En la primera parte de esta conversación recorrimos los primeros caminos de Teófilo Terrero: Azua y Ocoa, la familia, la memoria de su madre, el descubrimiento del teatro, el Teatro Estudiantil, Gayumba y finalmente Teatro Gratey.
También volvimos sobre los sueños de aquella generación que entendía el escenario como un espacio desde el cual era posible pensar y transformar el país.
Ahora quisiera detenerme en el Teófilo que ha quedado después de todos esos caminos.
El actor.
El maestro.
El productor.
El promotor cultural.
El compañero.
Y, sobre todo, el ciudadano que continúa preguntándose qué puede hacer el teatro por la sociedad.
Porque después de casi seis décadas dedicadas al arte, quizá la pregunta ya no sea solamente qué ha hecho Teófilo en el teatro.
La pregunta es qué ha hecho el teatro en Teófilo.
Y sus respuestas ofrecen una pista.
La cultura no es un adorno de la nación
Le pregunto si una nación puede desarrollarse plenamente sin una cultura sólida.
Su respuesta es inmediata:
“No.”
Y entonces recuerda una frase que forma parte de la historia de Casa de Teatro:
“La cultura somos todos.”
Para Teófilo, la cultura no es una actividad marginal de la sociedad ni un complemento decorativo del desarrollo.
Es parte de aquello que nos permite reconocernos.
“Una Nación desarrollada es aquella que tiene sus valores identitarios solidificados en la estructura profunda del sentimiento y emoción de cada ciudadano.”
La palabra que utiliza —identidad— adquiere en su explicación una dimensión especial.
No se trata únicamente de conocer símbolos nacionales.
Se trata de sentirlos.
De comprenderlos.
De saber de dónde venimos.
De reconocer aquello que compartimos.
“Cada uno sabe cuáles son los signos y los símbolos que lo identifican y generan ese ambiente de que somos y venimos del mismo lugar y se igualan nuestras aspiraciones.”
Pienso que esa idea tiene una importancia particular en un momento en que las sociedades parecen cada vez más fragmentadas.
Una nación no se sostiene únicamente porque sus ciudadanos habiten un mismo territorio.
Necesita también una memoria común.
Necesita relatos.
Necesita expresiones culturales capaces de decirnos quiénes somos.
Y ahí aparece nuevamente el teatro.
El artista construye memoria
Le pregunto qué papel desempeñan los artistas en la construcción de la identidad nacional.
Teófilo responde desde una concepción amplia del arte:
“Los artistas eternizan los símbolos, aunque el tiempo los transforme.”
Después desarrolla una idea que considero fundamental.
El artista tiene la capacidad de convertir conceptos complejos en experiencias que puedan ser comprendidas y sentidas.
“Toman un concepto y hacen que lo aprendan aquellos cuyas capacidades de apreciación de ideas son limitadas.”
Para él, el artista trabaja con una especie de lenguaje múltiple.
“Los artistas conocen las estructuras de organización del pensamiento y la sintaxis de las imágenes sonoras, plásticas o visuales, táctiles o las que generan sensaciones de olores o sabores.”
Pero quizá lo más profundo de su respuesta aparece después:
“Son los que construyen o destruyen los héroes y mantienen o no las tradiciones. Construyen la historia que el pueblo, que la mayoría adopta como propia.”
Es una afirmación que debería provocar una reflexión seria.
Porque significa que el artista tiene una responsabilidad que va mucho más allá de la creación estética.
Puede contribuir a conservar una memoria.
Pero también puede deformarla.
Puede recuperar una tradición.
Pero también puede ayudar a que desaparezca.
Puede convertir a una persona en héroe.
O puede cuestionar la imagen de un héroe.
El arte, en definitiva, participa en la manera en que una sociedad se cuenta a sí misma.
La dominicanidad que debemos preservar
Le pregunto qué aspectos de nuestra identidad considera que debemos conservar para las futuras generaciones.
Su respuesta comienza con algo que parece sencillo:
“La hospitalidad, la alegría, el amor por los deportes, las artes y las ciencias.”
Después aparecen expresiones profundamente nuestras:
“El carnaval, el compartir de fin de año, las retretas, las devociones religiosas…”
Es interesante que Teófilo no construya la dominicanidad exclusivamente desde los grandes acontecimientos históricos.
La encuentra en las costumbres.
En la manera de celebrar.
En la música.
En las fiestas.
En la religiosidad.
En el deporte.
En aquello que hacemos casi sin darnos cuenta y que, sin embargo, nos identifica.
Tal vez la cultura viva precisamente ahí: en esas pequeñas acciones que una generación transmite a la siguiente.
Lo que le preocupa
Pero una conversación sobre cultura no puede quedarse en la celebración.
Le pregunto qué le preocupa más del estado actual de la cultura dominicana.
Su respuesta es directa:
“La escasa visión de las autoridades. El desdén por el mantenimiento de los Derechos Culturales.”
También señala:
“El poco esfuerzo en el mantenimiento de las tradiciones.”
Y observa con preocupación la concentración de acciones e intervenciones culturales en las grandes urbes.
Habla de las limitaciones educativas de buena parte de la población, del deterioro de determinados comportamientos sociales, de la agresividad y de lo que considera ausencia de políticas suficientes para enfrentar esos fenómenos.
También cuestiona la capacidad de algunos funcionarios y la insuficiencia presupuestaria.
No es una crítica desde la distancia.
Es la mirada de alguien que ha dedicado su vida a la cultura y que, precisamente por eso, considera que puede y debe exigir más.
Las historias que todavía esperan
Teófilo ha interpretado numerosos personajes.
Le pregunto cuál de ellos le ayudó más a comprender la condición humana.
La respuesta sorprende por su sencillez:
“Todos. Cada uno desde su propia perspectiva.”
No establece jerarquías.
Cada personaje fue una oportunidad para observar una dimensión diferente del ser humano.
Por eso, cuando le pregunto qué historias dominicanas todavía esperan ser llevadas al escenario, no piensa primero en grandes acontecimientos.
Piensa en la vida cotidiana.
“Conflictos de personajes de la cotidianidad durante las diferentes épocas históricas.”
Y enumera:
“Amor, intrafamiliares, de vecinos, de intrigas, de relación campo e urbes, delaciones, políticas, trapisondas económicas…”
Ahí aparece una enorme cantera dramatúrgica.
La República Dominicana no está solamente en sus presidentes, sus guerras y sus héroes.
También está en una familia.
En una disputa entre vecinos.
En una relación amorosa.
En un campesino que llega a la ciudad.
En una traición.
En una lucha económica.
En una conversación aparentemente insignificante.
El teatro puede encontrar una tragedia nacional en el interior de una casa.
Una bocanada de aire fresco
Vivimos una época marcada por la velocidad.
Todo ocurre simultáneamente.
Las redes sociales han reducido las distancias y, paradójicamente, muchas veces han aumentado la incapacidad para escucharnos.
Le pregunto qué puede aportar el teatro en medio de esta realidad.
Teófilo responde:
“Una bocanada de aire fresco.”
Y añade:
“Una reflexión sobre la infoxicación o la intoxicación por exceso de información.”
La palabra infoxicación resume buena parte de nuestro tiempo.
Tenemos acceso a más información que nunca, pero no necesariamente a más conocimiento.
Recibimos miles de mensajes, imágenes y opiniones, pero cada vez resulta más difícil distinguir aquello que merece nuestra atención.
Para Teófilo, el teatro puede ayudar a recuperar el pensamiento crítico.
“Una reflexión sobre la relación tiempo y espacio reducidos a cero y cómo aprovechar esto para la vida que corre y lo que podríamos esperar.”
Y añade una función que considera esencial:
“Desarrollar un pensamiento crítico ante cualquier tipo de manipulación.”
El teatro no puede competir en velocidad con las redes.
Tampoco necesita hacerlo.
Su fuerza está precisamente en lo contrario.
En detener.
En observar.
En escuchar.
En permanecer frente a otro ser humano que habla, llora, ríe o guarda silencio.
El actor que debe prepararse para todo
Como exdirector de la Escuela Nacional de Arte Dramático, Teófilo conoce las exigencias de la formación.
Le pregunto qué cualidades considera indispensables en un joven actor.
Su respuesta parece un pequeño decálogo:
“Un actor debe ser curioso, aprehensivo, investigador, expresivo, intelectual, prudente, empresario, capaz, valiente, respetuoso, creativo, inspirador.”
Me detengo en una palabra que quizá muchos no asociarían inmediatamente con el actor:
empresario.
Pero Teófilo está pensando en el artista contemporáneo.
Ya no basta con esperar que alguien lo contrate.
El artista debe comprender su profesión, organizarse, producir, gestionar y crear oportunidades.
Y todo comienza por una responsabilidad personal:
“Es responsable de cultivar su mente y su cuerpo al máximo.”
Teófilo entiende que no existe una verdadera separación entre ambos:
“La separación de mente y cuerpo se sabe que es simplemente para fines de explicación ya que uno nunca se podría separar del otro.”
El actor es cuerpo.
Es voz.
Es pensamiento.
Es sensibilidad.
Es disciplina.
Y es también conocimiento.
Las nuevas generaciones: talento y preparación
Su mirada hacia los jóvenes artistas no es pesimista.
Por el contrario, reconoce fortalezas importantes.
Observa que se está consolidando la condición empresarial del artista.
“El artista en sí es una industria.”
Y considera positivo que se desarrolle el concepto de industria cultural.
También valora que muchos artistas comprendan que el arte es una profesión de la cual se debe poder vivir dignamente.
“Una mayoría entiende que hay que complementar el talento con la formación académica.”
Sin embargo, también advierte:
“Hay talento y muchos no entienden que vocación sin preparación les augura el fracaso.”
Esta frase podría convertirse en una advertencia para cualquier joven que pretenda entrar al mundo artístico.
El talento abre una puerta.
La preparación permite permanecer dentro.
Y la disciplina ayuda a construir una trayectoria.
Teófilo también señala problemas estructurales: poco apoyo a las escuelas de formación artística, resistencia de algunos profesores a elevar su nivel académico, bajos incentivos salariales y difíciles condiciones en los espacios de proyección social de las distintas disciplinas.
¿Qué necesita el país?
La pregunta parece sencilla:
¿Qué necesita la República Dominicana para fortalecer verdaderamente su desarrollo cultural?
Teófilo responde:
“Visión y vocación de los funcionarios relacionados.”
No habla únicamente de presupuesto.
Habla de voluntad.
De capacidad.
De comprensión.
Después agrega:
“Fuerte apoyo a los emprendedores culturales.”
Y finalmente plantea una cultura que atraviese todo el territorio nacional:
“Generar el apoyo y fomento del arte en todos los sectores de la vida nacional.”
No basta con tener grandes instituciones en Santo Domingo.
La cultura debe llegar a los barrios, a los pueblos, a las provincias, a las escuelas y a las comunidades.
La cultura tiene que dejar de ser una experiencia concentrada en determinados espacios y convertirse en una verdadera política nacional.
Si la República Dominicana fuera una obra de teatro
Quise llevar la conversación a un terreno más simbólico.
Le pregunté:
Si la República Dominicana fuera una obra de teatro, ¿cuál sería hoy su conflicto principal?
La respuesta fue contundente:
“La lucha por el poder del Estado.”
No necesitó más.
Después le pregunté qué personaje histórico dominicano le habría gustado interpretar.
Su respuesta fue inesperada:
“Me siento muy feliz con todos los que he tenido la oportunidad de representar. Uno de los últimos es Dios. Después de ahí… me siento satisfecho.”
Sonreí al leerla.
Porque conozco a Teófilo.
Y porque una respuesta así solo podía venir de él.
Le pregunté entonces qué palabra define mejor al pueblo dominicano.
“Valiente, luchador.”
Y cuál es el valor cultural que nunca deberíamos perder.
“Nuestra hospitalidad y alegría.”
Dos palabras que, de alguna manera, vuelven a llevarnos a la infancia, a la familia y a ese país que aquella generación quería transformar sin dejar de amar.
Los hermanos que el teatro nos regaló
Hay una pregunta que adquiere para mí un significado especial.
Le pregunto cuál ha sido su mayor satisfacción después de toda una vida dedicada al teatro.
No habla de reconocimientos.
No habla de premios.
No habla de cargos.
Habla de las personas.
“El tener como hermanos al día de hoy a todos los que participaron en los procesos de crecimiento en las etapas cruciales y mantener como inspiradores aquellos que me señalaron los caminos por donde transitar.”
Después menciona nombres.
Otto Coro.
Freddy Ginebra.
Rómulo Rivas.
Fafa Taveras.
Los compañeros del Teatro Estudiantil.
Los de Las Cuatro Puntas.
Los de Gayumba.
Los de Gratey.
Los de PROA.
Y tantos otros que fueron apareciendo en diferentes momentos de su vida.
Leo mi nombre entre ellos y necesariamente hago una pausa.
Porque esa parte de su respuesta no pertenece únicamente a su biografía.
También pertenece a la mía.
El teatro nos dio algo que ningún premio puede otorgar:
hermanos de camino.
Nos permitió conocer personas con las que, décadas después, todavía podemos sentarnos a conversar y descubrir que, aunque hayan cambiado nuestras vidas, hay una parte de nosotros que continúa viviendo en aquellos primeros ensayos.
El legado que no le preocupa
Le pregunto cómo quisiera ser recordado por las futuras generaciones.
Su respuesta es muy coherente con la manera en que ha vivido:
“Es algo que no me preocupa. Vivo feliz dedicado a esta profesión que elegí y me eligió.”
No parece interesado en construir una imagen para la posteridad.
Prefiere que el tiempo decida.
En todo caso, se define:
“Actor, productor y promotor cultural, con una percepción sensible y clara de la importancia de la profesionalidad, del trabajo en equipo, la cuidadosa selección de talentos, de equipo técnico y la calidad artística.”
Pero vuelve a colocar el énfasis donde siempre lo ha colocado:
“Más allá de los escenarios formé parte de equipos de profesionales que buscaban la excelencia en lo humano y en lo profesional comprometidos con el desarrollo de la cultura.”
Quizá esa sea su mejor definición.
No solamente un hombre de teatro.
Un hombre de equipos.
Un hombre de procesos.
Un hombre que entiende que ninguna obra verdaderamente importante se construye en soledad.
“Puchi, sin cultura no hay nación”
Llegamos a la última pregunta.
Le pido un mensaje a la República Dominicana sobre la importancia de la cultura en la construcción de la nación.
Y entonces aparece nuevamente el amigo.
No el actor.
No el promotor.
No el maestro.
El amigo que me llama Puchi.
“Puchi, sin cultura no hay nación.”
Y comienza a explicar por qué.
“Nadie podrá leer lo que representan los muros de la Zona Colonial. No se sabría cuántos somos, cómo somos y por qué somos así.”
Habla de la bandera.
Del escudo.
De nuestras riquezas.
Del cuidado del agua.
De nuestras maneras de bailar.
Del merengue.
De la bachata.
Del son.
Y hasta del béisbol:
“Cómo aspiramos o admiramos los lanzadores y receptores de la pelota en el estadio…”
Después aparecen esas expresiones que solamente pueden entenderse desde la cultura popular:
“Y todos los cibaeños hablan con la i, o ese tigre es un León, o tiene más cuarto que el diablo…”
Sonríe uno al leerlo.
Pero detrás de la sonrisa hay una idea profunda.
La cultura está también en esas palabras.
En esas maneras de hablar.
En esas expresiones que parecen pequeñas, pero que contienen una historia social.
Por eso su invitación final es casi una declaración de principios:
“Invito a todos a que nos cultivemos en vivencias, conocer el país, los exponentes en todas las áreas posibles, a leer, a crear riquezas, a pensar, a divertirnos, a vivir intensamente.”
El teatro es la sangre
Queda una última pregunta.
Quizá la más sencilla.
Después de toda una vida dedicada al teatro, ¿cómo resumiría en una frase lo que el teatro ha significado para usted?
Teófilo responde:
“El teatro es la sangre que corre por mi cuerpo, los latidos de mi corazón, los esquemas de mis pensamientos, lo que me hace emocionar, la expresión de mis sentidos; en fin, es mi vida.”
No puedo evitar pensar en todo lo que hay detrás de esa frase.
Está aquel niño de Ocoa.
Está la madre con el folder y el abecedario.
Está el muchacho que comenzó a descubrir el escenario.
Está el Teatro Estudiantil.
Está Gayumba.
Está Gratey.
Están los maestros.
Los compañeros.
Los amigos.
Las discusiones.
Las luchas.
Las obras.
Los personajes.
Los viajes.
Los aplausos.
También están los momentos difíciles.
Y, sobre todo, están las personas.
Porque si algo me ha enseñado compartir casi seis décadas de camino con Teófilo Terrero es que el teatro nunca fue para él únicamente una profesión.
Fue una manera de comprender al ser humano.
Una manera de relacionarse con el mundo.
Una manera de servir.
Y una manera de permanecer fiel a los sueños de aquella generación que alguna vez creyó que un escenario podía ayudar a construir un país mejor.
Epílogo: después de tantos años
Hoy, cuando miramos hacia atrás, quizás podamos reconocer que no todos aquellos sueños se hicieron realidad.
Pero tampoco fueron inútiles.
La historia de una generación no se mide solamente por las transformaciones que consiguió.
También se mide por las preguntas que dejó abiertas.
Por las semillas que sembró.
Por los jóvenes que inspiró.
Por las instituciones que ayudó a construir.
Por los amigos que convirtió en hermanos.
Teófilo y yo pertenecemos a esa generación.
Hemos envejecido, pero algunas cosas permanecen intactas.
Seguimos hablando de teatro.
Seguimos preocupados por la cultura.
Seguimos creyendo que el arte puede ayudar a transformar la vida.
Y, sobre todo, seguimos teniendo la suerte de poder mirar hacia atrás y reconocer los rostros de quienes caminaron con nosotros.
Quizá ese sea el verdadero patrimonio de nuestras vidas.
No los escenarios.
No los cargos.
No los reconocimientos.
Las personas.
Aquellos que estuvieron.
Aquellos que nos enseñaron.
Aquellos a quienes pudimos ayudar.
Y aquellos que, sin saberlo, nos ayudaron a convertirnos en quienes somos.
Por eso, cuando Teófilo dice que el teatro es la sangre que corre por sus venas, entiendo perfectamente lo que quiere decir.
Porque después de casi sesenta años de caminar juntos, puedo afirmar algo desde mi propia experiencia: el teatro no pasó por nuestras vidas.
El teatro se quedó a vivir en ellas.
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