un gobernante que quería eternizarse en el poder.

Los artículos de opinión de Orlando Martínez, publicados en su columna Microscopio, de El Nacional, y también en la Revista Ahora, molestaban al poder. Orlando sabía que era una molestia para el presidente y su entorno.

Balaguer siempre lo supo, que Orlando era un riesgo político muy alto. Y los militares, los miembros del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, quisieron complacer y dar tranquilidad al presidente. El responsable principal de aquella decisión fue el entonces jefe de la Fuerza Area Dominicano, Salvador Lluberes Montás, más conocido como Chinino.

Se puso en marcha el plan y la supuesta indicación era dar un “susto” a Orlando, para que no siquiera molestando a Balaguer. Entre los que ejecutaron la orden había criminales profesionales, que no aguantaron la oportunidad de demostrar su destreza, y le dieron dos tiros mortales a Orlando. Orlando Martínez murió en el Hospital conocido como Marión, de las Fuerzas Armadas, al lado de la UASD, en manos del doctor Miguel Angel Stephan, quien luego fue ministro de Salud.

20 años después del crimen, la investigación periodística ayudó a la decisión del Cuarto Juzgado de Instrucción y la providencia calificativa emitida por el juez Juan Miguel Castillo Pantaleón fue contundente. No hubo forma de rechazarla. Los criminales fueron identificados, lo mismo que los que planificaron el crimen y dieron la orden de actuar.

Orlando Martínez es un mártir del periodismo y de la lucha por la democracia y la libertad de expresión. El presidente Luis Abinader acaba de emitir un decreto igualmente justiciero. Designa con el nombre de Orlando Martínez el edificio del Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (INDOTEL). Un reconocimiento que tiene que seguir, porque Orlando Martínez sigue viviendo en el corazón del pueblo dominicano, mientras sus asesinos se hunden en el olvido del infierno.