Este domingo 26 de octubre, el pueblo de Brasil acudió a las urnas para elegir presidente en segunda vuelta.

Los brasileños debían elegir entre el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, de la izquierda moderada, y el derechista extremo Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, que cumple condena por intento de golpe de Estado.

Tras el cierre de las urnas y el inicio del escrutinio, Brasil y el mundo asistieron a un conteo cerrado que mostraba a ambos candidatos alternándose en el liderazgo.

Finalmente, con más del 97% de los votos escrutados, Lula da Silva obtuvo más de tres puntos de ventaja sobre Flávio Bolsonaro, asegurando la victoria para un cuarto mandato.

Brasil supo elegir, y la voluntad de su pueblo debe ser saludada y respetada por la comunidad internacional.

¿Qué lecturas podemos hacer del resultado electoral en el gigante de América Latina?

En primer lugar, hay motivos para celebrar porque fue derrotado el discurso de odio: la propaganda contra los derechos de las mujeres, contra las minorías étnicas, contra la libertad de cultos y de pensamiento, contra la preservación de la Amazonia como gran reserva de vida, contra la soberanía de Brasil para decidir sobre sus tierras raras y sus recursos mineros, y contra el deber del Estado de garantizar servicios vitales como la salud y la educación, que no pueden ser vistos como simples negocios.

Apostamos a que Brasil continúe fortaleciendo su democracia y su economía. El país posee recursos naturales excepcionales, una economía diversificada y un pueblo trabajador y creativo.

Saludamos el ejercicio democrático protagonizado por el pueblo brasileño. En un clima de alta polarización, más de 121 millones de ciudadanos acudieron a las urnas para decidir el rumbo de la nación de forma pacífica y masiva. Ese es un triunfo valioso: el de las instituciones y el de la voluntad popular expresada a través del voto.

Felicitamos al presidente Lula da Silva por su reelección. Haber logrado una remontada histórica demuestra capacidad de movilización, resiliencia política y conexión con una parte significativa del electorado.

Asumir un nuevo mandato tras una contienda tan reñida implica, sin embargo, una responsabilidad aún mayor: gobernar con amplitud, dialogar con quienes no votaron por él y priorizar la unidad de Brasil por encima de las diferencias.

Los resultados fueron reñidos, lo que plantea al ganador el deber y el desafío de dialogar con el amplio porcentaje que representa la oposición. En una democracia madura, la oposición cumple también una función esencial.

El estrecho margen de la victoria no debe interpretarse como debilidad, sino como un llamado a la moderación y al entendimiento. Brasil necesita instituciones fuertes, reglas claras y actores políticos dispuestos a anteponer el interés colectivo. La polarización puede alimentar la pasión electoral, pero solo el diálogo y el respeto mutuo permiten construir un país más próspero y estable.

Apostamos a que Brasil continúe fortaleciendo su democracia y su economía. El país posee recursos naturales excepcionales, una economía diversificada y un pueblo trabajador y creativo.

Si el nuevo gobierno de Lula da Silva logra combinar estabilidad macroeconómica, inversión productiva, inclusión social y respeto a las instituciones, Brasil podrá consolidarse como un actor global de peso y mejorar de manera tangible la calidad de vida de su población.

La democracia no termina el día de la elección; apenas comienza. El verdadero desafío ahora es traducir el veredicto de las urnas en políticas eficaces, en diálogo nacional y en prosperidad compartida.