Hay músicas que no admiten la indiferencia. La de Richard Wagner es una de ellas. Desde los primeros compases de La valquiria, la Orquesta Sinfónica Nacional nos colocó frente a una sonoridad que exige del intérprete algo más que precisión: dominio, concentración y una profunda comprensión de la arquitectura dramática que sostiene cada página.
La noche del miércoles 7 de octubre de 2026, bajo la dirección de José Antonio Molina, Wagner no apareció ante nosotros como una figura distante de la historia de la música europea. Apareció vivo, poderoso, exigente. Y la OSN tuvo que enfrentarse a esa monumentalidad desde una condición particularmente significativa: la de una institución dominicana que celebra 85 años de historia y continúa midiéndose con las grandes obras del repertorio universal.
Ese encuentro entre Wagner, Molina y la Sinfónica Nacional es el verdadero punto de partida de esta reflexión.
El desafío de Wagner
Wagner revolucionó la concepción de la música escénica. Su idea de la Gesamtkunstwerk, la obra de arte total, buscaba integrar música, poesía, actuación y espacio escénico en una experiencia artística unitaria.
Pero una de sus grandes revoluciones ocurrió dentro de la propia orquesta. En su música, la orquesta dejó de ser simple acompañamiento para convertirse en narradora, memoria y conciencia del drama. Los leitmotivs permiten que un personaje, una idea o un acontecimiento regresen a través del sonido.
Por eso interpretar a Wagner supone mucho más que ejecutar partituras técnicamente complejas.
El desafío no consiste en hacer sonar grande a Wagner. Consiste en hacer que esa grandeza tenga sentido.
Y esa fue una de las grandes responsabilidades asumidas por José Antonio Molina.
De la tormenta a la redención
El programa propuso un verdadero recorrido por diferentes momentos del universo wagneriano.
La noche comenzó con el Preludio del acto I de La valquiria. Desde los primeros compases, las cuerdas construyeron una sensación de movimiento, amenaza y persecución. No escuchábamos simplemente una tormenta: estábamos dentro de ella.
Luego llegó la Obertura de Rienzi, donde el Wagner joven aparece todavía fascinado por la gran ópera y por una escritura de carácter marcial y espectacular. Las trompetas adquirieron aquí un protagonismo especial, anunciando esa monumentalidad que posteriormente alcanzaría dimensiones extraordinarias.
La Marcha fúnebre de Sigfrido, de El ocaso de los dioses, cambió radicalmente el clima. La orquesta se convirtió en memoria. A través de los leitmotivs, la muerte del héroe se transforma en el recuerdo de toda una existencia y, finalmente, en la desaparición de un mundo.
Con la obertura de Los maestros cantores de Núremberg apareció un Wagner luminoso, humano y celebratorio. El contrapunto y la riqueza de las diferentes líneas exigían claridad y precisión.
En el Preludio del acto III de Lohengrin regresó el esplendor orquestal, con metales y percusión reforzando el carácter festivo y triunfal.
Después llegó uno de los momentos de mayor intensidad emocional: Preludio y Muerte de amor de Tristán e Isolda. Allí el tiempo parece suspenderse. La música respira, se contiene, vuelve a crecer. La tensión se prolonga hasta alcanzar finalmente su resolución.
Y el recorrido concluyó con la Obertura de Tannhäuser, donde espiritualidad y sensualidad, conflicto y redención se enfrentan en una síntesis dramática de enorme fuerza.
No habíamos escuchado simplemente siete piezas.
Habíamos recorrido un universo.
Cuando la monumentalidad se convierte en arquitectura
La música de Wagner permite apreciar especialmente la relación entre las distintas familias instrumentales.
Los metales tuvieron una responsabilidad enorme. Las trompetas aportaron brillo, solemnidad y carácter heroico; trombones y tuba, gravedad y oscuridad; las trompas, ese color asociado al bosque, la naturaleza, el mundo caballeresco y la dimensión mítica.
Y hubo un sonido que merecía especial atención: las tubas wagnerianas.
El programa identifica en esta sección a Éric Vásquez Rivera, Francisco Javier Belancourt, Dylian Zakavira Comesa y Adriana Isabel Díaz Medina. Su participación aportó ese timbre particular concebido por Wagner para ampliar el espectro de los metales y acercarlo a una sonoridad simultáneamente noble, sombría y misteriosa.
También destacó Víctor Mitrov, trompeta principal, dentro de una sección que tuvo un papel decisivo durante toda la noche.
Pero Wagner no puede reducirse al poder de los metales.
La verdadera grandeza aparece cuando todas las familias consiguen respirar juntas.
En los primeros violines, la concertino Zvezdana Radojkovic de Peña representó ese punto de referencia indispensable para la coordinación y el equilibrio de la sección.
Porque una orquesta no es una suma de individualidades.
Es un organismo.
Y Wagner exige que ese organismo funcione como una sola voluntad musical.
La monumentalidad no es ruido
Quizás esta sea una de las conclusiones más importantes que deja la experiencia.
Wagner puede ser monumental sin ser estruendoso.
Puede ser poderoso sin perder delicadeza.
Puede llenar una sala sin sacrificar transparencia.
La verdadera dificultad consiste precisamente en conseguir ese equilibrio.
Y allí estuvo, para mí, una de las virtudes más apreciables de la dirección de José Antonio Molina: la capacidad de organizar la monumentalidad.
No se trataba de vencer a Wagner con volumen.
Se trataba de comprenderlo.
De permitir que sus metales hablaran sin sepultar las cuerdas. Que las cuerdas mantuvieran la tensión sin perder el fraseo. Que los crescendos fueran consecuencia de una construcción y no simples explosiones sonoras.
En eso consiste dirigir una obra de estas dimensiones: lograr que la fuerza permanezca sometida a una idea.
También la música se sostiene fuera del escenario
Pero una institución musical no vive solamente de sus músicos y sus conciertos.
Existe otra arquitectura, menos visible, que permite que la música tenga continuidad: la gestión, las alianzas, la formación de públicos y la educación musical.
En esa dimensión merecen ser destacadas Marisol Rodríguez Copello y Margarita Miranda de Mitrov, copresidentas de Fundación Sinfonía, quienes encabezan una nueva etapa de liderazgo al frente de una institución con cuatro décadas de trayectoria.
Su trabajo ha contribuido a fortalecer y proyectar la actividad musical mediante una programación sostenida, nuevas alianzas y, de manera especial, un creciente énfasis en la educación y la formación musical.
Porque preservar una tradición no significa simplemente conservarla.
Significa también renovarla y preparar a quienes habrán de recibirla.
Por eso, cuando hablamos de la música sinfónica dominicana, también debemos mirar hacia quienes trabajan para que esa música tenga presente y futuro.
85 años de memoria
Todo esto adquiere mayor significado cuando recordamos que la Orquesta Sinfónica Nacional celebra 85 años.
Ochenta y cinco años son generaciones de músicos, directores, ensayos, conciertos, sacrificios y aprendizajes. Son una acumulación de memoria que permite que hoy una orquesta dominicana pueda enfrentarse a uno de los repertorios más exigentes de la tradición musical occidental.
Una institución cultural se mide también por su capacidad de recibir una herencia y llevarla hacia el futuro.
Eso estaba ocurriendo aquella noche.
No solamente se interpretaba Wagner.
Se continuaba una historia.
Y el público se puso de pie
Al terminar, ocurrió algo que resumió mejor que cualquier comentario lo vivido durante la noche.
El público se puso de pie.
La ovación fue prolongada y entusiasta.
Se aplaudió a José Antonio Molina, a los músicos y a todos los integrantes de la Orquesta Sinfónica Nacional.
Y ese aplauso era también un reconocimiento a una institución que durante 85 años ha formado parte de nuestra vida cultural.
Al contemplar a los músicos recibir aquella ovación, resultaba inevitable sentir orgullo.
Porque una orquesta nacional no es solamente un conjunto de instrumentos sobre un escenario.
Es memoria.
Es disciplina.
Es patrimonio.
Es Nación.
Anoche, Richard Wagner dejó de ser solamente una figura fundamental de la historia musical europea para convertirse en un puente entre esa tradición universal y una orquesta dominicana capaz de asumirla con dignidad y fuerza artística.
La Orquesta Sinfónica Nacional es un patrimonio vivo de los dominicanos.
Y el público, puesto de pie al final de aquella noche del miércoles 7 de octubre, pareció decirlo con el lenguaje más sencillo y poderoso que existe:
el aplauso.
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