Me he motivado a redactar este escrito para aclarar, desde mi testimonio, las sombras que algunos han querido arrojar sobre la reciente reapertura del Museo Nacional de Historia y Geografía.
A veces la gente es muy cruel. Opina sin saber, repite cosas sin verificar y termina desinformando. Había que estar ahí para entender lo que se pasó en ese museo, para ver con los propios ojos el nivel de deterioro con que lo recibimos y lo que implicaba levantarlo prácticamente desde cero.
Yo estuve ahí.
Hablar del Museo Nacional de Historia y Geografía es hablar de un rescate patrimonial marcado por el esfuerzo y la convicción de un equipo que entendió su papel histórico.
Fui parte, entre 2022 y 2025 de la gestión del historiador y antropólogo José Guerrero a la cabeza del Museo, como Coordinador General. Guerrero logró reabrir un museo que llevaba en ruinas desde 2005. Durante ese largo tiempo se perdieron piezas y la carcoma hizo estragos en la colección. Lo que recibimos en 2022 no era simplemente un museo cerrado: era un espacio prácticamente colapsado.
Como coordinador general, formé parte de ese esfuerzo de recuperación. En 2022, aun con limitaciones severas de recursos, logramos una reapertura parcial al público, marcada por el corte de cinta encabezado por la señora Vicepresidente Raquel Peña. No teníamos los recursos que hubiésemos querido, pero teníamos algo más importante: la decisión de echarlo a andar. No era un museo terminado, pero sí un museo vivo.
Entre diciembre de 2022 y diciembre de 2024 promediamos más de 50,000 visitantes al año. Una cifra significativa considerando las condiciones en que operábamos. Convertimos el museo en un espacio vivo. Hicimos ferias del libro —llegando a ser pabellón principal—, organizamos conferencias, exposiciones de arte y actividades con embajadas como Israel, México, Chile y Brasil. Formamos una camada de guías: Fui personalmente a buscar candidatos entre los estudiantes de Historia de la UASD. Me tocó entrenarlos para que pudieran atender al público de una manera amena e interactiva, aprovechando el conocimiento de ese nuevo personal.
Trabajamos de forma precaria, pero con entusiasmo. Me tocó acompañar, en comisión, al Presidente del Voluntariado del Museo, don Marcial Najri, al Director General de Museos, Carlos Andújar y al Director, José Guerrero, al Palacio Nacional. Nos recibió el ministro Paliza, quien gestionó con el Presidente la suma de cincuenta millones de pesos, fondos que permitieron dar el salto. Con esos recursos construimos un salón de conferencias, inaugurado en 2024, que mes tras mes se ha convertido en un espacio de actividades académicas y culturales.
Las lluvias de noviembre de 2023 y 2024 denotaron las fallas estructurales que sufría la edificación. Las colecciones se vieron en riesgo de daños por el agua. Mi propia oficina se inundó. Las autoridades decidieron enfrentar ese problema y, por eso, a partir de febrero de 2025 se volvió a cerrar el museo para resolver todos esos vicios. En marzo de 2025 mi ciclo en el Museo terminó e inicié otro fuera del país.
Dejé el museo encaminado en un proceso de remozamiento más amplio, sustentado en el apoyo presidencial y el trabajo de un equipo de hombres y mujeres a quienes les duele el patrimonio nacional. Es justo reconocer que José Guerrero ha dejado la piel en ese proyecto, junto con todo el equipo que sigue ahí, dándolo todo.
Hoy, en 2026, el Museo Nacional de Historia y Geografía reabre sus puertas al público. Faltan cosas por hacer y otro empujón presidencial, pero de la ruina que recibimos no queda ni la sombra.
Lo que han logrado José Guerrero, Carlos Andújar, Marcial Najri y todo el equipo del Museo no es perfecto, pero tiene el mérito de haber hecho posible lo que parecía imposible cuando entramos, entre polvo y abandono, a enfrentar más de una década de descuido: devolverle la vida a un museo que estaba muerto.
Me hubiese gustado estar presente en el acto del martes 28 para expresarle al presidente Luis Abinader mi más sincero agradecimiento, porque su gestión ha saldado una deuda histórica con la juventud y las familias dominicanas, al devolverle a Santo Domingo la dignidad de la Plaza de la Cultura y de sus museos.
Termino extendiendo una invitación a todo aquel que lea estas líneas a visitar en familia los museos dominicanos. Disfruten del trabajo y de la dedicación de quienes pusimos un granito de arena para hacerlo posible.
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