Hay artistas que crean.

Y hay otros que enseñan a ver.

La obra de Thimo Pimentel pertenece a estos últimos. Su trayectoria —atravesada por la medicina, la fotografía, la docencia, la gestión cultural y la cerámica— no es una suma de disciplinas, sino una sola búsqueda: comprender la vida y devolverla transformada en forma, en símbolo, en materia viva.

Ha participado en más de cuarenta exposiciones, dentro y fuera del país. Ha sido reconocido nacional e internacionalmente, y en 2016 recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas. Pero su verdadera dimensión no está solo en los reconocimientos.

Está en lo que ha dejado sembrado.

Thimo Pimentel durante la Revolución de Abril de 1965, ejerciendo como fotorreportero y testigo directo de una nación en lucha.

El recuerdo

Hay maestros que no necesitan un aula.

Su sola presencia enseña.

A Thimo no lo recuerdo desde una clase formal, sino desde la intensidad de su manera de estar en el mundo: una mezcla de irreverencia, lucidez y combate.

En él siempre percibí algo distinto.

No era un artista que se conformara con hacer.

Era un hombre que cuestionaba.

Y en ese cuestionamiento había ya una pedagogía.

El origen

Antes del barro, fue la letra.

En el Colegio Dominicano De La Salle, el niño que sería artista no dibujaba figuras, sino letras como si fueran textos antiguos, casi sagrados. Allí comenzó una relación con el signo, con la huella, con la forma que contiene sentido.

Un pergamino.

Una plumilla.

Un pote de tinta china.

Y un maestro, como Don Papito Aybar que no solo enseñó movimientos, sino que abrió una puerta.

A los once o doce años, el arte ya no era juego: era oficio, era sustento.

Pero, sobre todo, era camino.

En su espacio de creación, el maestro Thimo Pimentel dialoga sobre el lenguaje de sus cerámicas.

El fenómeno: una obra que piensa

Hablar de Thimo Pimentel como ceramista es insuficiente.

Su obra no se limita a la técnica.

Es una estructura de pensamiento.

Pintor, dibujante, ceramista y artista gráfico, inició su camino en el dibujo hacia 1962, teniendo como uno de sus referentes fundamentales a Paul Giudicelli, figura clave del arte dominicano y quien lo introdujo en la cerámica.

En el barro húmedo imprime signos que remiten a los sellos aborígenes, no como cita estética, sino como lenguaje activo. Son mensajes que no siempre se ven, pero que se sienten.

Hay en su obra una voluntad clara: no agradar, sino provocar. no decorar, sino interpelar.

Por eso él mismo se asume no como ceramista, sino como un francotirador de la cerámica.

Dimensión cultural: la raíz como resistencia

En un contexto donde la cultura muchas veces se vuelve repetición o dependencia de lo externo, la obra de Thimo se afirma desde la raíz.

Igneris.

Taínos.

Ciguayos.

Caribes.

No como nostalgia. Como fundamento.

Su vínculo con lo indígena no es aprendido tardíamente: viene desde la infancia. Su padre coleccionaba objetos taínos, y en ese contacto temprano se fue formando una sensibilidad que luego se convertiría en marca.

“Lo indígena es mi sello”, ha afirmado.

Y no como declaración estética, sino como compromiso cultural.

Su trabajo es una arqueología viva: una forma de recuperar los códigos visuales de los primeros habitantes de la isla y devolverlos al presente como lenguaje contemporáneo.

En ese gesto hay también una postura: contra el entreguismo cultural, contra la superficialidad, contra la pérdida de identidad.

2015: el maestro Thimo Pimentel presenta un mural en cerámica que dialoga con el espacio.

Dimensión espiritual y simbólica

La obra de Thimo está atravesada por una tensión profunda: la ciencia y la fe.

Formado como médico. Egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, buscó a Dios en el cuerpo, en la célula, en la estructura de la vida. Pero esa búsqueda no lo condujo a la certeza, sino al misterio.

Y fue en ese misterio donde encontró la fe. No una fe declarativa. Una fe vivida.

En su trabajo, lo indígena y lo cristiano conviven sin conflicto. La naturaleza se vuelve sagrada, la luz del Caribe adquiere una dimensión espiritual, y los símbolos emergen como si vinieran de un tiempo anterior al lenguaje.

Crear, en él, es una forma de aproximarse a lo invisible.

Relación con el país

Su obra no evade el país.

Lo enfrenta.

Desde el barro, esa materia prima rinde homenaje a sus ríos, su luz, sus verdes, su cielo, su música y su gente. Pero al mismo tiempo denuncia la ambición desmedida, la pérdida de valores, la indiferencia ante lo esencial.

Si tuviera que representarlo, no lo haría desde la grandilocuencia.

Lo haría desde el símbolo: una torta de barro,

hojas de guáyiga y cocoloba, dioses igneris y un punto blanco.

Un punto de caolín.

Dios.

El individuo: una vida integrada

En Thimo no hay renuncia.

Hay integración.

El médico sigue vivo en el artista.

El reportero sigue denunciando.

El educador forma.

El gestor cultural articula.

Nada se abandona.

Todo se incorpora.

A sus 85 años, la adrenalina ha cambiado de forma. Ya no está en la velocidad, sino en la idea, en la investigación, en la provocación.

Y hay una certeza que atraviesa su vida:

la de haber vivido intensamente.

El legado

Su legado no se mide solo en obras.

Se mide en personas.

En alumnos que han superado al maestro.

En generaciones que han aprendido —a veces sin saberlo— a mirar distinto.

También en la continuidad de una memoria: la de Paul Giudicelli, cuya herencia asumió no como repetición, sino como compromiso.

Y en cada pieza, en cada textura, en cada impronta, quedan mensajes: de amor, de inconformidad, de esperanza.

Imagino sus manos.

No en el gesto solemne del artista consagrado, sino en el instante íntimo: el barro húmedo, la presión de los dedos, la marca que queda.

Una impronta.

Como las de los antiguos.

Como las de alguien que no quiere dejar una obra,

sino una señal.

Hay artistas que representan una época.

Y hay otros que la cuestionan.

Thimo Pimentel pertenece a estos últimos.

Su obra no busca complacernos.

Nos cuestiona.

Nos obliga a mirar.

Nos recuerda que debajo de la superficie del barro, del país, de nosotros mismos, hay capas que aún no hemos entendido.

Y tal vez ahí reside su grandeza.

En no darnos respuestas.

Sino en dejarnos, frente a su obra, con la sensación de que aún no hemos aprendido a ver.

Y que todavía, como al inicio todo comienza con una huella.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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