Vargas Llosa, lector curioso y apasionado, amante del conocimiento y la cultura, siempre reflejaría en la mirada, aguda y penetrante, el brillo de la sabiduría.

Más aún: también sentiría entre las venas el latir de la literatura.

La misma habría de ser su gran vocación de vivir, pensar, leer y escribir.

Durante su dilatada y larga trayectoria intelectual, Vargas Llosa cultivaría distintos géneros literarios.

Como, por ejemplo, el cuento, la novela, el teatro, el ensayo y la epístola.

Además de tan importantes géneros, dominó, con profundidad y elegancia, la crónica, el reportaje y el artículo de opinión.

Lo haría siempre motivado por el entusiasmo y la pasión que impone la fuerza de la vocación.

Como se ha de saber, ella habría sido su razón de vivir y entretejer visiones, ficciones y experiencias no solo objetivas, sino también subjetivas, inmanentes y trascendentes.

Por eso, en algunas ocasiones, habría dicho que no sabía hacer otra cosa que no fuera escribir.

Sin vacilación y firmeza inquebrantable, viviría comprometido con la literatura y el difícil arte de escribir.

Sin el arrebato y la fuerza de la vocación, ello no habría sido posible.

Diríase que por vocación habría sido, entre otras cosas, disciplinado. Perseverante. Disciplinado. Trabajador. Soñador. Creador. Perfeccionista. Buen lector. Buen crítico. Acucioso investigador. Observador agudo. Inteligente.

Y, sobre todo, talentoso forjador de la verdad de las mentiras.

Con sobrada razón, confiesa:

"La vocación literaria, esa pasión de escribir que lucimos con orgullo, como nuestra mejor credencial, es un tema frondoso, claro está, y solo puedo abordarlo a partir de mi experiencia personal (…)".

"Menciono 'la vocación literaria' —continúa diciendo— y vuelvo a verme a mis catorce o quince años, en la grisácea Lima de la dictadura del general Odría, exaltado con la ilusión de llegar a ser algún día un escritor y deprimido por no saber qué pasos dar, por dónde comenzar a cristalizar en obras esa vocación que sentía como un mandato perentorio (…)".

De esa admirable vocación, le sobrevendría, probablemente, su gran aprecio por la educación abierta, plural y seductora, sin prejuicios ni coerción.

Ese tipo de educación, justamente, habría sido defendida, como buena y válida, por Demócrito, sabio filósofo de la antigua Grecia.

El reconocido pensador y escritor Carlos García Gual sostiene, no sin intensa claridad de juicio, lo siguiente:

"Demócrito insiste en que la educación no debe tratar de imponer una obediencia pasiva por medio de la coacción y de la fuerza, sino tender a lograr la persuasión, crear el convencimiento interno, que luego actuará espontáneamente por su propia exigencia (…)".

Vargas Llosa habría creído en esa forma de educación.

De ahí que haya sido determinante en su libertad de ser, escribir y crear.

Ahora bien, sin esa concepción sobre la educación y el brillo de la sabiduría en la mirada, Vargas Llosa no habría sentido correr por las venas la literatura y su espíritu creativo.

Por ella, crearía obras de impresionante calidad estética, filosófica, óntica, axiológica, lingüística y epistémica.

En sus escritos se percibe eso en estrecha compenetración con la razón poética, la ficción, el realismo y la filosofía existencialista.

De ahí el poder seductor de sus escritos, concebido a la luz de su bien razonada y prodigiosa imaginación creadora.

Por ella, precisamente, perfeccionó y embelleció todo cuanto reflexionó y escribió en el decurso de su fructífera existencia, no exenta de algunas dificultades comprensibles, involuntarias y razonables.

Joseph Mendoza

Joseph Mendoza. Comunicador social y filósofo con postgrado en Educación Superior, obtenidos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Magister en filosofía en un Mundo Global en la Universidad del País Vasco (UPU) y la UASD. Además, es profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Tiene varios libros, artículos y ensayos publicados y dictados conferencias en la Academia de Ciencias de la República Dominicana.

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