La narrativa de Mario Vargas Llosa, vasta, significativa y variada, revela, en las diversas temáticas tratadas, la crudeza y ferocidad de la violencia carnal y psicológica.
Aunque lo hace con evidente realismo, la impregna de ficción y fuerte aliento poético.
En sus cuentos y novelas, sin excepción alguna, la violencia (sus grados y matices) es manejada con ingenio creativo y admirable elegancia estilística.
Y no es para menos, ya que toda la narrativa Vargas llosiana tiene dramatismo, sonoridad, ritmo, armonía y musicalidad contagiosa, que atrapa y seduce a los sentidos.
De ahí que, de más en más, sea experiencia fascinante de gustarla con reposada calma.
Diríase, sin más, que se trata de una narrativa ágil, fluida, sobria y transparente, sin ningún indicio de ingenuidad, ni anodina discursividad.
Sus personajes, nudos, conflictos, tramas, argumentos y escenas, denuncian (con lenguaje poético), la marginalidad, la lucha de clase y los desafueros dictatoriales.
En esencia, es una violencia signada por la ira desenfrenada, los abusos de poder y falta de libertad.
Por ello, se pudiera decir, que es una narrativa novedosa y extraña de sí, debido a su belleza metafórica y continuos perceptos intuitivos que la envuelven con argumentos matizados por el buen decir.
En la novela “La guerra del fin del mundo”, por ejemplo, la violencia se desarrolla con intensidad desgarradora en Canudo, lugar de personas marginadas, pacíficas, alienadas y creyentes.
En "Conversación en la Catedral” se siente el olor fétido de la violencia insoportable que azotaría la sociedad peruana durante el ochenio del General Manuel Odría.
Algo muy distinto ocurre con “Elogio de la madrasta” y “Los cuadernos de don Rigoberto”.
Ambas novelas proyectan intenso niveles de violencia erótica y, si se quiere, emocional.
En la “casa verde”, diríase que el sentido de lo trágico aparece articulado con la atmósfera enrarecida de la violencia impredecible, la cual se traduciría en hechos deshumanizados que rayan en lo absurdo y la desmesura.
El olor a sangre y violencia salvaje se siente en la novela de corte policial “¿Quién mató a Palomino Molero? Joven aviador, torturado y asesinado con saña, resentimiento y odio.
“Lituma en los Andes” esta permeada por los vértigos asustadizos de sendero luminosos; la muerte a mansalva de turístas franceses, así como la misteriosa desaparición de tres personajes de la novela: el mudo, el albino y el capataz.
En “La ciudad y los perros” abunda la violencia, el tormento y el desasosiego, azuzados por los zarpazos inmisericorde de la ira exacerbada.
“La tía Julia y el escribidor” está fundamentada en la violencia sentimental y familiar de un amor prohibido
En “La Fiesta del Chivo”, “El héroe discreto”, “El paraíso en la otra esquina”, “El sueño del celta”, “Pantaleón y las visitadoras”, “la Travesura de la niña mala”, “Cinco esquinas”, así como en ‘Historia de Mayta’, la violencia aparece reflejada con notable crudeza.
Tan magníficas novelas, una más que otras, como se habría de suponer, están saturadas de intrigas y escenas violentas, como verbigracia: “Tiempos recios”, cuyo tema central gira entorno al golpe de Estado perpetrado contra Jacobo Arbenz, en Guatemala.
En ella y otras obras, Vargas Llosa argumenta el tema de la violencia, el poder, la libertad, el heroísmo, los celos, el amor, la marginalidad, traiciones, infidelidades, así como la corrupción y el trafico de influencia.
En su cuentística también se observa no poca violencia.
En los “Jefes” por ejemplo, se observa la violencia ejercida por el director de un colegio que impone su capricho arbitrario a unos estudiantes desorientados e incapaces de hacer valer su derecho.
En el cuento “El hermano menor”, “El abuelo” y “Un visitante”, la violencia, además de física, es psicológica; mientras que en el relato que lleva por título” Día domingo”, la violencia es de carácter sentimental.
Muy distinta sería la violencia que subyace (de manera notable) en su último relato “Los vientos”.
La misma se percibe en la fragilidad del cuerpo y los estragos mentales de la vejez, horadada por el peso de los años y el salitre del tiempo.
Cabría decir, pues, que la violencia en la narrativa de Vargas Llosa está entretejida con los hilos imaginarios de la ficción y la dulzura encantadora de la poesía.
En sus cuentos y novelas ello es notable.
Sería, poco más que atinado observar y valorar fragmentos poéticos de tan brillante narrativa:
“El mar se ve plomizo, verde oscuro, humeante, encabritado, con manchas de espumas y olas que avanzan guardando la misma distancia hacia la playa.” (Historia de Mayta, p. 7).
“Los rostros se suavizaron en el resplandor vacilante que el globo de luz difundía por el recinto, a través de escasas partículas limpias de vidrios”. (La ciudad y los perros, p.13).
“La puerta estaba abierta y por ella entraba el sol como un incendio voraz.” (La casa verde, p.364).
“(…) El cuarto se había encogido, el aire espesado. Las miradas inmóviles, tragaban saliva. (Conversación en La Catedral, p.226).
“(…) silenciosas siluetas nocturnas se descolgaban por las ventanas de su vieja casa de Barranco.” (Conversación en La Catedral, p. 368)
Esas imágenes poéticas, producto del vuelo creativo de la imaginación de Vargas Llosa, no podían ser mejores.
En sentido general, se trata de una narrativa de naturaleza violenta, expresada y dinamizada con palabras teñidas de poesía.
Dicha violencia no sería fruto de invenciones caprichosas del escritor peruano, sino, más bien, parte fundamental del ser latinoamericano.
El nervio vital de su narrativa cobra vida en el lenguaje de las construcciones poéticas.
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