La versión escrita es circunstancial, no esencial para la existencia de las lenguas. Consiste en una transposición de la realidad desde la esfera acústico-auditiva de los sonidos al ámbito gráfico-visual de las letras.
Desde la perspectiva fonética, es decir, en la lengua hablada, la afirmación de que las palabras se las lleva el viento es literalmente cierta. Por estar formadas de sonidos, las palabras se desvanecen al momento de ser pronunciadas, porque las ondas sonoras se diluyen en la atmósfera. Constituyen un objeto que ‘vuela’, que se esfuma en el aire, desaparece y deja de existir a los pocos instantes de haber sido originado. Así, es completamente lógico que desde antiguo se hayan buscado formas de representación gráfica con el fin de fijar o de darles permanencia a las palabras. Por eso, la humanidad tiene ahora la posibilidad de conocer, a través de la lectura, la Ilíada, Don Quijote, la Biblia, y se hacen posibles las operaciones comerciales, se facilitan las relaciones sociales, etc.
Existen dos sistemas fundamentales de escritura. Uno es ideográfico. En él se representa la idea por medio de un signo único, una imagen o un dibujo llamado ideograma, que es ajeno a los sonidos que componen la palabra y puede simbolizar una o más palabras. El otro es la escritura fonética, que busca representar uno a uno los segmentos fónicos que forman las palabras. Cuando con este sistema se intenta reproducir las sílabas, la escritura se llama silábica; si se representan los fonemas, se llama alfabética. En este caso, se utiliza un conjunto de símbolos gráficos llamado alfabeto, porque sus primeras dos letras en griego son α (alfa) y β (beta). La mayoría de las lenguas europeas, como el francés, el español, el inglés o el alemán utilizan el denominado alfabeto latino.
Las lenguas son, en esencia, instrumentos orales de comunicación. Constituyen sistemas que utilizan el sonido como medio natural para la transmisión de la información.
El enunciado anterior resulta evidente. Sin embargo, no está de más recordar que los niños adquieren las habilidades fundamentales de expresión oral de manera espontánea, sin necesidad de enseñanza formal, a diferencia de lo que requiere el aprendizaje de las destrezas ortográficas. Asimismo, no existen lenguas que no se actualicen o no puedan manifestarse verbalmente. Esto, naturalmente, certifica la oralidad como un rasgo esencial de toda lengua.
La escritura, por su parte, es una representación necesariamente arbitraria y contingente, vaga e indirecta de la realidad hablada, que está situada en un plano distinto, el visual. Aparte de que hay lenguas carentes de escritura, muchos hablantes de español, de portugués o de inglés, por ejemplo, no saben leer ni escribir. Se puede decir, entonces, que la versión escrita es circunstancial, no esencial para la existencia de las lenguas. Consiste en una transposición de la realidad desde la esfera acústico-auditiva de los sonidos al ámbito gráfico-visual de las letras. Y, sin duda, esta asimetría o falta de correspondencia entre la ortografía y el hecho fonético a veces conduce a confusiones y a falsas interpretaciones de la realidad lingüística.
Con este telón de fondo de la inadecuación o falta de correlación entre ambas realidades (oralidad y escritura), se facilita la explicación de la aparente paradoja contenida en la broma de que ‘todo junto’ se escribe separado y ‘separado’ se escribe todo junto. Como se sabe, desde el punto de vista ortográfico, una palabra consiste en una sucesión de letras precedida y seguida por espacios en blanco. De acuerdo con esto, en la secuencia ‘sin embargo’ hay dos palabras, pero en ‘cuéntaselo’, solo una, en flagrante contradicción con la noción estrictamente lingüística de lo que es una palabra desde la perspectiva morfológica, sintáctica o semántica.
En el primer caso, se trata de lo que tradicionalmente se llama locución adverbial, es decir, una ‘combinación fija de palabras que funciona como una sola pieza léxica con un sentido unitario y cierto grado de fijación formal’. Entre las unidades gráficas ‘sin’ y ‘embargo’, no es posible intercalar nada, porque ambas son formantes inseparables de una sola entidad léxica (‘sin embargo’), que funciona sintáctica y semánticamente como un adverbio o, en términos más precisos, como un ‘conector discursivo adverbial adversativo’, similar a ‘no obstante’ o a ‘ahora bien’. Otros tipos de conectores, diferentes semánticamente al ejemplo anterior, son: ‘de hecho’, ‘en realidad’ (aditivos o de precisión); ‘es decir’ (explicativo); ‘por consiguiente’ (consecutivo).
Por su parte, en el segundo caso, es fácil advertir que, por una arbitrariedad histórica de la ortografía española, aparecen juntas tres palabras: cuenta (verbo), se y lo (formas pronominales). Si las mismas variantes pronominales aparecieran situadas delante del verbo, se escribirían por separado: ‘Ella se lo cuenta cada vez que se reúnen’.
En la pronunciación, desde la perspectiva fonética, la entidad gráfica llamada palabra se diluye, a menudo, y no guarda correspondencia o correlación con la realidad oral. Por ejemplo, si una persona pronuncia la cadena [lasálas], resulta imposible para un oyente saber con criterio exclusivamente fonético si las palabras que forman esa secuencia son ‘las alas’ (artículo / sustantivo), ‘las salas’ (artículo / sustantivo), o ‘la salas’ (pronombre / verbo). Se hace necesario recurrir al sentido, a través del contexto sintáctico o semántico, para descubrir los límites entre una palabra y la otra. Asimismo, un hispanohablante que escucha la serie de sonidos [eléčo] no sabe si se trata de una o de dos palabras, ‘helecho’ o ‘el hecho’, hasta que no descubre su contenido dentro del contexto oracional donde se encuentra. Lo mismo sucede con [lasáβes], que podría ser tanto ‘la sabes’, como ‘las aves’; [eláδo], válido para ‘helado’ y ‘el hado’; [laβeníδa], forma fonética que corresponde tanto a ‘la avenida’ como a ‘la venida’.
En español, igual que en otras lenguas, las palabras se enlazan íntimamente en la cadena hablada. Por eso, con frecuencia, una se adhiere a la siguiente y forman una entidad fonética nueva en cuyo interior desaparecen los límites originales de las palabras. Así, las fronteras léxicas dejan de coincidir con los límites silábicos. Es el caso de enunciados como las orejas, los ojos, que se pronuncian unidos ([lasoréhas], [losóhos]), creando las auténticas sílabas [la.so.ré.has], [lo.só.hos]. En determinadas circunstancias, este enlace tan estrecho provoca que la [s] final del artículo se interprete como inicial del sustantivo siguiente, lo que explica la aparición, sobre todo en el habla infantil, de las expresiones ‘un sojo’, por ‘un ojo’; ‘suña’, por ‘uña’; o la forma ultracorrecta ‘eja’, por ‘ceja’, inducida por la creencia de que la /s/ interior de [laséhas] (las cejas) corresponde solo al artículo las. Estos datos permiten afirmar que la palabra no es una unidad fonética y que la pronunciación visibiliza y pone en evidencia la inadecuación entre la ortografía y la realidad oral.
No hay que olvidar, a propósito de estos asuntos, que incluso la Real Academia Española, en su Diccionario (DLE), adopta una posición tolerante (o ambivalente) y registra dos opciones ortográficas para la misma unidad léxica en casos como estos: arcoíris y arco iris, enseguida y en seguida, malhumor y mal humor, medianoche y media noche.
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