Cada Jueves Santo la Iglesia repite una escena que, vista con ojos despojados de costumbre, sigue siendo de suma trascendencia: un maestro que se arrodilla ante sus discípulos, les toma los pies y los lava. No delega. No ordena. No posa. Sirve. En silencio y sin cálculo.
Monseñor Alfredo De la Cruz Baldera ha elegido este gesto —y no otro— para enviar iniciar una serie de mensajes para la ciberlectoría de Acento.com.do en esta Semana Mayor. Y lo ha hecho con una lectura que desborda lo devocional: "Jesús transforma la lógica del poder. El maestro se hace siervo". Dicho así, en un país donde la palabra "autoridad" suele conjugarse con distancia, boato y, demasiadas veces, con impunidad, la frase adquiere el peso de una interpelación.
El obispo de San Francisco de Macorís sitúa la escena en lo que llama una "noche de contrastes", donde "la luz del amor se entrega frente a la oscuridad del mundo". Es una imagen poderosa, y no solo en clave teológica. Porque también en la vida pública dominicana conviven, noche tras noche, la retórica luminosa del servicio y la oscuridad opaca de la gestión que se sirve a sí misma en diferentes estadios. El cenáculo del Evangelio se convierte, en la lectura del prelado, en un espejo donde toda autoridad —civil, partidaria, empresarial, eclesiástica— está invitada a mirarse. Y lo que devuelve ese espejo no siempre consuela.
De la Cruz Baldera recuerda en su mensaje que la Eucaristía, centro de la vida eclesial según el Concilio Vaticano II, queda incompleta —mutilada, podríamos decir— si se la separa del lavatorio de los pies. Es decir: no hay espiritualidad auténtica sin compromiso concreto. No hay altar que valga si la calle queda abandonada.
En esta Semana Santa, mientras el país hace pausa y —al menos en teoría— se recoge, conviene expandir este mensaje. Porque aplica tanto para quien comulga como para quien gobierna, tanto para quien predica como para quien legisla: el poder que no sirve termina sirviéndose.
"No es una opción, es el mandamiento nuevo", afirmó, citando a Juan 13,14: "Si yo les he lavado los pies, también ustedes deben hacerlo". La referencia bíblica, trasladada al lenguaje de la vida pública, se vuelve exigencia cívica: servir no es un adorno del poder, sino su razón de ser. Quien no lo entienda así, ejerce otra cosa. Pero no autoridad.
El tramo más político del mensaje llega sin rodeos: "En nuestra amada República Dominicana, la autoridad no debe medirse por quien es servido, sino por quién es capaz de servir con mayor desinterés".
Detengámonos en esa palabra: desinterés. En un contexto donde la confianza pública se erosiona cada vez que la gestión huele a reparto de beneficios, donde los cargos se confunden con prebendas y las promesas se disuelven al día siguiente de las urnas, hablar de desinterés no es ingenuidad pastoral. Es una provocación ética. Y, qué bueno que provoca.
Es importante señalar que el obispo no mencionó partidos ni funcionarios. Pero, no hacía falta. Su vara de medir es universal y, por eso mismo, más difícil de esquivar: desde el más alto espacio de poder hasta el ayuntamiento más pequeño, desde la cúpula empresarial hasta las propias estructuras de la Iglesia, ¿quién gobierna para servir y quién gobierna para ser servido?
"Quiero hacer un llamado a que nuestra fe se traduzca en justicia", nos dice el hermoso mensaje que emite con su voz De la Cruz Baldera, antes de enumerar a los destinatarios de esa justicia: "el hermano que sufre, el enfermo, el olvidado". En esa lista breve se condensa una agenda social que la política dominicana suele aplazar: la justicia entendida no como abstracción jurídica, sino como cercanía con quienes quedan fuera del mapa de prioridades.
Es, también, una exigencia ciudadana que vale más allá de la fe de cada quien: que los discursos de valores no se agoten en la ceremonia, sino que se traduzcan en decisiones públicas verificables. Porque un país no se ordena con homilías —ni con discursos de rendición de cuentas— si después, en la práctica, el poder sigue operando como privilegio.
El obispo de San Francisco de Macorís nos pide que "este día no sea un día más", y nos llama a "renovar y promover el compromiso para ser un servidor humilde de los demás".
En esta Semana Santa, mientras el país hace pausa y —al menos en teoría— se recoge, conviene expandir este mensaje. Porque aplica tanto para quien comulga como para quien gobierna, tanto para quien predica como para quien legisla: el poder que no sirve termina sirviéndose.
Y una sociedad que tolera esa inversión —que naturaliza que el líder sea servido en lugar de servir— no solo traiciona un mandato evangélico. Traiciona, también, el pacto democrático más elemental: aquel que dice que la autoridad existe para cuidar al otro, no para cuidarse de él.
Monseñor De la Cruz Baldera ha puesto, desde el Evangelio, un espejo al poder dominicano. Queda por ver quién se atreve a mirarse en él.
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