El ejercicio de una ciudadanía plena es difícil pensarla y mucho menos, promoverla, en ausencia de lo que supone e implica leer, y leer, de manera comprensiva. Una ciudadanía no lectora, corre el riesgo de vivir en la barbarie. De ahí, que apostar por una sociedad lectora es una necesidad estratégica para el desarrollo.
Y es que más que una habilidad técnica, leer y comprender lo leído, supone interpretar, cuestionar, imaginar y construir sentidos. En un mundo marcado por la sobreabundancia de información, leer y comprender lo que se lee, se erige en una característica esencial para el ejercicio de una ciudadanía plena.
Por tanto, no es un lujo cultural apostar por una sociedad lectora, es una necesidad estratégica de desarrollo y la construcción de ciudadanía responsable. Hablemos entonces de la lectura como política pública y agenda fundamental de desarrollo.
La lectura como política pública
Convertir la lectura en un eje central de las políticas públicas exige superar enfoques fragmentados y apostar por una visión integral. No basta con repartir libros o ampliar bibliotecas; se trata de articular un ecosistema donde la lectura esté presente en la escuela, la familia, los medios de comunicación y los espacios comunitarios.
Debemos reconocer la lectura como un derecho cultural, lo que supone y obliga, garantizar el acceso equitativo a materiales de calidad, promover la producción editorial local y fomentar la diversidad de voces. De igual manera, requiere una coordinación efectiva entre los ministerios de Educación, Cultura y las autoridades locales, evitando duplicidades y asegurando la continuidad en las iniciativas.
Un país lector es una mayor garantía del conocimiento y asunción de deberes y derechos ciudadanos. Es la vía idónea para la construcción de identidad social, haciendo posible la comprensión de su historia, su presente y porvenir como pueblo.
La familia, pilar fundamental del inicio de la lectura.
La familia debe constituirse en el punto de partida natural para la formación de ciudadanos lectores y la escuela su continuidad. Y es que el proceso lector empieza mucho antes de aprender el abecedario, a través de la tradición oral, el arrullo materno-paterno, el canto para el descanso y dormir, el ejemplo.
Con sus primeros balbuceos, las niñas y los niños inician a explorar su entorno, generando en quienes les rodean el asombro y la sonrisa, el gozo por la nueva vida en cierne, el desarrollo de sensaciones y sentimientos posteriores, de apego y cariño, de amor filial y ternura.
Sus primeras palabras nacen de ese contacto tierno como respuesta no solo de la satisfacción de sus necesidades básicas, de por sí importantes para la vida, sino también del desarrollo emocional que se va conjugando del pecho que amamanta y ofrece cobijo y protección.
Cuando el padre o la madre lee para el niño o la niña, se constituyen en el puente entre ellos y el texto; abren el camino del aprecio y regocijo del contar historia, reales o ficticias, pero todas ellas llenas de vida, de gozo, de florecimiento cerebral y el ensanchamiento de las primeras experiencias vividas.
El hogar es un espacio decisivo para la formación de hábitos. Numerosos estudios coinciden en que los niños que crecen en entornos donde se valoran los libros tienen más probabilidades de desarrollar competencias lectoras sólidas. Por esa razón, las políticas deben incluir:
- Programas de alfabetización familiar.
- Campañas de sensibilización sobre la importancia de leer en casa.
- Distribución de libros en contextos vulnerables.
- Espacios comunitarios de lectura, entre otros.
Leer en familia no solo mejora el rendimiento académico, sino que fortalece vínculos afectivos y promueve el pensamiento crítico. En esa perspectiva, la escuela deberá jugar un rol clave.
El rol de la escuela: más allá del currículo
La escuela debe permitir la continuidad por el aprecio de contar y luego leer historias. Para muchos niños y niñas, se convierte en el punto de partida natural para la formación lectora. De ahí que para que la escuela cumpla con su función de continuidad o inicio de la vida lectora deberá:
- Formar y desarrollar docentes lectores, capaces de transmitir el placer por la lectura y no solo su utilidad académica.
- Diversificar los textos, incorporando literatura contemporánea, autores locales tanto en formatos de papel como digitales.
- Crear espacios de lectura libre, donde los estudiantes elijan qué leer, promoviendo la autonomía.
- Posibilitar que de la lectura nazcan otras maneras distintas de expresar la comprensión de lo leído a través de la danza, el teatro y las artes plásticas.
La lectura debe dejar de percibirse como tarea y convertirse en experiencia, en disfrute y placer de conocer. Para ello, es clave integrar metodologías activas, clubs de lectura y proyectos interdisciplinarios. La escuela toda, en las aulas, sus pasillos, sus murales, en fin, en todas sus actividades, la lectura es el propósito.
Bibliotecas como centros culturales vivos
Las bibliotecas, tanto escolares como públicas, tienen el potencial de ser auténticos motores de desarrollo de la comunidad. Sin embargo, esto requiere repensarlas como espacios dinámicos, abiertos y participativos. Algunas estrategias deberían ser:
- Programas permanentes de animación a la lectura.
- Integración de tecnología (bibliotecas digitales, audiolibros).
- Actividades culturales (talleres, encuentros con autores, narración oral).
- Horarios ampliados y servicios inclusivos.
Una biblioteca viva no es solo un lugar donde se almacenan libros, sino donde se construyen y narran historias colectivas.
Medios, redes y tecnologías: aliados estratégicos
Lejos de ser enemigos del libro, los medios digitales pueden convertirse en aliados clave para fomentar la lectura. La política debe sumar las plataformas digitales, redes sociales y aplicaciones móviles que permitan el acceso a una gran variedad de contenidos y formatos.
Las estrategias deben aprovechar estos recursos para:
- Promover campañas de lectura en redes sociales.
- Impulsar bibliotecas digitales de acceso abierto.
- Fomentar la creación de contenido lector (reseñas, podcasts, blogs).
- Integrar la lectura en entornos multimedia.
La clave está en conectar la lectura con los hábitos actuales, especialmente de los jóvenes.
Una agenda de país
Conozco de varias iniciativas comprometidas con el desarrollo de la lectura en el país de naturaleza personal, pero construir una sociedad lectora requiere una visión a largo plazo y un compromiso sostenido. Algunas líneas de acción prioritarias incluyen:
- Diseñar un Plan Nacional de Lectura con metas claras y evaluables.
- Aumentar la inversión en bibliotecas y producción editorial.
- Incentivar alianzas público-privadas, apoyando la inversión en librerías.
- Medir de manera periódica los hábitos de lectura.
- Reconocer y apoyar iniciativas comunitarias.
La lectura no se impone: se cultiva. Y ese cultivo requiere políticas coherentes, estrategias innovadoras y, sobre todo, voluntad colectiva.
Concluyo señalando que una sociedad lectora es más democrática, más crítica y creativa. Apostar por la lectura es apostar por ciudadanos capaces de comprender el mundo y transformarlo. En un contexto donde la información abunda, pero la comprensión escasea, la lectura se convierte en un acto de resistencia y de construcción de futuro.
¿Estamos dispuestos a asumirlo como una prioridad nacional?
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