“Mrs Dalloway said she would buy the flowers herself.”

“La señora Dalloway dijo que compraría las flores ella misma.”

Una decisión mínima sostiene este inicio: comprar flores; nada en esa frase anuncia una historia ni propone un conflicto, y sin embargo en esa levedad comienza a insinuarse una variación decisiva, el tiempo deja de percibirse como sucesión y empieza a sentirse como una extensión que se abre desde la conciencia.

El arranque de Mrs. Dalloway no construye una escena en el sentido habitual, lo que se instala es un ritmo, una forma de sostener la atención donde la acción apenas ocupa un plano inicial, suficiente para que la mirada se desplace hacia otra zona en la que la experiencia ya no depende de lo que ocurre, sino de la manera en que es percibido; la jornada queda planteada, pero no como desarrollo, sino como un campo de resonancias.

Esa resonancia no se ordena en secuencia, el presente se abre, se superpone, se deja atravesar por lo recordado y lo imaginado; cada percepción arrastra otras, cada pensamiento se enlaza sin necesidad de cerrarse, y la experiencia deja de avanzar en línea recta para presentarse como una trama donde distintas capas coexisten sin jerarquía estable.

En ese desplazamiento se reconoce una sensibilidad propia de su tiempo: la vida urbana, fragmentada y simultánea, ya no podía ser contenida en las formas narrativas heredadas, la conciencia, expuesta a una multiplicidad constante, exigía otra forma de representación, y Woolf no describe ese cambio, lo incorpora desde la primera línea, desplazando la narración hacia la forma en que el mundo es vivido.

Este gesto dialoga con la tensión que atraviesa la obra de James Joyce, aunque se aparta de su densidad verbal para explorar otra vía; allí donde Joyce somete el lenguaje a una presión que lo vuelve inestable, Woolf sostiene una transparencia que reorganiza el tiempo sin hacerla evidente.

La diferencia es de procedimiento, no de alcance, en ambos casos la literatura abandona la pretensión de ofrecer un mundo ordenado desde fuera y se interna en la experiencia de percibirlo, de modo que la unidad deja de residir en la acción y pasa a sostenerse en la continuidad de una conciencia que no se detiene, que apenas roza los hechos antes de desplazarse hacia otra zona.

Leer ese inicio implica un cambio de posición: no se sigue una historia que avanza, se entra en una experiencia que se despliega, la atención deja de dirigirse hacia un desenlace y se sostiene en la transformación constante de cada instante.

Ahí se concentra su proyección; lo que en su momento respondió a una necesidad de representación se convierte en una forma de comprensión, y cada época puede reconocerse en esa dificultad para fijar lo vivido en una secuencia estable, de modo que el inicio de Woolf permanece, no como modelo, sino como una forma de acercarse a la experiencia, donde lo esencial no se presenta como acontecimiento, sino como variación continua de la conciencia.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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