El último cuento intitula el libro. “La noche de los buzones blancos” narra la lucha revolucionaria y la posterior captura de otro guerrillero, Odiseo de Jesús, que combate a las tropas invasoras yanquis. Odiseo es la efigie de los héroes legendarios de nuestra historia. Provoca más de quinientas bajas al ejército invasor, coloca panfletos subversivos en todos los buzones de la ciudad, burla la vigilancia de los soldados nacionales… Sus perseguidores deciden entonces instalar buzones blancos en todas las casas del pueblo y esconder hombres armados detrás de las puertas. Pero los intentos de captura son fallidos, el guerrillero evade las trampas tendidas. Hasta que matan a su esposa. En su velorio, los invasores lo apresan. Odiseo cae en la trampa que le tienden compadres, amigos y parientes, que se disputan ante los jefes militares la recompensa ofrecida. Cercana la hora del fusilamiento, el curso de los acontecimientos varía. La conciencia nacional empieza a manifestarse en el instante en que sus compañeros se arman y atacan a los marines desde las posiciones de guerra de los buzones blancos de las casas. Odiseo de Jesús escapa ileso del cerco cuando su madre, disfrazada de monja, lo libera y lo llama a la fuga.
Peix reivindica la figura histórica del guerrillero agraviado, del “gavillero” (ese término peyorativo dado a los resistentes nacionales contra las tropas de ocupación extranjeras de 1916). Sus personajes legendarios son seres dotados de cualidades excepcionales. Pero los héroes míticos tienen un destino diferente en “Responso para un cadáver sin flores” y en “La noche de los buzones blancos”. Mientras Alonso Bobadilla muere ejecutado, Odiseo de Jesús se salva de la ejecución militar y sale (¿hacia la multitud, hacia la vida?). Mientras en “La noche de los buzones blancos” hay final con liberación casi milagrosa, en “Responso para un cadáver sin flores” el honor del héroe es mancillado con la profanación del cadáver. La venganza justiciera de Alonso el pequeño ante la afrenta a la memoria de su padre crea ese final desconcertante que supera la caída en la calamidad.

Bien podría decirse que el cosmos narrativo de Peix se nutre de elementos del realismo mágico y del realismo maravilloso. En los cuentos “¿Dónde viven los pinos más callados?”, “Responso para un cadáver sin flores”, “La noche de los buzones blancos” y “La venganza del fantasma de verano” ocurren hechos singulares: una carreta que rueda incesantemente llevando un cadáver cubierto por una sábana blanca, un condenado al paredón sorpresivamente liberado, el hallazgo de los esqueletos vestidos de un coronel italiano y de nueve generales conspiradores que firman el acta de capitulación en una reunión militar, las catástrofes originadas por el castigo del fantasma a la ciudad de Alcanfores…Otras narraciones rayan en lo truculento y lo escabroso, como “La balada del viudo Salomón”, con la profanación colectiva de los restos de Lorenza Balbuena, e “Introito mortal”, con la figura del amancebado padre Cadenas.
Un elemento formal que otorga consistencia al mundo recurrente de Alcanfores es el final-sorpresa en cuentos como “La balada del viudo Salomón”, “¿Dónde viven los pinos más callados?”, “Los hitos” y “Responso para un cadáver sin flores”. La acción se desenvuelve siempre en un universo específico: el universo de Alcanfores y los pueblos de Pasopronto, Barranca, Montelirio, Atajo Viejo, Loma Blanca, Fuenterío, que conforman una toponimia, un mismo espacio geográfico en donde las historias narradas con innovadores recursos formales y estilísticos prolongan la calamidad que marca a los pueblos de Las locas de la Plaza de los Almendros.
Los temas del mundo imaginario de Peix confieren al texto un carácter totalizador: el amor, el sexo, la muerte, la venganza, la fatalidad, la aventura, las luchas revolucionarias, el sentimiento patrio…Hallamos pasajes épicos mezclados con aliento lírico cuya constante es el apoyo espiritual de la mujer, que sabe estar a la altura de las circunstancias. La colectividad asume también un papel protagónico. Ella es la fuerza motriz que impulsa todas las hazañas del hombre, hazañas abiertas, inacabadas, difusas…
A diferencia de los cuentos de Las locas de la Plaza de los Almendros, la noción de tiempo adquiere una determinación concreta en La noche de los buzones blancos. Si en Las locas de la Plaza de los Almendros no hallamos referencias que encierren el mundo de Alcanfores en un marco temporal, en los relatos de La noche de los buzones blancos hay claros parámetros históricos. Pero si la referencia histórica común de la mayoría de los cuentos es la primera intervención armada de los Estados Unidos de América en Santo Domingo, hallamos también relatos situados más atrás, antes de 1916, en un intento de rastrear la huella de nuestro pasado colonial. En este sentido, el texto representa un viraje acentuado en la cuentística de Peix. Un elemento fundamental de la obra es su marcada historicidad. La ficción se apoya esencialmente en la historia. La recreación de la realidad ya no se limita al entorno rural, a la “ruralidad de la imagen”, como señala Andrés L. Mateo. Ahora emerge el ámbito urbano de Alcanfores. Y ese universo de Alcanfores -en donde se entremezclan realidad y leyenda, historia y mito- está sostenido por una brillante narrativa poética.
Los cuentos de La noche de los buzones blancos están ensamblados y ligados por una unidad verbal y estructural. Esa unidad orgánica del texto permite transfigurar una realidad histórica que no sólo es asumida, sino también transgredida y trascendida por encima de la referencia temporal. Algunos de los relatos se entrelazan y comunican en una especie de diálogo intertextual. Toda la estructura narrativa del libro responde a una estética de la experimentación técnica y formal.
El tiempo ha girado, he pasado ya del medio siglo de vida y aún sigo admirando esta reveladora lectura de mi juventud. Muchos años después he vuelto a leer este libro, y lo he hecho con placer, con delectación, con asombro y admiración, cautivado como antes por la prosa formidable de Peix. Hoy me alegra confirmar que mis tempranos juicios literarios sobre este notable texto de la narrativa dominicana y su autor no eran errados. Porque Pedro Peix ha seguido escribiendo, aunque no siempre publicando, incansablemente. Ha seguido pensando y creando en retiro y aislamiento, como lo que él realmente es: un monje nihilista y hedónico, un amante de la noche y su misterio, un ermitaño completamente ajeno a todo y a todos, indiferente a los demonios clamorosos y tentadores de la publicidad y la política, sordo a los ruidos del mundo; un creador solitario que ama más que todo la soledad creadora y que a sus años sabe ya que, para un escritor, la verdadera fuente de goce y gratificación se halla en el acto mismo de la escritura y no tanto en el reconocimiento público de la obra y del talento”.
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