Me extasió por completo la lectura de Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig. El libro reúne de forma sintética catorce momentos históricos que constituyeron, cada uno a su modo, un punto de inflexión en la historia de la humanidad y que en opinión del propio Zweig son los más estelares de todos los tiempos. Son, pues, catorce miniaturas históricas. Pero es de la miniatura número seis de la cual haré mención en esta ocasión, o sea, la que lleva como título El minuto universal de Waterloo.
La batalla de Waterloo es tan célebre que no necesita presentación, y menos aún Napoleón. Al hablar de ella sale a relucir también el nombre de Wellington. En tanto que generales, se habla bien de todos los personajes. De hecho, el mariscal Ney es calificado de héroe, lo cual sin duda es en cierto sentido justo. Incluso el nombre de Murat, que no participó en la batalla de Waterloo, es mencionado con reverencia, lo que también es justo desde el punto de vista militar. Sin embargo, al hablar de esta batalla hay un solo hombre cuyo nombre siempre es mencionado con repudio y hasta con rabia: Enmanuel Grouchy.
No tengo memoria de haber escuchado o leído un comentario positivo sobre la participación de Grouchy en Waterloo. Siempre ataques, muchos ataques contra él. De hecho, yo mismo lo consideré siempre como el mayor responsable de la derrota de Napoleón. Pero gracias a este magnífico libro de Zweig he cambiado de parecer; de hecho, puedo decir que incluso ahora lo admiro. El propio Zweig, ese profundo conocedor de la naturaleza humana, lo considera el mayor causante de esa célebre y decisiva derrota del emperador. Zweig, que como historiador y biógrafo por lo general prescinde de fechas y cifras, se concentra exclusivamente en la interioridad del personaje y en hechos aislados y claves desde el punto de vista del análisis psicológico, y es ahí precisamente en donde Zweig da siempre en el blanco de los puntos que analiza. Su perspicacia es incuestionable y no generaliza en los detalles, sino que dice con elocuencia lo que piensa, ¡y de qué manera!
Zweig es implacable con Grouchy, pero lógico y certero. Incluso lo salva de la calumnia universal, puesto que plantea los hechos en un estilo elocuente colocando a Grouchy —el fiel, el honrado, el sensato, el prudente— en una encrucijada en la que debe decidir si cumplir con la misión que se le encomendó o si debe volver hacia atrás rumbo al campo de batalla. Pone en sus manos, tan solo por un segundo, el destino de la humanidad. En ese momento decisivo el mundo estaba en manos de Grouchy. Pero, según Zweig, Grouchy deja escapar esa oportunidad que el destino le había deparado. Es que el momento es importante: Napoleón no tiene tiempo que perder, pues sabe que no puede dejar que los ejércitos de las potencias enemigas se unan. Debe atacar a cada uno por separado y sin pérdida de tiempo. Sabe que estaría perdido si se unen —en un solo ejército europeo— prusianos, ingleses y austriacos. De manera que ataca ferozmente al ejército prusiano en Ligny, al que derrota, pero el enemigo escapa ileso. Un ejército vencido, pero no aniquilado, y Napoleón lo sabe. Y sabe además que el ejército de los ingleses está cerca. Entonces sabe que debe perseguir al ejército prusiano para que no logre fusión con el ejército de Wellington. Pero él, Napoleón, no puede ir a la busca de los prusianos. Debe atacar a los ingleses. El momento es crucial y el emperador ha sido reiteradamente traicionado en otras ocasiones. Tiene ya esa experiencia. Ahora necesita un hombre fiel y de entera confianza para repeler a los prusianos.
Es precisamente en esa escena cuando Zweig, en el referido libro Momentos estelares de la humanidad (Editorial Acantilado, en la traducción de Berta Via Mahou, pág. 140), dice textualmente: "De una ojeada, Napoleón se da cuenta del peligro mortal. Sabe que no puede perder tiempo mientras la jauría se agrupa. Tiene que descuartizarla". Luego añade en la página número 142: "Napoleón sabe que Grouchy no es ningún héroe ni un estratega, sino sólo un hombre de confianza, fiel, honrado y sensato. Pero la mitad de sus mariscales están bajo tierra. Y los demás se han quedado de mala gana en sus haciendas, hartos de ir constantemente de campamento en campamento. De modo que Napoleón se ve en la necesidad de confiar una acción decisiva a un hombre mediocre". Es preciso leer otra vez este párrafo citado para poder apreciar mejor la figura de Grouchy en ese momento decisivo.
Aquí Zweig ha dicho lo que todos han dicho: que Grouchy era un hombre mediocre, que otros mariscales militarmente mejor dotadas que él habían desertado y otros ya estaban muertos. Pero, ojo, Zweig dice algo esencial para entender a Grouchy y su misión, lo cual sobrayo a continuación: "Napoleón sabe que Grouchy no es ningún héroe ni un estratega". O sea, Napoleón está consciente de ello y entre tantos generales más independientes y temerarios que Grouchy —el general Gerard, por ejemplo— elige precisamente al que la historia posterior considera el menos indicado para tal causa. ¿Es de Grouchy la culpa de que Napoleón —ese incomparable genio de la táctica militar— lo haya elegido a él y no a otro? ¿Se equivocó realmente el emperador?
Los historiadores y analistas concluyen que el genial estratega erró en ese cálculo. Y Zweig secunda dicho parecer, pero a mi modo de ver en una oración del párrafo más arriba citado el propio Zweig lo salva cuando describe a Grouchy como (lo subrayo) "un hombre de confianza, fiel, honrado y sensato". ¿Qué más se podía pedir? Napoleón quería estar seguro de que el general que designara para dirigir ese escuadrón tenía que cumplir cabalmente su misión de perseguir a los prusianos. No podía elegir a un hombre poco sensato y que por iniciativa propia se le ocurriera, bajo ninguna circunstancia, dejar de perseguir a los prusianos, ni podía elegir a uno que se vendiera al mejor postor, porque podían unirse a los otros ejércitos. Necesitaba a un hombre que mantuviese a esos prusianos alejados de los ingleses. Necesitaba estar seguro del cumplimiento de esa orden. Y elige, lo repito, a Grouchy, “un hombre de confianza, fiel, honrado y sensato".
A las once de la mañana del 17 de junio estalla la batalla de Waterloo. Napoleón se encuentra con Wellington. Los estallidos retumban por doquier. Ambos ejércitos sucumben al férreo encuentro. Y saben que el primero que reciba refuerzo ganaría la batalla. Wellington espera a los prusianos, y Napoleón a Grouchy. Se sabe que el mariscal Grouchy, quien estaba a unas cinco horas de distancia, escuchó el estallido. Se sabe que llamó a consejo a sus mejores hombres (el general Gerard entre ellos) y que dos de ellos recomendaron cambiar de dirección y partir rumbo al campo de batalla a secundar a Napoleón. Grouchy toma el telescopio y no ve en camino ningún mensajero del emperador con la orden de ir en su ayuda. Un general aconseja dividir el ejército en dos bandos para que una parte continúe con la misión y la otra parte vaya en ayuda del emperador. Pero Grouchy se sienta y reflexiona —el momento estelar, según Stefan Zweig—. Grouchy se niega porque considera que es un ejército muy pequeño y que sería una irresponsabilidad hacerlo. Luego ordena a sus hombres continuar persiguiendo a los prusianos en la dirección indicada por Napoleón desde el inicio. Grouchy —a mi modo de ver, el arquetipo por antonomasia de la fidelidad militar— tiene una misión que cumplir y la llevará a cabo, pase lo que pase. En la página número 148 del mencionado libro Zweig dice que Grouchy alega que: "Su misión exige que persiga a los prusianos. Nada más. Y se niega a actuar contra las órdenes del emperador".
Resulta que en ese momento Napoleón fue sorprendido con la infranqueable defensa de los ingleses y precisaba ayuda de Grouchy. "¿Dónde está Grouchy?", interrogaba colérico. ¿Era Grouchy adivino? ¿Era un infiel que por voluntad propia deja de cumplir su misión para ir a ayudar a un ejército del cual se le ordenó separarse y del cual desconocía que estaba en graves aprietos bélicos? Si al momento de la orden Napoleón hubiese querido combatir con su ejército unido al completo no hubiese ordenado la separación. Su objetivo es alejar a los prusianos y para eso está Grouchy. Pero resulta que los prusianos, que sabían que eran perseguidos por tropas napoleónicas y que habían recibido a un mensajero de Wellington pidiendo ayuda, utilizan una táctica militar usada antaño por el mismo Napoleón: deciden dividirse estratégicamente: dejan un pequeño ejército de unos 20, 000 soldados para despistar y entretener a Grouchy, y el otro ejército más numeroso, de unos 40, 000 soldados, lo dirigen de forma clandestina a socorrer al ejército de Wellington. Y bingo: logran reforzar al agonizante ejército de Wellington y juntos derrotan al temido ejército napoleónico.
¿De quién es la culpa de esa derrota de Napoleón? La batalla decisiva se libró en unas dos horas, de once a una del día, y Grouchy estaba a unas cinco horas del lugar de los hechos. Pienso que, aunque hubiese salido a reforzar al emperador, no hubiese llegado a tiempo, además de que los franceses tuvieron muchos obstáculos en contra (como el lodazal dejado por las fuertes lluvias, lo que impedía que el fuego de los cañones surtiera el efecto esperado). Además, delatores como Fouché y Talleyrand pusieron a los ingleses en guardia muy a tiempo del ataque sorpresa de Napoleón. Wellington estaba en una cena cuando lo supo y de inmediato actuó al respecto. La historia sigue culpando a Grouchy, que a mi modo de ver actual es el chivo expiatorio de la batalla de Waterloo. Considero que con pocos hombres la historia ha sido tan injusta como con Grouchy. Y para finalizar reitero que Zweig culpa a Grouchy y a la vez lo salva, pues la profundidad psicológica con la que penetra en los hechos y los detalles esenciales arrojan siempre luz a la verdad y la equidad. También diré unas últimas palabras en honor a Grouchy, tal vez con ello se consiga que el lector, como yo, lo entienda y en consecuencia lo perdone o se perdone a sí mismo. Pero es una elección personal.
Pues bien, en la página número 142 Zweig dice sobre Grouchy: "No está acostumbrado a actuar de manera independiente. Su carácter prudente, nunca dispuesto a la iniciativa, sólo se siente seguro si la mirada genial del emperador recomienda la acción". Y luego —ojo con ello— en la página número 154, al referirse al momento en el cual Grouchy advierte que la batalla ha terminado con la derrota del emperador, Zweig dice: "Y justo en ese momento, tras el desaprovechado instante, es cuando Grouchy —demasiado tarde— muestra toda su energía militar. Todas sus grandes virtudes —la modestia, la habilidad, la prudencia y la escrupulosidad— quedan claras en el momento en que confía en sí mismo y no en las órdenes escritas. Rodeado por una fuerza cinco veces mayor, reconduce a sus tropas —un logro magistral desde el punto de vista táctico— a través de las líneas enemigas, sin perder un solo cañón, ni un solo hombre. Pero ya no hay emperador que pueda darle las gracias". Así ha sido. Inclusive la tumba de Grouchy está completamente descuidada, según leí hace poco en una revista.
La historia ha sido injusta con él, pero como bien dice Zweig en la página número 155: "Así de terrible es la venganza con quien, injustamente llamado, no supo aprovechar uno de esos grandes momentos que tan rara vez se presentan en la vida de los mortales. […]. Con desdén, ese momento decisivo rechaza al pusilánime. Y con sus brazos ardientes, como otro dios sobre la Tierra, enaltece sólo al audaz, elevándolo al firmamento de los héroes". Grouchy, es el odiado, el repudiado (sí, es verdad); pero también es verdad que ha sido injuriado y calumniado al respecto. Con estas notas lo he querido vindicar ante algunos de mis amigos, al menos ante un único lector. En todo caso, es preciso leer para ello la miniatura El minuto universal de Waterloo, del libro Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig. Tal vez con ello escribir estas líneas no haya sido en vano.
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