La felicidad no es sino la satisfacción duradera y placentera que da sentido a la existencia humana más allá de la realidad concrecional y sus engorrosas circunstancias.
Como se ha de saber, la realidad está constituida por múltiples aspectos, relaciones, propiedades, elementos y características intrínsecas.
La razón, facultad principal del conocimiento, por más que lo quisiese, no podría aprehender la realidad en su conjunto porque varía constantemente y, además, es diversa e infinita.
De ahí la permanente insatisfacción y la felicidad infeliz que, muy a menudo, afecta drásticamente a los ilusos que viven engañados, con muchos deseos no cumplidos y necesidades interminables que no podrían encarar.
En vez de prolongada, sus instantes de felicidad son fugaces, mientras la infelicidad y la desazón le producen un vacío existencial duradero.
La causa esencial de esa infelicidad se debe a los muchos deseos insatisfechos que les impiden tener tranquilidad y estabilidad emocional.
No obstante, pretende, en todo momento, aparentar una felicidad que, en realidad, no tiene.
Y prefiere el desasosiego desgarrador y la desdicha de consumirse consumiendo.
Consciente de eso y de la invariable infinitud de la realidad, Vargas Llosa haría su apuesta por la ficción, los rejuegos creativos de la imaginación y el pensamiento.
Según su parecer, la ficción completa la realidad, en tanto satisface las insatisfacciones que genera en el interior del sujeto.
Significa, entonces, que la ficción ofrece lo que a la realidad le falta.
Ahora bien, cabría recordar que no sería posible la pura ficción, ya que siempre tiene como punto de partida una determinada porción de realidad.
Y no podría ser de otro modo.
Sin embargo, muy a pesar de eso, el sujeto escritor logra alcanzar, mediante el buen uso de la ficción, una felicidad imaginaria y, a la vez, real y duradera, exenta, como se habría de suponer, de infelicidad y vaciedad de sentido.
Debido a la ficción, Vargas Llosa viviría prolongados momentos de felicidad, sin prestar la más mínima atención a las estrategias mercadológicas y publicitarias del mercado consumista.
Por eso, no se consumió consumiendo.
La disciplina, la intensa vocación de leer, pensar y escribir ficciones, le permitieron ser sí mismo y disfrutar una felicidad material y subjetiva cien por ciento duradera.
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