I
Estás a punto de empezar a leer un ensayo sobre la novela Si una noche de invierno un viajero (Siruela, 2001), la novela de un escritor italiano llamado Italo Calvino (1923-1985). Desde el inicio, me parece bastante extraña y poco convencional, pero altamente acogedora por la riqueza simbólica de su nivel expresivo, la novedosa simetría narrativa que le acompaña y las sugestivas imágenes de la prodigiosa prosa poética que todavía se agolpan en mi cabeza.
Leí por primera vez a Calvino, a finales de la década de los años noventa, en una antología de cuentos fantásticos y desde ese entonces me dio la impresión de un escritor con el ímpetu de los clásicos, sobre todo por las ideas valiosas que circulan en sus textos altamente exploratorios de la realidad imaginaria. Sin duda que Calvino es un autor cuyo acento lo aleja de los lugares comunes, lo que implica por demás la existencia de una personalidad literaria muy original. El estilo de su pensamiento es calmado y preciso a la vez, con juicios contundentes sobre las cuestiones que aborda. Mientras tanto, en casi toda su obra es capaz de dejar visibles rastros en la memoria de los lectores, sin importar los niveles de conocimiento. Por lo que su literatura me parece un poco sesuda, algo hermética en particular, que demanda de lectores atentos, dotados de cierta agudeza intelectual.
Cuentista extraño, del ramo de lo fantástico, cronista, ensayista erudito de primera línea y novelista. Es de los escritores que piensan más en los lectores que en hacer una obra para el gusto propio y para su propia complacencia; en esto se emparenta con Borges, quien fuera su contemporáneo. Lo primero que cayó en mis manos de la obra de Calvino fueron sus cuentos, recogidos por Tusquets bajo el título Por último el cuervo (Siruela, 1990); luego llegaron otros libros: De fábula (Siruela, 1996), Colección de arena (Siruela, 2001), un conjunto de artículos y ensayos en los que se comporta como un observador agudo de “la realidad elegida” y de cuantos objetos ha encontrado en museos, visitas a lugares lejanos, exposiciones y excavaciones arqueológicas, que constituyen un exquisito pastel sobre la cultura universal. Los trabajos recogidos en Colección de arena son capaces de estimular serias reflexiones sobre la cultura, donde la imaginación y la fantasía juegan con el universo del lector y de paso se atraviesan para tomar parte en los contornos del cuento. Llama poderosamente la atención la gracia de su estilo suelto y escueto, transgresor de los espacios de la realidad para situar a los lectores en una dinámica importante, en el que conviven la ficción y la no ficción, lo que le permite a Calvino pasar de la crónica a la narración y viceversa, haciendo del texto un entramado rico en aportaciones y sugerencias sobre experiencias de viajes y lugares de remotas geografías, los que retrata con sorprendente maestría y agudeza.
La literatura de Calvino se caracteriza por la existencia de un humor inteligente y por la deliberada intuición de un pensamiento que lo acompaña en casi toda su obra. Así lo demuestra en Seis propuestas para el próximo milenio (Siruela, 2001), uno de sus libros más memorables. Las propuestas están conformadas por un ciclo de seis conferencias, luego publicadas en formato de libro, las cuales escribió para ser dictadas en la Universidad de Harvard en 1985, dentro de la cátedra Charles Eliot Norton Poetry Lectures, pero una semana antes de realizar el viaje, el destino le jugó una mala pasada: Calvino murió de manera sorprendente en septiembre de ese mismo año.
Preocupado por el fin del milenio, el autor reflexiona concienzudamente y con la agudeza del filósofo sobre el destino que debía tomar la literatura para los próximos tiempos, o sea, (para este milenio), en el que deja bien claro sus inquietudes. Para ello se acerca al concepto neoplatónico de la “imagen como comunicación del alma y del mundo”, más bien, la posibilidad de poner en valor la imaginación como instrumento de conocimiento. Pues en sus famosas conferencias el autor definió las ideas que deberían ser las claves precisas de la creación literaria: 1- Arribar a una posible pedagogía de la imaginación; 2- Averiguar el futuro de la imaginación, a través de lo que él suele llamar “civilización de las imágenes”; y 3- La creación de una especie de iconografía de lo fantástico al definir las categorías “fantástico cotidiano” y “fantástico visionario”, conceptos que había desarrollado magistralmente en el prólogo de su antología Cuentos fantásticos del siglo XIX (Siruela, 2001).
Calvino murió convencido de que la fantasía es un recurso inminente en la creación artística, capaz de transformar el alma humana en cualquier estado o circunstancia. Entendió como ningún otro escritor que el recurso de la imaginación es la única oportunidad que tiene el artista para potenciar un mundo lleno de posibilidades infinitas y “que aquello que experimentamos al vivir constituye otro mundo que corresponde a otras formas del orden y del desorden”.
II
Si una noche de invierno un viajero me parece una de las novelas más experimentales del siglo XX, por su inusual estructura narrativa y por su efectiva carga especulativa de la ficción. Se inicia en una estación de trenes de una ciudad provinciana y desde allí el viajero proyecta su inagotable periplo imaginario por los senderos de la memoria. Esta es la genial idea de un escritor llamado Italo Calvino, quien imagina que la novela está escrita por varios autores apócrifos. Por eso, Si una noche… es a la vez diez novelas, estructurada en diez capítulos diferentes que pueden funcionar de manera independiente; en cierto sentido Calvino agota el concepto pessoano de los heterónimos, nada más que aquí el autor se imagina diez inicios diferentes escritos por diez autores imaginarios.
Existe la clásica versión de que en la novela debe participar el conjunto de experiencias vitales relacionadas con los gustos, los sueños, las expectativas y todo el torrente sanguíneo del autor. Pues no debemos someternos a dudas: Calvino quiso dejarnos la novela definitiva, sin retazos, sin ripios de la realidad. En todo caso, la versión totalizadora del próximo milenio: una novela que penetre de manera secreta los escondrijos del pensamiento; una novela capaz de especular con las ideas, con el tiempo y con la gloria de sus personajes; en otros casos, que cuestione el presente y que esta sea crítica de la realidad como mecanismo inagotable para mantener viva la tensión de la ficción.
Vista de este modo, la novela de Calvino se complementa en la memoria del lector, pues apela al juego, a los azares visibles, de los secretos engarzados que sostienen su estructura. No hay nada que esté acabado en ella, sino un mundo donde todo está por decirse, por inventarse a sí mismo, lo que supone el sorprendente catálogo de su complejo aparato ideológico.
Por lo tanto, la de Calvino es una propuesta que apunta hacia la muerte del autor, como dato concreto de una estética novelística que acopla los intersticios del texto; una novela que a ratos fluye continuamente, que no floja y que aprieta como una vuelta de tuerca abriendo los canales de la mente humana puestos al servicio de lo imaginario.
Los diez capítulos diferentes, de las diez novelas, que el autor anuncia en la introducción, son versiones secretas en las que la realidad se desliza sigilosamente en un torrente de lazos continuos y de relaciones infinitas. Las expectativas que crea Si una noche de invierno un viajero funcionan como el mejor engranaje de un sistema perfecto: el movimiento y la simetría de cada pieza en la que encajan y armonizan en conjunto los hilos conductores que adelantan los procesos del viajero hacia los lugares ignotos de la imaginación.
III
Ahora que estás a punto de terminar la lectura del ensayo, deberás saber que la acción de la novela inicia en una estación de trenes, en el poblado de Malbork, donde un escritor, un tal Italo Calvino, ha escrito una novela titulada Si una noche de invierno un viajero. Al parecer, esta historia no es un juego del azar. Todo lo contrario: esta es un artefacto encantatorio y maravilloso con el que Calvino intenta sustituir la vieja versión del autor en la novela. Es como si afirmáramos junto con Borges que Pierre Menard es el autor del Quijote.
En el primer capítulo hay un pasaje novedoso en el que el narrador evoca el Viaje a Ítaca, de Cavafis. A propósito cuenta el narrador: “Por ahora el comportamiento extremo es el de un viajero que ha perdido el trasbordo, situación que forma parte de la experiencia de todos” (p. 35). El contrapunto sugiere lo que imagina el viajero sobre el futuro de su viaje y la experiencia del trayecto hacia su destino final. Todo esto no es más que un conjunto de dilemas, dificultades y caprichos sobre la determinación con la que se lleva a cabo la comprensión del universo. Pues el de Calvino constituye un viaje lleno de aventuras donde la emoción inunda a cada instante el espíritu y la razón.
Pienso que Calvino pone de manifiesto una de las teorías estéticas más arriesgadas sobre la mejor manera de justificar la participación del lector en la novela y sobre aquello que al mismo tiempo supone una ética del lector. En la parte introductoria de su libro, el autor escribe: “…es una novela sobre el placer de leer novelas; el protagonista es el lector, que empieza a leer diez veces un libro, que por vicisitudes ajenas a su voluntad no consigue acabar” (p. 10). Pues la novela comprende diez inicios diferentes de diez autores imaginarios (apócrifos). Lo que sin duda la convierte en un portento narrativo; una ingeniería de la inteligencia literaria, de inigualable valor estético y conceptual.
La novela es además el retrato fiel de Alonso Quijano sobre el placer de leer libros de caballería. En buena medida, una ficción que alegoriza la propia ficción. Sin embargo, el personaje de Calvino no se vuelve loco por cuyas fantasías provocan las novelas de caballería como bien sucede en la novela de Cervantes. Aquí se invierte la razón y la idea de leer novelas diferentes de diez autores diferentes es un acto de sabiduría vital, que por demás convierte la imaginación en “fuente de conocimiento”, uno de los propósitos estéticos que Calvino magistralmente plantea en sus Seis propuestas para el próximo milenio. Es de suponer que en este autor la teoría como fuente de conocimiento y la práctica imaginaria (invención) constituyen una empresa solo comparable a la de Borges y su idea de establecer una estética argentina, donde se bifurcan tanto la reflexión, el pensamiento y la imaginación. De manera que en la novela hay un conjunto sorprendente de formas y sentidos en cuya lógica parecen habitar intricadas fórmulas matemáticas.
Aquella alegoría kafkiana de la novela inacabada es aquí una metáfora invertida. Pues en Calvino el lector presagia el final y lo ejecuta. Esa manifiesta versión de iniciar diez novelas diferentes de diez autores diferentes presupone a la vez un largo camino, que nos hace pensar de nuevo en Constantin P. Cavafis: en la experiencia de vivir y en la experiencia de imaginar el viaje. Al final somos todos los lectores, el lector: tú, yo, quienes quedamos atrapados en el laberinto sin tregua de un “viaje” indefinido. Con sobradas razones, Si una noche de invierno un viajero es una novela sin argumento, pero llena de historias, donde abundan las peripecias del lector en busca de un viajero. De manera pues que me aventuro a pensar que en su completud la de Calvino también encierra una teoría del lector.
En cierta medida nos conformamos con pensar que Si una noche de invierno un viajero es una forma lúdica de concebir el universo de la propia novela y sobre cuáles coordenadas estéticas esta debe replantearse en la sociedad como aparato ideológico y como aparato de la imaginación; también ella es capaz de subvertir la realidad, para convertirse luego en lo que ella es: un río que concurre en la totalidad virtual del cerebro y de la mente humana; un camino, un recorrido por donde transcurren las más sorprendentes hazañas. Pues la tarea de la novela debe ser esa: que el lector no tenga otra oportunidad que la de soñar, imaginar un mundo donde lo inasible adquiera los contornos del sueño o de una pesadilla.
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