Durante los últimos meses, la ciudad de Santiago pudo tener lo que generaciones habían anhelado: un mar.

El milagro se lo debemos al artista visual Persio Checo, quien extendió su maritorio fantástico por los salones del Centro Cultural Banreservas Santiago, mediante la exposición Orgánico y desenfadado, una muestra que reafirma la madurez de una carrera de más de cuatro décadas, con la consultoría cultural de Abil Peralta Agüero y la curaduría y museografía de Guadalupe Casasnovas.

Hemos dicho maritorio porque el universo plástico de Persio Checo no se comprende únicamente desde el paisaje marino. El concepto, que vincula mar y territorio, permite reconocer los espacios costeros como escenarios de relaciones culturales, experiencias humanas y construcción de memoria. En su obra, el mar deja de ser una extensión de agua para convertirse en espacio de la imaginación.

Nacido en Río San Juan en 1958, formado en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en Arquitectura en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Checo ha desarrollado una trayectoria con presencia expositiva en ciudades como Río de Janeiro, París, Segovia, Madrid y Nueva York, así como en Andorra, además de ampliar su formación artística en Brasil y España. Integrante destacado de la Generación de los Ochenta, ha construido buena parte de su lenguaje artístico desde un vínculo persistente con la naturaleza. Su experiencia del litoral trasciende la contemplación del paisaje. Allí encuentra organismos, texturas y vestigios que después convierte en imágenes de una realidad distinta, situada entre lo reconocible y lo fantástico.

Trilogia, 2026. Obra de Persio Checo.

Abil Peralta Agüero lo ha definido como “un artista de mar, aire y tierra”, una observación que permite reconocer el origen territorial de su imaginario, aunque su producción trasciende la representación de ese entorno. Checo transforma esas vivencias en un cosmos de criaturas, símbolos y asociaciones que adquieren autonomía.

En su obra, lo marino es discurso y destino.

En algunas de sus composiciones, las formas parecen proceder de una arqueología imaginaria del océano. Organismos que recuerdan fósiles, animales de anatomía incierta y estructuras vegetales insospechadas participan de un universo donde resulta difícil establecer fronteras entre lo que vive, lo que alguna vez estuvo vivo y aquello que solamente existe en la imaginación del artista.

Checo no reproduce la naturaleza: la reorganiza mediante asociaciones libres, deformaciones y encuentros inesperados. La materia orgánica se convierte en una fuente de posibilidades formales y el paisaje termina transformado en un repertorio simbólico.

En Trilogía (técnica mixta sobre madera, 2026), tres estructuras que recuerdan retablos albergan corazones anatómicos, animales, vestigios óseos y figuras imaginarias. Desde un fondo azul plateado emergen cuerpos femeninos de una desnudez más simbólica que erótica, integrados en una composición donde la vida y la muerte parecen encontrarse. Como si la mar fuese una dama caprichosa que guarda corazones y recuerdos para devolverlos transformados en criaturas y signos surgidos de sus profundidades.

La figura femenina, aquí alejada de una representación convencional de la sensualidad, forma parte de su alfabeto plástico desde Magenta, su primera exposición individual, presentada en 1983 en la Galería de Arte Paiewonsky. Es mujer en pasarela, mujer en el paisaje, mujer que posa su existencia sobre colores vibrantes o emerge de los arrecifes de la costa, acaso a la espera de las olas que traen consigo un carnaval de pueblo y de mar en el que Checo ha dejado profundas huellas de identidad.

Bosque de corales, 2025. Obra de Persio Checo.

Su lenguaje establece relaciones con el surrealismo, pero incorpora también una expresividad cercana a la neofiguración y a determinadas manifestaciones del arte popular caribeño. En sus pinturas aparecen rostros de apariencia totémica, animales imaginarios y siluetas antropomorfas construidas mediante contornos definidos, colores contrastantes y alteraciones deliberadas de la anatomía.

Los cráneos y restos óseos remiten también a experiencias de infancia. El propio artista ha recordado las consecuencias de las sequías que provocaban la muerte del ganado de su padre. Aquellos vestigios de una naturaleza vulnerable encuentran una nueva existencia en sus composiciones, donde conviven con seres fantásticos y elementos de apariencia carnavalesca.

Sería insuficiente identificar esta producción con una ingenuidad formal, pues la simplificación de las figuras responde a una decisión expresiva. Allí radica lo desenfadado: en esa libertad de alterar las formas reconocibles, combinar lo humano y lo animal y construir imágenes que obedecen a las reglas de su propio universo.

Otro aspecto singular aparece en la relación entre las pinturas y sus marcos ornamentados. En determinadas piezas, las estructuras de madera, intervenidas con patrones geométricos y colores intensos, dejan de actuar como elementos secundarios. La ornamentación prolonga el espacio pictórico, introduce ritmos visuales y convierte el conjunto en un objeto de presencia casi escultórica.

Guadalupe Casasnovas ha descrito estos retablos como “verdaderos altares de la memoria”, una expresión que remite a la arquitectura vernácula. En algunas piezas, los elementos calados evocan los tragaluces y ornamentos de nuestras casas patrimoniales. Checo incorpora estas referencias a su lenguaje plástico y hace que el soporte participe activamente en la construcción de significados.

El marco ya no establece solamente dónde termina la pintura. Participa de ella. Esta expansión encuentra correspondencia en las esculturas y en la experimentación con materiales que recorre su trayectoria. Pintura, objeto y volumen forman parte de una búsqueda en la que las posibilidades de la materia resultan tan importantes como las imágenes representadas.

La exuberancia cromática y ornamental, uno de los rasgos más visibles de estas obras, plantea también una tensión. La acumulación de signos puede competir con el elemento central y exigir al espectador una mirada detenida. Pero esa misma densidad contribuye a construir un espacio donde la abundancia, la transformación y el desbordamiento parecen formar parte de una misma voluntad creadora.

Esta pasión por el detalle adquiere otra dimensión en Bosque de corales (2025), conjunto escultórico realizado con base metálica y papel maché. Sus estructuras verticales, formas ramificadas y colores intensos sugieren organismos submarinos que parecen haber abandonado las profundidades para conquistar la sala. Reunidas, las esculturas construyen un ambiente marino imaginario, donde cada pieza conserva su individualidad y participa de un mismo ecosistema visual.

Ese interés por la experimentación material no es reciente. El Persio de Orgánico y desenfadado es también el de las instalaciones y las participaciones en bienales nacionales, donde su producción ha incorporado preocupaciones sociales y políticas. Entre esas exploraciones destaca La vaca sagrada, una obra realizada con madera, plywood y yeso sobre tela, cuya carga crítica llevó a Humberto Soto Ricart a sugerir, con ironía, que no había obtenido el primer premio precisamente por las “vacas sagradas”.

Otra dimensión de su recorrido aparece en Abriendo puertas, instalación presentada en la XXII Bienal Nacional de Artes Visuales de 2003. El intimismo señalado por la crítica Sara Hermann encuentra expresión en unas muñecas infantiles, negras y de trapo, que parecen jugar detrás de puertas de madera. Reaparece allí la figura femenina, ahora desde la infancia, con trenzas de un magenta electrizante. Las niñas juegan, pero no sonríen. Sus rostros sugieren asombro, quizás ante una amenaza, mientras la ausencia de movimiento introduce una inquietud que contrasta con la apariencia lúdica del conjunto.

Estas experiencias permiten reconocer una trayectoria que no se ha limitado a una corriente ni a una técnica. La exploración de materiales, la incorporación del objeto y las referencias a la memoria personal y colectiva han acompañado una búsqueda en la que lo orgánico convive con lo simbólico y lo social.

En Orgánico y desenfadado, la selección de obras reunidas en el Centro Cultural Banreservas Santiago y creadas entre 2022 y 2026 permitió apreciar las permanencias y variaciones de una voz que no ha abandonado sus vínculos con el terruño natal.

Quizás allí resida una de las particularidades de su propuesta: transfigurar la naturaleza conocida en una naturaleza posible. En ese maritorio fantástico, el territorio se hace imaginación y encuentra otra manera de permanecer.

Durante unos meses, Santiago también tuvo ese mar.

Persio Checo.

Luis Córdova

Escritor y cronista cultural

Luis Córdova. Escritor y cronista cultural. Adivinador del pasado y cartografista de futuros. Poseo la fórmula de engordar sin casi comer. Gozo de paz sin hacer yoga. Vivo en el lugar donde nací. Confío en el prójimo y voto en las elecciones. Insisto en ser gestor cultural. Escribo desde el interior de la isla sobre artes visuales, literatura, patrimonio, identidad cultural y otras intromisiones.

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