Este 12 de marzo de 2026 se cumplen cien años del nacimiento de María Argentina Minerva Mirabal Reyes, en Ojo de Agua, Salcedo. Un siglo.

Sin embargo, su historia sigue siendo necesaria para que la recapitulemos y compartamos en palabras.

No porque falten homenajes —el pasado 8 de marzo el presidente Luis Abinader le otorgó póstumamente la Medalla al Mérito de la Mujer Dominicana—, sino porque la violencia que la mató sigue matando. Porque el sistema que la silenció sigue intentando silenciar.

Conviene detenerse en lo que Minerva era antes de ser el símbolo. Era una lectora insaciable que acumulaba centenares de libros y recitaba a Rubén  Darío. Era una estudiante que se graduó Summa Cum Laude de Doctora en Derecho en la Universidad de Santo Domingo en 1957 —una de las primeras mujeres en lograrlo—, a quien el régimen le negó el exequátur para ejercer.

Era una pensadora que, según el historiador Roberto Cassá en su biografía Minerva Mirabal: La Revolucionaria, editada por el Archivo General de la Nación, construyó desde joven un pensamiento donde confluían el derecho, la filosofía política y una conciencia aguda de la injusticia.

No era una mártir en busca de martirio. Era una mujer que quería estudiar, ejercer su profesión y vivir en un país libre. Que la dictadura convirtiera esos deseos elementales en delitos revela la atrocidad de la época.

Cien años después, la pregunta no es si Minerva Mirabal merece un homenaje más. La pregunta es si estamos a la altura de lo que ella exigió. En República Dominicana, el Código Penal sigue sin aprobarse con las tres causales para la interrupción del embarazo. Los feminicidios no cesan. La violencia política contra las mujeres que ocupan espacios públicos

Pero Minerva no surgió de la nada. Nació en un país donde otras mujeres ya habían abierto camino con la palabra. Cuando ella era niña, estaban las que luchaban por ser reconocidas ciudadanas en las aulas, en la prensa y las tertulias, para con el logro de ser sujeto político aportar, como lo quería Minerva a la construcción de la República Dominicana.

Aquellas mujeres también fueron maniatadas y engañadas por el tirano; Minerva pagó con su vida, como sus hermanas Patria y María Teresa

El silencio no camina a distancia, y por eso hay un dato que el feminismo contemporáneo nos obliga a leer con otros ojos. El 25 de noviembre de 1960, agentes del Servicio de Inteligencia Militar de Trujillo interceptaron a las hermanas Mirabal  cuando regresaban de visitar a sus esposos presos en Puerto Plata. Las ahorcaron, las apalearon, simularon un accidente de tránsito. Junto a ellas asesinaron a su chofer, Rufino de la Cruz, el único hombre que se atrevió a llevarlas. 

A sus esposos —los hombres—, el régimen los mantuvo vivos en la cárcel. A ellas —las mujeres que desobedecían— las mató. Ese dato no es accesorio: es la clave. Como señaló la socióloga María Alicia Gutiérrez: "El asesinato de las hermanas Mirabal tiene que ver con su participación en la vida pública. Fue contra ellas, por su trayectoria política". Lo que ocurrió aquel noviembre no fue solo un crimen político: fue un feminicidio de Estado. El castigo específico a las mujeres que se atrevieron a ocupar el espacio público.

La trascendencia de Minerva desborda las fronteras dominicanas de un modo que pocas figuras latinoamericanas han logrado. En 1981, en el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe celebrado en Bogotá, las feministas de la región propusieron que el 25 de noviembre —la fecha del asesinato— fuera declarado Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. En 1999, la Asamblea General de Naciones Unidas lo adoptó formalmente. Hoy, cada 25N, millones de mujeres marchan en las calles de Ciudad de México, Buenos Aires, Madrid, Bogotá, Berlín y Santo Domingo. Todas, sabiéndolo o no, caminan detrás de Minerva.

Cien años después, la pregunta no es si Minerva Mirabal merece un homenaje más. La pregunta es si estamos a la altura de lo que ella exigió. En República Dominicana, el Código Penal sigue sin aprobarse con las tres causales para la interrupción del embarazo. Los feminicidios no cesan. La violencia política contra las mujeres que ocupan espacios públicos —ahora también digital— se recicla con nuevas herramientas pero con la misma lógica: castigar a la mujer que desobedece.

Minerva dijo: "Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte". No fue retórica. Fue el programa político más lúcido que ha producido este país. Cien años después, sus brazos siguen afuera. La pregunta es si los vemos. Y, sobre todo, si estamos dispuestas a tomar lo que nos tienden.

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