A Nan Chevalier

Aunque mi verdadera pasión es la poesía en su estado más puro, ese temblor anterior a la palabra donde el silencio ya está cantando, me acerco a ciertas obras narrativas porque en ellas late, a veces con más intensidad que en muchos poemarios, la sustancia esencial de lo poético. La poesía no es un género: es una condición del Ser (y esta puede expresarse de muchos modos), una frecuencia de la conciencia, una manera de arder… Hay textos que se presentan como novelas pero respiran como constelaciones líricas, y hay versos perfectamente alineados que, sin embargo, no vibran en la frecuencia propia del hecho poético como proceso experiencial que nos hace consciente de nuestra naturaleza y vínculo con lo que se nos aparece como la otredad. La poesía es el punto donde el lenguaje se vuelve umbral. Una de esas novelas dignas de ser motivo de toda envidia en ese sentido es Rayuela. Esta no se lee: se atraviesa. No se sigue: se orbita. No se termina: se habita. Su entramado circular, su arquitectura que no cierra sino que gira, la convierte no en una obra inconclusa, sino en una obra sin fin, como esos mandalas que no buscan borde porque ya son totalidad.

Desde una mirada taocuántica, esa forma de sentir el mundo donde lo visible es apenas la espuma de un océano vibracional más profundo, Rayuela actúa como un campo de interposición poética. No se limita a narrar: superpone planos de la realidad, desliza dimensiones, abre pliegues de pura poesía en la experiencia como referente del lector. Cada fragmento funciona como una partícula y como una onda; es unidad autónoma y al mismo tiempo interferencia dentro de un tejido mayor. La lectura se vuelve entonces un fenómeno cuántico: el sentido no está fijo en el texto, sino que colapsa, o florece, en el acto mismo de leer… La poesía de interposición que vibra en Rayuela no consiste sólo en imágenes bellas ni en metáforas deslumbrantes, sino en la manera en que los niveles de la realidad se atraviesan sin anularse. Lo cotidiano y lo metafísico no están separados: coexisten como capas de una misma respiración. Una escena aparentemente trivial puede abrir de pronto un boquete hacia lo insondable, y una reflexión filosófica puede deshacerse en juego, en humor, en ligereza. Esta oscilación no es decorativa: es ontológica. El libro se comporta como el Tao: no afirma, no niega, no fija. Fluye entre los opuestos hasta que los opuestos dejan de serlo.

Leer a Rayuela es entrar en un espacio donde el lenguaje ha soltado la rigidez de la linealidad y se mueve como energía. Las palabras no sólo significan: vibran. Se rozan entre sí produciendo aquello que se basta en sus espejos de asombro. Hay frases que parecen escritas para decir algo, pero en realidad están ahí para abrir una puerta lateral en la conciencia del lector. Esa puerta no conduce a una respuesta, sino a una expansión. La poesía de interposición opera precisamente ahí: en el intervalo, en el entre, en ese hueco donde dos sentidos se superponen y generan un tercero que no estaba previsto. Desde esta visión, el libro no propone una historia, sino una experiencia de conciencia. Cada parte posee sentido propio, como una célula completa, pero al mismo tiempo se enlaza con las demás formando una red no jerárquica. No hay centro fijo. No hay periferia estable. Todo puede ser eje. Todo puede ser margen. Esta estructura recuerda la danza de las partículas en el vacío cuántico: parecen dispersas, pero están, como raíces de agua, sutilmente entrelazadas. Así también los fragmentos de Rayuela: se responden a distancia, se llaman sin tocarse, crean resonancias que el lector percibe más con la intuición que con la razón lógica.

La circularidad en Rayuela no es un juego formal, sino una afirmación profunda sobre la naturaleza del sentido. En lugar de conducir hacia una conclusión, el texto regresa, se repliega, se reabre. Como la respiración, en olas hacia sí misma. Como las estaciones y la mirada que cae hacia adentro. Como el pulso del universo. La lectura no avanza hacia el final: gira hacia una comprensión cada vez más ahondada, pero humana. Y en ese girar, el lector deja de ser espectador y se vuelve co-creador. La obra no está terminada en sus páginas; se completa y se transforma en cada conciencia que la recorre… Aquí la poesía ya no es ornamento del lenguaje, sino campo de probabilidades. El lector no recibe significados cerrados: recibe semillas de sentido. Cada fragmento es una invitación a construir multiversos interiores. La ambigüedad no es confusión, sino apertura. La discontinuidad no es ruptura, sino pulsación viva en su condición natural. La aparente dispersión es en realidad una forma más alta de coherencia, semejante a esas galaxias que desde lejos parecen polvo y desde cerca revelan una geometría misteriosa.

Julio Cortázar.

La interposición poética se manifiesta también en el modo en que este libro altera la percepción del tiempo. No se lee en pasado, presente o futuro, sino en un ahora expandido donde todo puede coexistir. Un recuerdo puede sentirse más real que un acontecimiento inmediato, y una reflexión puede modificar retroactivamente lo ya leído. El tiempo lineal se ondula, se curva, se pliega como un ocaso que despierta el día del otro lado. Esto no es fantasía: es experiencia estética llevada al límite. El texto se convierte en un laboratorio de conciencia donde el lector descubre que la realidad no es una línea recta, sino una red de instantes superpuestos.

Para la taocuántica, esta forma de escribir y de leer es un acto de desapego del sentido rígido. Se nos invita a soltar la necesidad de entenderlo todo, de atarlo todo, de concluirlo todo. En lugar de eso, se nos propone fluir con el texto como se fluye con el agua de un río que nunca es la misma y sin embargo siempre es río. La poesía de interposición es esa agua: transparente y profunda, suave y poderosa, capaz de erosionar las certezas más duras sin hacer ruido… Entonces, Rayuela sumerge al lector en un mundo que no es mágico por contener hechos extraordinarios, sino porque revela lo extraordinario en la textura misma de lo real. Lo cotidiano se vuelve umbral. Lo banal se vuelve símbolo. Lo fragmentario se vuelve totalidad dinámica. Esa es la verdadera alquimia poética: no escapar del mundo, sino verlo vibrar desde adentro, como si cada instante fuera la superficie visible de un misterio infinito… En este sentido, el libro actúa como un koan o acertijo del budismo zen (influido por el taoísmo) que puede romper el patrón habitual del pensamiento extendido, una pregunta que no busca respuesta conceptual, sino transformación perceptiva… Y, al cerrar sus páginas, si es que alguna vez se cierran, el lector no sale con una conclusión, sino con una sensibilidad alterada. Algo en la forma de mirar se ha desplazado. Algo en la relación con el lenguaje se ha suavizado. Algo en la idea de realidad se ha vuelto más porosa.

La poesía de interposición en Rayuela es, en última instancia, una pedagogía del asombro. Nos enseña a habitar el entre, a escuchar lo que vibra entre las palabras, a aceptar que el sentido más vivo no es el que se posee, sino el que se persigue sin atrapar. Como el Tao, que puede nombrarse pero no fijarse. Como la energía en la cuántica, que puede observarse pero no aislarse sin transformarla… Así, la obra se convierte en un espejo dinámico donde cada lector ve no sólo un texto, sino su propia conciencia en proceso de expansión. Y en esta, la poesía deja de ser literatura para volverse experiencia directa del Ser, juego cósmico de interposiciones, danza sin final donde leer es crear y crear es recordar que el universo entero está escrito en una lengua que sólo se comprende cuando se escucha con el corazón despierto.

Y es que la técnica que despliega Cortázar en Rayuela no es un mero artificio estructural, ni un juego posmoderno que busca deslumbrar por su rareza formal; es más bien, una estrategia ontológica. La fragmentación, el tablero de dirección, la irrupción de lo lúdico como método de lectura, el desmontaje del relato lineal, todo ello opera como una pedagogía del desacomodo: el lector no puede permanecer intacto. Cortázar fractura la continuidad para que por las grietas respire lo indecible; rompe la sintaxis de la costumbre para que el lenguaje vuelva a ser pregunta. La técnica no es adorno, sino umbral: obligada a saltar, a perder pie, a aceptar que el sentido no está dado, sino que acontece en el acto mismo de leer. Así, la novela se vuelve experiencia y no objeto; rito,  no mercancía; una rayuela dibujada en el suelo movedizo de la conciencia.

De manera que, el propósito último de esa arquitectura quebrada no es otro que conducirnos hacia una forma más despierta de estar en el mundo. En esa aparente dispersión late una voluntad de totalidad: desautomatizar la percepción para que la realidad vuelva a arder como enigma. Cortázar no quiere contar una historia, quiere que el lector participe en la búsqueda, que sienta en su propia respiración la intemperie de Oliveira, el temblor de La Maga, la nostalgia de una unidad perdida. La técnica es, entonces, un llamado: a saltar de casilla en casilla hasta comprender que el cielo no está al final del juego, sino en el salto mismo. Y allí, en esa suspensión, la novela se revela como acto poético que no explica el sentido: lo provoca.

Y es así: cuando cerramos Rayuela, no sentimos que hayamos terminado una novela, sino que hemos habitado una vivencia que nos ha desnudado la percepción: Julio Cortázar no quiso contarnos la vida de Horacio Oliveira ni la errancia de La Maga como quien dispone piezas en un tablero, sino desarticular el tablero mismo para que el lector quedara suspendido en la intemperie del sentido, obligado a mirar sin muletas, a sentir sin explicación. Lo poético en Rayuela no es un adorno ni un momento de lirismo aislado: es el método singular que dinamita la linealidad, que fractura el discurso lógico, que convierte cada fragmento en un atajo hacia una conciencia más íntima; allí la técnica, el capítulo prescindible, el orden alternativo, el salto, y la interrupción no es juego caprichoso, sino una ética de percepción, un llamado a romper la costra de lo habitual para que el lenguaje sea de nuevo revelación. Y así comprendemos que la verdadera rayuela no está en París ni en Buenos Aires, ni siquiera en el libro mismo, sino en ese salto interior que nos obliga a abandonar la casilla segura de la costumbre para caer, sin garantías, en la vibración poética del Ser, donde leer es despertar y la literatura se vuelve una forma de respiración lúcida, temblorosa, irrepetible.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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