Epígrafe
“Tienes que amar la lectura para poder ser un buen escritor, porque escribir no empieza contigo”.
Carlos Fuentes
“Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”.
Julio Cortázar
Por activa y por pasiva, el microcuento es el microbio que se aloja en la literatura para devorar la leyenda, el cuento, la fábula, la épica, la novela, el drama y todo género narrativo, menores y mayores. El microcuento es la motosierra del jardín narrativo; son los sans-culottes que cortan la cabeza del minotauro, de Prometeo, Homero, Dante, Caperucita, Ulises y Macondo. De igual suerte de desgracias corren los protagonistas emblemáticos de la literatura occidental, como el jorobado de Víctor Hugo y los genios de Voltaire, Don Juan y Nada, Lolita y don Alonso Quijano. Al fenómeno del microcuento le vale un tomate las aportaciones de la tradición literaria universal.
El microcuento es un género innovador que hace mucho ruido mediático, académico y de talleristas. Suele ser un movimiento literario que genera mucho ruido y pocas nueces. La expresión proviene de la famosa comedia de William Shakespeare, Much Ado About Nothing. Es una oferta creativa exteriorizada con grandes expectativas, pero cuyo resultado final muchas veces no aporta nada. Por supuesto, no dudo de que el microrrelato sea un espléndido género que arranca con una frase aplanadora, rebuscada e impactante. “No sabes cómo salir”. Le anuncian la receta. El escritor llega a la consulta, se llena de ansiedad y escribe un microcuento a cambio de superar el trauma de escribir solo hasta la mitad de la página en blanco. ¿A cambio de qué?
De verdad que los microcuentistas son unos magos de cajones: se atrincheran en la narrativa neoliberal y fabrican embudos literarios con un máximo de doscientas palabras o menos. Sin duda, eso es toda una hazaña que provoca aplausos y envidias en las ferias literarias. El microcuento es una anestesia para los viajes del trotamundos literario. Es un género que no deja rastro en el camino. Sin embargo, tiene calor para incendiar la extensa narrativa.
La demanda por el microcuento se ha hecho extensiva del cielo a la tierra y su aparición ha alborotado el hormiguero de las letras académicas contemporáneas. El nanocuento, hoy por hoy, disfruta de privilegios; tanto así que se ha convertido en la tijera de la narración extensa y sin cortapisas. Creo en posicionar la escritura alternativa; sin embargo, existe el peligro de crispaciones que humillan la fluidez y la cuentística de toda la vida. El intento de exponer una falsa crítica del microcuento necesita la burla y la ironía, pero de ningún modo es un ataque al género, sino una reacción que ayuda a entender esta narración tan popular entre los escritores noveles.
Cuando normalizamos el microrrelato pasamos a entenderlo tal y como es, sin lingüística memorable de parte del escritor. Su ya establecida brevedad como un canon permite al lector hacer un esfuerzo mínimo de lectura. El microcuento es leído como un boletín de noticias episódicas. No le doy la espalda al nanocuento; todo lo contrario: me lanzo a especular con una falsa que resulta incómoda.
Este género se ha desarrollado en tiempos de la oscuridad de la pandemia del coronavirus y, al mismo tiempo, el neoliberalismo literario minimalista invadió las instituciones académicas. Ambos elementos se entrelazaron como agua para chocolate. “Menos es más” es el aforismo de los gestores narrativos neoliberales. De estas puntuales circunstancias surge una moda de ser especialistas en el microcuento en vez de cuentistas a la usanza. Me pregunto si el microcuentista tiene ojo crítico al sustituir el bacanal narrativo por un pinchazo gótico.
Veo en los microcuentos una práctica de escritura literaria que aparenta fingir lo que no es. Es una falsa porque el microcuento es engañoso y no corresponde a la realidad puntual, sino que tiene apego a un mundo de escapatorias que se pasea como moneda falsa por la imaginación. Sin embargo, confieso que lo afirmado tiene morbo porque la falsa es una vaga tesis fácil de atacar o de desvalorar. Me planto con mi falsa consciente de que se me va a llenar el cuarto de agua.
El “falsus narrativo” no se puede evitar porque el escritor de microcuentos no se ajusta al hecho de narrar la realidad ni de ir más allá de la sustracción aritmética. Por el contrario, el microcuentista, mermador de palabras, provoca una ruptura audaz e innovadora. De forma paralela, gestiona la impostura con la tradición del cuento tal y como aprendimos con Antón Chéjov, Juan Rulfo, Horacio Quiroga, Juan Bosch, Ana Lydia Vega, entre muchos otros excelentes cuentistas preocupados por la intensidad mientras están despreocupados por desinflar el patrimonio narrativo.
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A la generación de escritores digitales se le suman los escritores amenazados por el encierro del COVID; entonces ellos capitanearon las gradas del microcuento. La generación digital empodera la brevedad y el fragmento cuentista. Por otro lado, antagoniza y vulnera la macronarrativa. No hay tiempo para escribir extensamente mientras se está humillada la existencia. De alguna manera, el escape al microcuento es producto de un trauma emocional que busca una expresión rápida sin darle vueltas a la noria. Urgen a la generación de noveles escritores a fomentar un vehículo de expresión que explaye el trauma en una forma creativa puntual cuyo centro es el género del microcuento. Esta expresión va al grano y tira la cáscara por carecer de valor inmediato. Cuando se prefiere el grano se reduce la narración y la cáscara es el entorno desechado que no cuenta para el ejercicio del microcuento. La cubierta gris, las capas de cebolla y las heridas del cuento universal son las víctimas de la mordida del microcuento. Los libros que escriben son espejos, son rasguños de textos donde no se puede ver en ellos lo que llevan dentro.
Esto parece complicado porque estoy destacando la disyuntiva entre las ganas de contar una historia y la extensión de un texto narrativo. Vamos sin prisa: mis ideas no son una protesta al microcuentista, sino un intento de encauzar una reflexión que tiene como centro la ruptura amistosa del microcuento con el cuento. Esta ruptura emerge durante la pandemia como una respuesta de ruleta rusa al encierro y al aburrimiento. La opción numérica de palabras se convirtió en texto encomendado, como cuando dejamos una breve nota a un unicornio en la puerta de la nevera. Y que tenga como advertencia: “A quien pueda interesar”.
La paradoja de escribir microcuentos enardece las esquinas y círculos de la creación literaria y sin límites de intenciones. El microcuento nació con ínfulas de grandeza, con derechos indiscutidos y una equidad ilimitada. En la euforia sonada del microcuento se crearon esquemas y consignas para escribir máximo con doscientas palabras, ni más ni menos. Los gestores y talleristas trazaron las líneas rojas del microcuento. Los incapaces imponen sus normas creativas de la pieza literaria. Y los escritores capaces son intimidados por el espectáculo del microcuento. Pierden su butaca en el coliseo romano del microcuento.
Este hecho lingüístico ha forzado al microcuentista novel a vivir en su despacho en solitario. Es un artista novel empoderado(a) cuya narrativa de ombligo está propensa al autoelogio, a rituales narcisistas donde crece el superego artístico visibilizado por los espacios digitales y comunitarios mientras son cotizados en talleres académicos. Los gestores del microcuento son iliberales que escriben lo que desean en tanto se sigan las reglas que un partidario anónimo del microcuento estableció. No lo puedo precisar, pero alguien en la academia se nombró a sí mismo como el gurú espiritual del microcuento.
¿Y quién diablos formuló las reglas para escribir microcuentos? Vaya usted a saber de qué cueva académica aparecieron los corceles del nanocuento. El microcuento es el veneno que viene en un bote pequeñito. Es un búnker que apunta sus cañones contra cualquier universo narrativo. Ellos hacen estallar el volumen o el grueso de un buen cuento que te lleva y te gira como el rabioso viento. La fórmula del microcuento es pegarle fuego al bosque con el cuidado de salvar un arbolito. Es decir, el microcuento no puede salvarse si destruyes todo el bosque salvaje que es la experiencia narrativa. Algunos críticos punteros dirían que el microrrelato es una camisa de fuerza para la fluidez del autor. Los emprendedores del microcuento se atan a un portal con una cuerda que controla su pasión y el desenfreno, y amarran la locura de escribir cuanto a uno le dé la gana. Esta locura es comida apetecible para redactores y editores bien capacitados y acostumbrados a cortar y mejorar longanizas narrativas.
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El microcuento desplaza, hace innecesarias las destrezas del redactor y el editor avezados a tejer y destejer el ovillo del escritor enmarañado con el contenido y el lenguaje. En el microcuento, el flash ocurre en un envoltorio que es más importante que la lentitud creativa sin fajas narrativas. Pero tengan en cuenta que el microcuentista no debe aterrizar en la abundancia y complejidad de esos extensos espacios de las ciudades, aldeas, campos y desiertos, catedrales y capillas. No debe ser seducido por lo sagrado y lo profano o por la eterna infancia del escritor. El escritor endeble de microcuentos cierra el grifo cuando ve el enjambre maravilloso de la creatividad artística. El hilo fabulador se rompe ante la contemplación y el éxtasis. El autor huye hacia un refugio descalificado y prefiere doblegarse al fragmento antes de validar las extensas fronteras, saltar muros y validar la magia de la que está dotado. Pierde la autonomía narrativa antes de escribir. De modo que, perdida la fe en una extensa narrativa, también se esfuma la poética literaria. El microcuentista es un defensor de la eficacia del lenguaje. Defiende más los déficits que los superávits de la narrativa. El microcuentista vacía su cabeza mientras Honoré de Balzac testificaba hace más de un siglo: “Llevo toda una sociedad en mi cabeza”.
El microcuento es una anécdota doméstica sin tensión. Establece una débil relación de peso con la realidad. Es otro registro lingüístico insoportable, utilitario y sin soltura. Sin melodramas, el escritor mengua el vocabulario y la vía de la fluidez sosegada. El microcuento no es conflicto con la realidad, sino un tono con una emoción puntual. Es un aparato interior a mitad de camino de un intento narrativo. Este género tan aplaudido representa una atractiva coherencia ornamental; en cambio, carece de lo vivo y desgarrador, de lo exuberante y fecundo que representan la tensión del cuento.
Los gestores noveles deberían ofrecerle a este género chico otro aire más rutilante y sobrio y parar de fingir una falsa vocación como destino literario. El microcuento es una ambición social que fue necesaria para superar la pandemia. Fue una moda literaria, pero no un cambio de ruta. Tanto lectores como escritores noveles cayeron en el mantra hipnótico del microcuento. El microrrelato no tiene una respuesta turbulenta ni contemplativa entre la realidad y la imaginación. El microcuento es una osadía de los escritores aburridos, descolocados con la realidad, el conocimiento y la contemplación sintomática.
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El paradigma es el siguiente: un serio microcuento es limpio, no tiene arrugas ni manchas, es higiénico y no es feo. Tiene una resonancia budista. El mundo esotérico de las fuentes orientales es el centro de la sensibilidad y del mecanismo del microcuento. Cada palabra medida no lleva maquillaje ni máscara. El microrrelato es un cristal pulido, como esos monumentos escultóricos sin rasguños que vemos exhibidos en el lobby de una institución bancaria o corporativa. El microcuento es una pierna afeitada, lisa y sin pelos. El más fascinante minicuento es como un tanga entre las nalgas de una chica brasileña o un espacio abierto sin cubrefaltas, porque nada hace falta y nada sobra en este género que se ha hecho canon en tiempo récord. Su marco arquitectónico no tiene misterio; entonces, nada oculta porque todo está a la vista. El microcuento pretende ser un nuevo género; es el oráculo de una certeza narrativa sin pelos en la lengua. No se dispersa, no tiene fondo; corta es la impronta del escritor con la realidad y el lenguaje. Ya hay un catálogo de libros de microcuento disponibles en nuestra mesa. Son vetas y registros que son claves para entender y combatir la escalada narrativa de los escritores noveles.
El microcuento es un género narrativo contra la voluntad y la libertad narrativa. El filósofo griego de la antigüedad Heráclito no se dejaría domesticar con el microcuento. La creatividad es el cauce del río que viaja a un destino mientras se transforma una y otra vez durante su ruta hasta llegar al mar. Lo desalentador del microcuento es que interrumpe la fluidez, el movimiento y la renovación del agua viva de la narrativa. No sería exagerado decir que el microcuento es la muerte de la narrativa extensa, opaca al escritor inquieto y agobia al apabullante lector. Los gestores de la cultura de la brevedad frenan la escritura prolongada que caracteriza a la literatura occidental. Importa mucho a los microcuentistas darle un tijeretazo al volumen de las obras literarias. La extensión literaria no tiene cabida en la gaveta digital del microcuento.
El arte de la brevedad literaria no es algo nuevo ni innovador. Quizás hoy día se practica más por pereza de los escritores noveles, los cuales evitan construir interesantes universos literarios. El microcuento fatiga el espacio, cancela la investigación y concluye con una vaga utilidad espectacular. Es un salto a la literatura que no flota ni llega muy lejos. Es un aguafiestas de la honda literaria que no nace del cálculo de palabras, sino del desprendimiento del ego y de la oscilación entre voluntad y libertad de narrar mundos diversos y complejos. Es decir, en el microcuento se leen palabras como se lee un formulario, pero lástima que el lector pierde el concierto sinfónico del lenguaje.
El interés literario capsulado es irascible; no promete mucho para la lectura. Es solo un golpe de suerte estético, es un coágulo de sangre. Curamos la herida del microcuento duplicando y triplicando la asustadiza mentalidad de escribir sin amplitud. Por otro lado, el microcuento milenial es radical, subversivo, generacional y severo. Sin embargo, no deja de ser pasajero, no seduce, es de corta sensibilidad. No vive enredos quijotescos ni extravagancias dantescas. El microcuento quiere ser leído porque son piezas sueltas, moralizantes y manejables; en cambio, no sabe escuchar la larga épica, leer capítulos de una novela o una extensa biografía. El microcuento es una escueta frase que obliga a mantener una distancia aritmética con el microrrelato. Hecha la cantidad, se impone el ahorro y la comunicación carece de un mensaje.
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El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha escrito abundantemente sobre la hipercultura y el arte neoliberal. Sus entuertos filosóficos me ayudan a decir lo siguiente. Si pensamos que la narración es un acto comunitario del lenguaje lúdico, entonces estamos experimentando un hecho literario contundente. Por el contrario, si al microrrelato le falta morada orgánica, entonces es solo un serial de frases milagrosas y caprichosas que ponen en bancarrota al lenguaje lúdico como un hecho artístico bien parido. Al carecer de dimensión pública se queda solo y se convierte en un encierro, como una cápsula sin sujeto sociable que le corresponda o que le sea recíproco. El microcuento es un opúsculo literario que se la pasa mirándose el ombligo.
El destino público de la literatura requiere tiempo, conocimientos, poesía y transiciones coloquiales. Un relato es tradición literaria; tiene encuentros de caras, voces, pausas; hay lentitud y aceleraciones, hay discursos y diálogos. En cambio, el microcuento es su cuerpo narrativo sedentario: no tiene extremidades y su voz no tiene eco. Es un globo desinflado. Y como dispositivo digital no tiene resonancia y su existencia concisa es para un consumo literario sin vuelo.
El microrrelato fomenta la muerte del lector creativo, rapaz, obsesivo que se devora monumentos clásicos. De modo que con interés febril se leen cientos de páginas de textos. El gestor del microcuento dice que hay una sola estrella en el cielo de la noche. La siguiente pregunta la dejo en el aire: ¿Cuántas palabras son las prescindibles para llenar la panza del microcuento?
El “lector novel” es un cliente que se enamora de un sinsentido narrativo y siente felicidad estética puntual. Por el contrario, el cuento abundante y trajinado por las vigas de la imaginación, al “lector novel”, le causa fiebre, le da espanto, le da pereza y ansiedad. Como objeto de consumo dócil, el microcuento ondea las banderas políticas de la igualdad, la realización exitosa y la visibilidad mediática.
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A continuación, les ofrezco como prueba y equivocación unas someras muestras de cuentos meñiques de mi parte.
La primera muestra es de mi queridísimo amigo de FB, Orestes Sinfuentes, que me encanta por su ironía y escasez de palabras: tan solo diez palabras que maravillan.
MC#1: “No oyes cuando el silencio te entra por las orejas”.
Y el siguiente es de mi colega Dr. Armada de Vanidad; su microrrelato me trasnocha por su impacto y su resiliencia histórica:
MC#2: “Debajo de aquel olivo cenaron las huestes de Alejandro Magno; luego que se hartaron de aceite, pan y vino, atacaron la aldea y le cortaron la cabeza al olivicultor, al panadero y al enólogo”. Ya pueden darse cuenta de cómo va el nanocuento.
El tercer microrrelato pertenece a la Dra. Lona Costura, escritora de la diáspora puertorriqueña que se hace visible en los espacios de los festivales de microrrelatos. Para mí, una de las mejores gestoras de microrrelatos de América.
Dicho, desdicho y hecho.
*Este ensayo fue presentado en el Séptimo Congreso de Escritores y Grupos Literarios en Sosúa, República Dominicana, del 22 al 24 de mayo de 2026.
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