En “Una introducción a la teoría literaria”, Terry Eagleton, para definir el concepto de literatura, parte del texto teórico del formalista ruso Víctor Shklovsky, El arte como artificio, de donde se desprendió un conjunto de teorías que daban preeminencia a la forma sobre el contenido. Sin embargo, la forma y el contenido en literatura como en todo arte son dos cosas indistintas imposibles de separar, lo mismo que la estructura y el material de una obra arquitectónica.
Eagleton dice que “hay quienes se quejan de que la teoría literaria es inasequiblemente esotérica y sospechan que se trata de un enclave arcano y elitista más o menos emparentado con la física nuclear”. Este tipo de teóricos, a mi parecer, son poetas del criterio propio, que consiguen articular un metapoema crítico y críptico.
El autor refiere que “hay estudiosos y críticos que protestan porque la teoría literaria “se interpone entre el lector y el libro”. Esto ocurre cuando la teoría se torna críptica, hermética y se hace más laberíntica que el propio libro, la obra, o porque está plagado de política ideológica que prejuicia y sesga y polariza. Al respecto dice Eagleton que “La hostilidad a lo teórico, por lo general, equivale a una oposición hacia las teorías de los demás y al olvido de las propias”. Esto último es parte de lo que se propone analizar el autor en este texto.
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¿Qué es la literatura para Eagleton?
Es más que obra de imaginación. Para definirla no basta con distinguir entre “hecho y ficción”, entre lo objetivo y lo subjetivo.
Según los formalistas, la literatura consiste en una forma de escribir, en la cual “se violenta organizadamente al lenguaje ordinario” (extrañamiento), en que se aleja sistemáticamente de la forma en que se habla en la vida diaria. Igualmente, la “literariedad” contaría con la presencia, en el texto, de ficcionalidad, función poética, figuras retóricas y polivalencia.
Para los formalistas la “literatura no era una seudo religión, psicología o sociología, sino una organización especial del lenguaje”. Considero que no especial, sino particular. Para los formalistas “la obra literaria no era vehículo ideológico ni reflejo de la realidad social ni encarnación de alguna verdad trascendental, sino un hecho material que podía estudiarse como a una máquina”. No obstante, la obra literaria sí es vehículo de todo lo que ella encierra y a lo que alude, tanto de la realidad social como de la subjetividad de quien la realiza con sentido estético. La obra siempre posee, explícita o implícitamente, una ideología o varias a la vez.
Nadie puede escribir ni leer una obra por otro, cada acto escritural y lectural es particular en el tiempo, pese al interés homogeneizante del poder a través de la academia, escuela y demás aparatos ideológicos de dominación.
Los formalistas, al sólo tratar el asunto formal de la obra, las estructuras de la lengua y dejar a un lado al contenido, incurrían en la visión miope, tuerta de la crítica. Si bien es cierto que el concepto de desautomatización sirvió para enriquecer la práctica estética en el uso de la lengua, no menos cierto es que no tomaron en cuenta que el contenido da tanto sentido a la forma como esta al contenido y que resultan indisolubles, inseparables en la obra.
Al ver a la lengua literaria “como un conjunto de desviaciones de una norma, como una especie de violencia lingüística”, los formalistas no repararon en el hecho de que tales desviaciones o desautomatizaciones con el desarrollo dialéctico de la historia y las culturas se convierten en normas también. De manera que los formalistas incurrieron en el error histórico de definir a lo literario y su estudio mediante concepción homogeneizante y, si se quiere, estática, fija, cuando en verdad lo estético literario cambia de tiempo en tiempo, de cultura en cultura, de lector en lector, de escritor en escritor. La “rarefacción” de lo literario puede ser lo normal, la norma, la automatización en una época determinada, al igual que no en otro tiempo.
La “rarificación” literaria no reside en la lengua en sí, sino en el sujeto que la escribe, en la subjetividad que la opera y que se traslada a la lengua. La subjetividad es lo propio de la escritura-lectura, pese a la racionalidad lógica que pretende el estudio formalista. Es mucho más que eso. Por tanto, un texto puede ser estudiado como una máquina, pero al mismo tiempo hay dimensiones, en su forma-contenido que se escapan a esa objetividad racionalista.
Eagleton establece que aun en su tratamiento no pragmático no puede definirse a la literatura objetivamente, por lo cual “se deja la definición de literatura a la forma en que alguien decide leer”. Esto es la mitad de lo cierto. La otra mitad sería la forma en que el autor decide escribir.
Aunque “los juicios de valor tienen ciertamente mucho que ver con lo que se juzga por literatura”, “podemos abandonar de una vez por todas la ilusión de que la categoría literatura es objetiva, en el sentido de ser algo inmutable, dado para toda la eternidad”. La historia de la literatura ha demostrado que “el valor es un término transitorio”. La literatura es categoría subjetiva, producto del cerebro paradójico, dialéctico, contraléctico, dinámico y complejo del ser humano, incluso inacabado. De ahí que la definición de literatura, pese a todo lo escrito, no esté acabada. Cada obra de estética novedosa viene a amplificar, a reconsiderar al concepto mismo de literatura.
Por último, en la introducción del libro, Eagleton recurre a su propio concepto de ideología (“las formas en que lo que decimos y creemos se conecta con la estructura de poder o con las relaciones de poder en la sociedad en la cual vivimos”) para definir el de literatura. Sostiene que hay valoraciones conscientes e inconscientes de lo que es la literatura. Estoy de acuerdo con él. Tanto lo objetivo como lo subjetivo, en el entramado ideológico de sostenimiento y reproducción del poder social, son de igual importancia para definir a la literatura.
Dice Eagleton: “Si no se puede considerar a la literatura como categoría descriptiva “objetiva”, tampoco puede decirse que la literatura no pasa de ser lo que la gente caprichosamente decide llamar literatura. Dichos juicios de valor no tienen nada de caprichosos. Tienen raíces en hondas estructuras de persuasión al parecer tan inconmovibles como el edificio Empire State”. Hondas raíces ideológicas, históricas, psicológicas, culturales.
Jesús G. Maestro, en su “Crítica de la razón literaria” sostiene que Eagleton no sabe lo que es literatura, lo cual no es cierto. Para mí Maestro propone leer a la literatura bajo la imposición de su sesgo ideológico del materialismo filosófico, lo cual mata a la operante subjetividad del lector-escritor. El sesgo ideológico-literario de Maestro resulta limitado respecto al de Eagleton. La literatura constituye infinito complejo de interacción entre lo material y lo ideal, lo objetivo y lo subjetivo, en que forma y contenido son indisolubles, una misma indistinta cosa.
Cuando, según Eagleton, “la "literatura" puede referirse, en todo caso, tanto a lo que la gente hace con lo escrito como a lo que lo escrito hace con la gente”, está en lo cierto. La acción moldeadora entre el lector y lo escrito es continuamente mutua en cada época histórica.
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Del artificio al partificio
Partificio, concepto nuestro, consistiría en la elaboración de la obra de arte tomando parte tanto por la desautomatización como por la automatización, pero siempre en forma-sentido no sólo estético, sino también ideológico. Es una respuesta a la formulación de Víctor Shklovsky, quien proponía la desautomatización como “estética revolucionaria”, la cual a su vez fue refrenada por el triste realismo socialista, que no fue más que una re-automatización estética del arte a favor de la ideología del oficialismo opresor y represivo de la libertad artística y crítica.

Víctor Shklovsk
La rarificación de Shklovsky se da entre el yo y el otro, entre lo familiar del yo y la otredad, en que lo extraño será o dejará de serlo en la medida en que la alteridad cultural y personal se acepta o no.
¿Acaso no serían los primeros textos literarios de la historia una forma de desautomatizar la cruda realidad de la muerte, y hoy, en que la realidad supera en ficción a la propia ficción, haya una inversión de tales fenómenos, que la mitología como alcance humano limitado de su imaginación, sea una constante automatización histórica de los textos literarios? Así, vemos que todo ese idealismo trata de ser desautomatizado por otra reautomatización como la del realismo socialista, en donde el ideal, la utopía no está menos lejos que en los antiguos órdenes sociales y culturales.
Matar la individualidad (y con ello la subjetividad) en arte, como en todo ejercicio humano, es crimen tan grande como matar a la misma sociabilidad de todo lo que realiza el ser. Tal práctica, sin duda, es ideológica, y acuña un fin ideológico, confeso o no. En esa particularidad del sujeto, en esa subjetividad reside toda desautomatización, que no es más que la respuesta de la otredad a la histórica automatización literaria de la historia.
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