Reflexión sobre la respuesta a Sor Filotea de la Cruz en 1691.

Hay personas cuya tragedia no consiste en no saber quiénes son, sino en saberlo demasiado pronto y descubrir que el mundo no está preparado para permitirles serlo. Sor Juana Inés de la Cruz perteneció a esa estirpe. Desde niña sintió una curiosidad casi insaciable por aprender. Quiso estudiar cuando estudiar no era un destino concebido para una mujer; quiso preguntar cuando de ella se esperaba obediencia; quiso utilizar una inteligencia que la sociedad de su tiempo habría tolerado mucho mejor si hubiese nacido hombre. Su conflicto no fue simplemente con una época: fue con esa vieja costumbre humana de decidir cuánto espacio puede ocupar otra persona.

En Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, escrita en 1691, Sor Juana hace mucho más que defenderse. Cuenta la historia de su relación con el conocimiento y explica una necesidad intelectual que parece acompañarla desde siempre. No presenta el estudio como un adorno ni como una forma de alcanzar reconocimiento. Para ella, aprender era prácticamente una manera de existir. Incluso cuando intentaba apartarse de los libros, su mente continuaba observando, relacionando, preguntando. El mundo podía quitarle el acceso al estudio, pero resultaba mucho más difícil ordenarle a su inteligencia que dejara de funcionar.

Quizás por eso su historia continúa siendo tan cercana más de tres siglos después. Porque ya no necesitamos vivir en la Nueva España del siglo XVII para experimentar la presión de convertirnos en aquello que otros consideran apropiado. Los límites han cambiado de nombre y de apariencia, pero siguen existiendo. A veces proceden de la familia, de la pareja, de una institución, de las expectativas sociales o profesionales. Otras veces, somos nosotros mismos quienes terminamos por interiorizarlos. Nos acostumbramos tanto a cumplir con lo esperado que podemos llegar a confundir adaptación con identidad.

Y no es solo un asunto de mujeres. Hay hombres que aprendieron desde niños que determinadas emociones los hacían débiles, mujeres a quienes enseñaron que ciertas ambiciones las hacían egoístas, personas que abandonaron una vocación porque alguien decidió que no era práctica, adultos que todavía cargan con la versión de sí mismos que otros construyeron cuando eran jóvenes. Cambian las circunstancias, pero la pregunta permanece: ¿cuántas vidas terminan siendo más pequeñas de lo que pudieron ser porque alguien convenció a una persona de que debía ocupar menos espacio?

Sor Juana comprendió algo esencial: desarrollar nuestras capacidades no constituye una ofensa contra los demás. Una inteligencia cultivada no le roba inteligencia a nadie. Una persona que crece no necesita disminuir a quienes la rodean. Existe una enorme diferencia entre querer ser superior y negarse a ser inferior. También existe una diferencia entre el egoísmo y la dignidad de reconocer aquello que somos capaces de hacer.

Tal vez por eso resulta tan poderosa la imagen de aquella mujer, rodeada de libros, en su celda del convento de San Jerónimo. Había encontrado, dentro de los estrechos márgenes que su época le permitía, un lugar donde pensar. No podía cambiar por completo las reglas del mundo en el que había nacido, pero durante buena parte de su vida consiguió crear un espacio propio dentro de ellas. Allí estudió, escribió, discutió ideas y produjo una obra que sobreviviría precisamente a muchas de las estructuras que intentaron limitarla.

El final de su historia, sin embargo, obliga a mirar también el precio de esa resistencia. Las presiones aumentaron. Sor Juana terminó alejándose de la vida intelectual que había defendido y se desprendió de buena parte de sus libros e instrumentos. Resulta imposible contemplar ese desenlace sin preguntarnos cuánto conocimiento se perdió con ellos. Y entonces la historia individual se transforma en una pregunta mucho mayor: ¿cuántas Sor Juanas nunca llegaron siquiera a escribir una página? ¿Cuántos científicos, artistas, maestros, escritores, inventores o pensadores desaparecieron anónimamente porque la época, la pobreza, el género, la familia o las circunstancias les dijeron que aquello que llevaban dentro no tenía lugar en el mundo?

Ese es quizá el verdadero desperdicio del talento humano. No solamente aquello que intentamos y no conseguimos, sino aquello que jamás nos permitimos intentar.

Pero la historia de Sor Juana también puede leerse desde otro lugar. Nosotros tenemos algo que ella tuvo en mucha menor medida: la posibilidad de revisar nuestra propia vida. Podemos preguntarnos cuánto de lo que somos fue elegido y cuánto simplemente aceptado. Podemos descubrir, incluso después de muchos años, que una capacidad abandonada no necesariamente está muerta, que una curiosidad postergada todavía puede despertarse y que no existe una edad universal a partir de la cual esté prohibido comenzar de nuevo.

Quizás crecer también consista en dejar de pedir permiso para convertirnos en nosotros mismos.

No para vivir ignorando a los demás. No para transformar la independencia en egoísmo. No para demostrar que somos mejores. Simplemente para comprender que amar, acompañar, servir y compartir nuestra vida con otros nunca debería exigirnos desaparecer dentro de sus expectativas.

Sor Juana Inés de la Cruz murió en 1695. El mundo que intentó poner límites a su inteligencia desapareció hace siglos. Sus palabras, en cambio, permanecen.

Tal vez porque nunca consiguieron empequeñecerla del todo.

Y quizá esa sea una de las formas más profundas de libertad que podemos aprender de ella: no necesitamos ser más grandes que nadie, pero tampoco debemos aceptar convertirnos en menos de lo que podemos ser.

Dedicatoria

A la memoria de mi querida tía Aleyda; a mi tía Josefina; a mis primas Fernández Durán; a mi madre y a mi hermana.

A todas ellas, mujeres que han probado y repetidamente probado la fortaleza de su espíritu frente a las adversidades de la vida. Mujeres que han sido verdaderas centuriones de la resistencia, que han sabido mantenerse de pie cuando las circunstancias parecían exigirles rendirse y que, aun en medio de las dificultades, jamás han renunciado a su dignidad.

Les dedico esta reflexión porque, al igual que Sor Juana Inés de la Cruz, han demostrado que la verdadera grandeza no consiste en imponerse sobre los demás, sino en negarse a ser menos de lo que se es.

Vailma Roca

Vailma Roca Fernández es abogada graduada de la Universidad Católica Santo Domingo, licenciada en Educación y Ciencias por la Universidad de Florida, donde también obtuvo una maestría en Comunicación con concentración en Periodismo Digital y Narrativa Multimedia. Escritora y servidora pública en el estado de Florida, actualmente publica en The Times of Israel y Alachua Chronicle. Su trabajo se centra en amplificar voces, contar historias con propósito y defender los derechos de los estudiantes con necesidades especiales y de sus familias. Como miembro de la Comisión Histórica del Condado de Alachua, promueve además la preservación de la memoria colectiva y el valor de las comunidades que forjan identidad. Su trayectoria entre el derecho, la educación, el periodismo y el servicio público refleja una profunda vocación por la justicia social, la verdad y la dignidad humana.

Ver más