¿Y si la Tierra estuviera tratando de decirnos "ya basta"? La pregunta no pretende atribuirle a nuestro planeta una conciencia humana ni convertir los fenómenos naturales en mensajes sobrenaturales. Propongo algo diferente. Preguntarnos qué significa aquello que está ocurriendo ante nuestros ojos. Desde mi enfoque cosmolingüístico, el lenguaje no se limita a las palabras. El universo está constituido por múltiples sistemas de significación, verbales y no verbales, y la naturaleza también se expresa mediante fenómenos que el ser humano puede interpretar.

Esta concepción guarda relación con la teoría de Gaia, que conocí con el profesor vasco Íñigo Garzacorta, quien fue mi profesor en el Máster en Filosofía para un Mundo Global de la Universidad del País Vasco, España, en marzo de 2017. James Lovelock planteó la hipótesis de Gaia para explicar la Tierra como un sistema complejo en el que los seres vivos interactúan con la atmósfera, los océanos, los suelos y otros componentes del planeta, contribuyendo a mantener condiciones favorables para la vida.

No necesitamos imaginar una Tierra humanizada para comprender la profundidad de esta idea. Basta con observarla. El bosque que desaparece, el río que pierde su caudal, el suelo que se erosiona, el acuífero que disminuye, las temperaturas que aumentan y las precipitaciones extremas que provocan inundaciones constituyen fenómenos que deberían obligarnos a revisar nuestra manera de habitar el planeta. La actividad humana ha contribuido de manera inequívoca al calentamiento de la atmósfera, el océano y la tierra, así como a la modificación de numerosos fenómenos climáticos extremos.

En una publicación sobre el uso responsable del agua y la salud de las cuencas hidrográficas en las comunidades donde existen centros de datos, que leí preocupado por los intensos calores que durante este verano están afectando a las islas del Caribe y, más concretamente, a la capital dominicana, encontré una información que debería interesarnos. Según esta fuente, el agua constituye un elemento importante en determinados sistemas de refrigeración de centros de datos, y las condiciones de las cuencas hidrográficas deben ser consideradas al decidir cómo refrigerar estas instalaciones.

La preocupación no es menor. Mientras reclamamos agua para beber, producir alimentos y sostener la vida, las tecnologías digitales que prometen transformar nuestras sociedades demandan cantidades crecientes de energía y, en determinados sistemas de refrigeración, también de agua. La expansión de la inteligencia artificial hace todavía más pertinente esta discusión.

Empero, parece que hemos aprendido a interpretar mejor las cifras del crecimiento económico que los signos de deterioro ambiental. Cuando se anuncia una explotación minera, hablamos de inversión, empleos y divisas. Cuando se tala un bosque para desarrollar determinada actividad económica, hablamos de expansión productiva. Cuando se construye una gran infraestructura tecnológica, hablamos de modernización. ¿Dónde queda, entonces, la pregunta por el agua, los bosques, los suelos y la biodiversidad?

No planteo rechazar la inversión, la tecnología ni la inteligencia artificial. Sería absurdo hacerlo. Planteo algo más elemental. Ningún proyecto económico debería evaluarse exclusivamente por los beneficios que produce, sino también por los costos que puede trasladar a la sociedad y a la naturaleza. El desarrollo que consume los recursos necesarios para sostener la vida termina contradiciendo su propio significado.

Desde la cosmolingüística, el planeta tiene un lenguaje porque se expresa. Sus signos no son palabras, sino fenómenos. Y quizá el problema de nuestra época no sea que la Tierra haya dejado de hablarnos, sino que nosotros hemos aprendido a escuchar únicamente aquello que produce ganancias.

La pregunta, por tanto, no es si debemos elegir entre desarrollo y naturaleza. La verdadera pregunta es mucho más incómoda. ¿Qué clase de desarrollo estamos dispuestos a construir si para producir riqueza necesitamos poner en riesgo aquello que hace posible la vida?

Gerardo Roa Ogando

Profesor universitario y escritor

Gerardo Roa Ogando es teórico del lenguaje y creador literario; miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y catedrático universitario. En la Universidad Autónoma de Santo (UASD) ha desempeñado las siguientes funciones gerenciales: coordinador de la Cátedra de Lingüística (2014-2018); director de la Escuela de Letras (2018-2022); decano de la Facultad de Humanidades (2022-2026) y, actualmente, vicerrector de Extensión (2026-2030). Sus aportes incluyen más de una decena de obras entre las que destacan una novela, cuentos, un poemario y cientos de ensayos. Se autoasume como un cosmolingüista porque más allá de describir la estructura del sistema lingüístico en frases y oraciones, su esfuerzo se ha centrado en el estudio del lenguaje, entendido como universo de universos comunicativos y no solo como capacidad de simbolización humana. Es genuino autor del neologismo "cosmolingüística", en varias de sus publicaciones, de las cuales las más notables son: Cosmolingüística: Discurso, ideología y cine (Isla Negra, 2022); La lengua del Fanerón: Un enfoque para el análisis del discurso (MESCYT, 2024) y decenas de artículos publicados en su columna Ciencias del lenguaje, de Acento.

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