Agradezco la amable invitación que me ha hecho la Cámara Americana de Comercio de la República Dominicana para participar en este respetado foro empresarial.

Me complace estar hoy con ustedes para compartir algunas reflexiones sobre la situación nacional y, en particular, sobre el rol de la empresa y la cultura en el progreso económico y social.

Hoy no vengo a hablarles de banca y finanzas, sino a compartir, como miembro del empresariado, los logros y aprendizajes de los últimos 35 años, pensando, sobre todo en el relevo generacional, los empresarios jóvenes.

Algunos de los planteamientos técnicos los voy a sustentar con opiniones de expertos.

Iniciamos la presentación con los tres mensajes centrales de esta:

  1. En los últimos 35 años, en nuestro país hemos tenido un crecimiento sostenido, que nos ha llevado a ser una economía de ingreso mediano alto, sustentado en inversiones y en un programa de reformas. Para continuar creciendo, debemos movernos a uno basado en productividad y nuevas reformas.
  2. El aporte más importante de la empresa a la sociedad es contribuir a crear una economía próspera y productiva que genere crecimiento y bienestar para las personas.
  3. El crecimiento económico y la prosperidad dependen, no solo de nuestra capacidad de invertir y emprender, sino también de nuestra capacidad para dialogar, cooperar y construir consensos; es decir, del capital social, ese atributo cultural que nos lleva a trabajar juntos, y que en palabras del Banco Mundial “es el conjunto de redes, normas y cooperación de una sociedad para lograr objetivos comunes”.

A partir de estos tres mensajes, organizaré esta reflexión en tres momentos: primero, los logros y aprendizajes de los últimos 35 años; segundo, el rol de la empresa en el progreso económico y social; y tercero, la cultura como habilitador del progreso.

PERÍODO 1990-2025: LOGROS Y APRENDIZAJES

Esta es la segunda ocasión en que tengo el honor de estar con ustedes. La vez anterior fue hace 35 años, en 1991, cuando salíamos de la década perdida, en medio de una delicada transición hacia una democracia funcional.

En 1990 vivimos una de las mayores crisis de nuestra generación: desabastecimiento de alimentos y combustibles, inflación que alcanzó el 80 % al cierre del año, una devaluación del 79 % y una caída del PIB de 5.4 %: una economía de guerra.

Esta situación llevó a los actores sociales —gobierno, empresarios y sindicatos—, con la mediación de la Iglesia católica, a concertar el Pacto de Solidaridad Económica, catalizador de las reformas más importantes de esos años.

Entre 1990 y 1992 se modificaron los aranceles y se aprobó una nueva ley de impuestos, con el propósito de sanear las finanzas públicas. En cuanto al sistema financiero y cambiario, se liberalizaron las tasas de interés y de cambio, y la Junta Monetaria aprobó la banca múltiple, poniendo fin a la banca especializada que, en la mayoría de los países, acusaba serias debilidades.

Otro momento trascendental fue el Pacto por la Democracia, firmado entre José Francisco Peña Gómez, Joaquín Balaguer y los mediadores de la Iglesia y la OEA, en el que, tras la crisis electoral de 1994, se acortó a dos años el período presidencial. El pacto llevó a reformas importantes: prohibición de la reelección inmediata, introducción de la segunda vuelta, creación del Consejo Nacional de la Magistratura y la autonomía del Poder Judicial.

Este despertar transformador iniciado en 1990 y que se prolongó por casi dos décadas, propició reformas concertadas entre los distintos actores sociales, en un período que abarcó varios gobiernos y trajo cambios profundos en materia de banca, moneda, tributación, aranceles, seguridad social, salud y pensiones, mercado de valores, inversión extranjera y nuevas reformas constitucionales en las áreas electorales y del Poder Judicial: un rally de reformas que nos ha convertido en una de las historias macroeconómicas más exitosas de la región.

Durante la campaña electoral de cara al período 2012-2016, la Coalición por una Educación Digna, conocida como el “movimiento de las sombrillas amarillas”, demandó un 4 % del PIB para el sector educativo. Los principales partidos políticos acordaron que quien ganara los comicios lo incorporaría en el presupuesto. Así lo hizo el presidente Danilo Medina tras ganar las elecciones, incluyéndolo en el presupuesto de 2013. Al año siguiente, en 2014, con la firma del Pacto Nacional para la Reforma Educativa, se consolidó el 4 % y se dio un marco institucional a la educación pública, un compromiso cumplido, pero con resultados que han sido, hasta hoy, una frustración nacional.

¿Qué aprendizaje nos dejó ese período?

Primero: que con diálogo y concertación logramos los avances que el país requiere; sin concertación no hay reformas sostenibles, y sin reformas, no hay progreso.

Segundo: que es posible convertir la crisis en oportunidad. El Pacto por la Solidaridad y el Pacto por la Democracia surgieron en medio de una crisis, lo cual demostró que sectores divergentes tienen la capacidad de ponerse de acuerdo cuando el país lo necesita.

Tercero: no hay que esperar a que la crisis nos obligue a dialogar; construir consensos a tiempo es siempre menos costoso.

Y cuarto: no todos los pactos son exitosos, como ocurrió con la reforma educativa, muy cuestionada por no alcanzar los resultados esperados.

El momento que vivimos hoy es otro: tenemos una economía próspera, con casi tres décadas de crecimiento.

El PIB per cápita (PPP) de República Dominicana pasó de 65 % del promedio mundial en 1990, a superarlo en 12 % en 2025. El PIB per cápita (PPP – paridad del poder de compra) de nuestro país pasó de 16 % del de Estados Unidos en 1990, a 32 % en 2025.

Lo notable del progreso de República Dominicana, a juicio del Fondo Monetario Internacional, no es solo el nivel de convergencia, sino también su velocidad en comparación con otros países de la región.

Por otra parte, producto del proceso de reformas, hemos logrado un gran avance institucional: tenemos un Banco Central fuerte, un sistema financiero solvente, un Poder Judicial que ha hecho grandes avances y un sistema electoral confiable.

La rápida reacción de la economía a estas reformas se evidencia en el crecimiento: 11.2 % en 1992, 7.4 % en 1993, y un promedio de 5 % durante toda la década.

La tesis de que las instituciones económicas constituyen uno de los determinantes fundamentales de la prosperidad de largo plazo de los países explicaría el rápido crecimiento que hemos tenido, dado el fortalecimiento de nuestras instituciones.

Esta tesis de los economistas Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson, ganadores del Nobel de Economía 2024, sustenta que: “Los países no prosperan simplemente porque tengan más recursos, mejor geografía o mejores políticas económicas; prosperan cuando cuentan con instituciones que generan los incentivos adecuados para invertir, innovar, trabajar y participar en la economía”.

Hoy, el reto que tenemos por delante como país, es mantener el ritmo de crecimiento en el largo plazo.

En ese tenor, el brillante economista domínico-mexicano, Raúl Féliz, advierte que, en los países subdesarrollados, el crecimiento, en una primera etapa, se logra con inversión; pero que, al llegar al nivel de ingreso mediano alto, ya la inversión no basta: se necesita productividad y adopción de nuevas tecnologías. Ese es, a su juicio, el momento en el que está nuestra economía.

La experiencia de Chile, México y Brasil confirma esta advertencia: sus economías entraron en fase de estancamiento cuando alcanzaron, respectivamente, 42 %, 35 % y 30 % del PIB per cápita de Estados Unidos. En nuestro caso, estamos ya en un 32 % del PIB per cápita de Estados Unidos, es decir, dentro del rango en el que los países señalados detuvieron su crecimiento. Esto indica que podríamos estar llegando al momento de la trampa de los ingresos medios, por lo que, para seguir creciendo, debemos asegurar un incremento continuado de la productividad. Para lograrlo, tenemos que adoptar nuevas tecnologías.

En días pasados, el Consejo Nacional de Competitividad, en el marco del Foro Meta RD 2036, presentó la conferencia “La trampa de los ingresos medios”, del profesor Andrés Velasco, quien coincide con Féliz en que para sostener el crecimiento se requiere productividad y nuevas tecnologías, y exhortó a las autoridades y empresarios a sostener un ritmo de crecimiento suficientemente elevado que permita garantizar la prosperidad económica cuando esta comience a desacelerarse.

El FMI nos estimula a seguir esta carrera por el crecimiento cuando señala que, “con las políticas adecuadas, el país tiene potencial para convertirse en una economía avanzada en los próximos 40 años”.

Meta RD 2036 plantea que, en tan solo una década, la economía dominicana tiene el potencial de duplicar su tamaño.

ROL DE LA EMPRESA EN EL PROGRESO ECONÓMICO Y SOCIAL

Distinguidos señores, al inicio de esta intervención dije que el aporte más importante de la empresa a la sociedad es contribuir a crear una economía próspera.

A este respecto, en República Dominicana, la participación del sector privado en el PIB supera el 85 %, abarcando la casi totalidad de los productos y servicios que consume la población, incluidas actividades que antes dependían del Estado: aeropuertos, energía, salud, educación, pensiones, entre otras.

El gran reto para la empresa de hoy es cómo conciliar su viabilidad económica con la participación que se espera de ella en la solución de los grandes problemas de la sociedad.

Michael Porter, en su libro “La Ventaja Competitiva de las Naciones”, sostiene que las condiciones macroeconómicas, políticas, legales y sociales que sustentan una economía exitosa, aunque necesarias, no crean riqueza por sí mismas.

Cito: “La riqueza se genera realmente en el nivel microeconómico de la economía, enraizada en la sofisticación, la capacidad innovadora y la eficiencia de las empresas. La verdadera competitividad, por tanto, se mide a través de la productividad”.

“La productividad es lo que permite a una nación sostener salarios elevados, una moneda fuerte y rendimientos atractivos para el capital y, con ello, alcanzar un alto nivel de vida para su población”.

En ese sentido, el BID sustenta que, “si las empresas son paladines de la productividad, sus intereses tienden a coincidir con el bienestar general de la sociedad”.

Partiendo de estas premisas, las empresas privadas impulsan la productividad:

  • Invirtiendo en innovación y nuevas tecnologías.
  • Capacitando a sus trabajadores y desarrollando sus competencias técnicas y humanas.
  • Adoptando mejores prácticas gerenciales.

Sin embargo, la productividad no depende únicamente de inversiones, tecnología y capacidades gerenciales, depende también del componente cultural. Por eso, el análisis del papel de la empresa conduce necesariamente al tercer mensaje de esta intervención.

LA CULTURA COMO HABILITADOR DEL PROGRESO

Anteriormente mencioné que el capital social es un atributo cultural que facilitó la construcción de acuerdos y consensos, con el que pudimos impulsar un conjunto de reformas que fueron determinantes para alcanzar el crecimiento que hemos tenido.

La cultura son los valores, comportamientos, normas, principios y creencias compartidas por un grupo social.

¿Por qué interesa la cultura? Porque la cultura condiciona los comportamientos y conductas de un grupo social, en este caso, la sociedad. Esos comportamientos y conductas fomentan el bienestar común y el clima para el trabajo en conjunto: ciudadanos confiables, cooperadores, respetuosos, entre otros.

Algunos autores argumentan que las dimensiones no económicas, como la confianza social, ética del trabajo, legitimidad institucional, son tan importantes como las destrezas técnicas para sostener el desarrollo; y agregan, además, que el capital humano no es solo cognitivo, sino también cívico.

Así lo constatan las experiencias de países ganadores en esa transición hacia una economía avanzada: Corea, Singapur, Alemania y Japón, que combinaron su despegue económico con una apuesta deliberada por la educación cívica y del carácter, mostrando que desarrollo económico y formación ciudadana, cuando avanzan juntos, logran mayores niveles de prosperidad.

El milagro económico de estos países corrió en paralelo a un proyecto deliberado de reconstrucción moral y ciudadana, es decir, de una intervención cultural, a través de la educación, para que sus ciudadanos tuvieran las conductas y comportamientos que propician la convivencia, la colaboración y el trabajo compartido.

Al respecto, Francis Fukuyama, en su libro “Trust”, indica que las culturas en las que predomina la confianza entre sus integrantes construyen capital social, lo cual conduce a la prosperidad económica.

CIERRE: RETOS Y REFLEXIONES

Para concluir voy a referirme al artículo 38 de nuestra Constitución, sobre la dignidad humana: “El Estado se fundamenta en el respeto a la dignidad de la persona y se organiza para la protección real y efectiva de los derechos fundamentales que le son inherentes. La dignidad del ser humano es sagrada, innata e inviolable; su respeto y protección constituyen una responsabilidad esencial de los poderes públicos”.

La importancia de ese pronunciamiento es que pone al ser humano en el centro de las políticas públicas. Podemos decir que tenemos una constitución humano-céntrica, de raíces humanísticas.

Traigo a colación estas experiencias para fundamentar los tres grandes retos que considero prioritarios para el futuro de nuestro país.

El primero, el más urgente e importante: reformar la educación desde el nivel inicial y primario hasta el superior, para formar buenos bachilleres, técnicos y profesionales, que a su vez sean buenos ciudadanos.

El capital humano no es un recurso natural que se encuentra en la calle, sino un tejido que se construye en las escuelas, las universidades y, decisivamente, en las empresas.

Desde 2013 a la fecha el Estado ha destinado unos 50 mil millones de dólares al Ministerio de Educación, con magros resultados y el costo de oportunidad de haber dejado casi una generación con educación deficiente.

El futuro del país está por encima de cualquier otra cuestión. Si todos los sectores pactamos por la reforma educativa, ¿no deberíamos ahora volver sobre el tema y asegurar una solución?

El segundo reto es lograr ser una economía de ingreso alto y alcanzar grado de inversión. Para lo cual tenemos que sostener el crecimiento, como señalé anteriormente, con base en productividad e innovación.

La estrategia Meta RD 2036 es una excelente plataforma público-privada para empoderarse de este tema y echar a andar nuestra economía y sociedad en la búsqueda de mayor prosperidad.

No obstante, el FMI nos estimula a ir por más cuando señala: “Con las políticas adecuadas podríamos ser una economía avanzada en 40 años”, —es decir, en diez gobiernos o dos generaciones—, lo que exigiría otro rally de reformas tan grande como el anterior.

Para lograrlo, el FMI recomienda al país: mejorar la educación para elevar la productividad laboral, adoptar nuevas tecnologías, fomentar la innovación, completar la reforma eléctrica, fortalecer la resiliencia del turismo y la agricultura, abordar la informalidad del mercado laboral para optimizar la calidad del empleo y mejorar el clima empresarial para llegar a grado de inversión. Me permito agregar que Meta RD 2036 debe, igualmente, integrar a su estrategia —y promover— la formación integral de nuestra gente en busca de la productividad y la colaboración ciudadana.

El tercer reto, y el más disruptivo, es la inteligencia artificial. Las empresas de nuestro país no podemos quedarnos atrás y debemos ser diligentes y dar los pasos necesarios para adoptar las nuevas tecnologías y no perder competitividad frente a los demás países.

La IA bien usada y normada por los estados, puede traer prosperidad para la humanidad; de lo contrario, puede ser un instrumento de alto riesgo para esta. Hemos visto con satisfacción que en Estados Unidos crecen las iniciativas bipartidistas y empresariales para establecer salvaguardas sobre los sistemas de IA más avanzados, mientras en Naciones Unidas avanza el diálogo sobre una gobernanza internacional de esta tecnología.

Señoras y señores, al inicio les adelantaba tres mensajes que motivaron mi comparecencia hoy ante ustedes, y luego enumeré tres retos que tenemos como país. No quiero, sin embargo, que olvidemos lo inicial: que estamos llamados a construir una economía próspera, sustentada en el progreso de las personas; que debemos defender la capacidad de dialogar y cooperar, y que debemos movernos hacia un modelo con base en la productividad y la innovación.

Ahora bien, ningún logro económico tendrá sentido si olvidamos lo esencial: nuestro compromiso con el progreso del país va mucho más allá de cifras e indicadores. Debe estar encaminado a propiciar las condiciones para el bienestar de nuestra gente, con esa visión humano-céntrica de la que les hablaba, y que asegura la sostenibilidad de lo que hemos logrado construir.

Concluyo con una frase del filósofo renacentista italiano, Giovanni Pico della Mirandola, en lo que algunos llaman, el Manifiesto Fundacional del Potencial Humano: “No te hemos dado ni un lugar fijo, ni una forma propia, ni una función alguna que te sea peculiar; para que tú mismo, como hombre libre, y soberano artífice, te plasmes en la obra que prefieras”.

La República Dominicana no tiene un destino fijo; será lo que sus líderes y su gente decidan construir.

Aunemos esfuerzos para construir un país capaz de generar riqueza para mejorar la vida de todos a través de la educación integral, que pueda dotar a las personas de capacidades y valores, para que ellas mismas puedan procurarse una vida digna, en el marco de políticas públicas que pongan al ser humano en el centro.

Muchas gracias.

Luis Molina Achécar

Presidente del Centro Financiero BHD

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