Presentar un libro siempre tiene algo de intromisión, por más cuidado que uno ponga. Es entrar en una casa levantada por otra persona con sus palabras, caminar por sus habitaciones, abrir alguna ventana y luego contar lo visto sin mover demasiado los muebles. A veces la visita es rápida. Ángel terreno, de Daniela Cruz Gil, pide lo contrario: quedarse un rato en su penumbra, dejar que los ojos se acostumbren y aceptar que no todas las puertas conducen a una respuesta.
Publicado por Huerga y Fierro Editores, el libro reúne fragmentos numerados que pueden leerse como poemas en prosa, páginas de un diario íntimo o anotaciones de una larga vigilia. Cada texto conserva cierta independencia, aunque todos respiran el mismo aire. Por ellos pasan la espera, el deseo, el miedo, la distancia y esa soledad tan particular de sentir demasiado cerca lo que no podemos alcanzar. La propia voz llama al conjunto «esta vigilia fragmentada».
Daniela Cruz Gil nació en Santiago en 1984 y su poesía pertenece a un mapa literario dominicano que no termina en Santo Domingo. Ese origen no explica el libro, pero ayuda a entender su relación con la ciudad y la vida diaria. En Daniela coinciden la poeta y la periodista: una convierte lo vivido en imagen; la otra registra los trayectos y los pequeños sucesos.
La ciudad no aparece como simple decorado. Se acerca y se aleja, seduce y expulsa. La voz sigue «idealizando esa ciudad que me excluye y me restriega su lejanía», camina entre «los mismos huecos vacíos de promesa» y llega a «la misma esquina de dudosa reputación». Hasta la calle 30 de Marzo entra en la geografía sentimental del libro. Daniela retomará ese conflicto en La ciudad no será nuestra, pero ya aquí la intimidad se mezcla con el ruido de la calle y el cuerpo busca dónde ponerse a salvo.
Ángel terreno conversa de manera natural con una tradición de poesía escrita por mujeres. Pienso en Aída Cartagena Portalatín y en Una mujer está sola, donde la soledad sirve para que una mujer se mire y trate de reconocerse fuera de las definiciones impuestas por otros. En el poema que abre el libro, Daniela admite sentir «un pavor oscuro de ser infantilmente mujer». Poco después pregunta: «No sé qué soy. Una tumba de agua, pálpito de pez o una nube que llueve». Aquí no habla solamente alguien herido por un amor incierto. Habla una mujer que todavía busca el nombre de su propia voz.
De la libertad imaginativa de la Poesía Sorprendida parecen venir algunas tumbas de agua, ángeles desalados y voces que se escapan por los dedos. Daniela baja esas imágenes a la vida diaria. Sus ángeles toman café, cargan bolsos, se enferman y faltan algunos miércoles. Lo extraño sucede entre el tránsito, la humedad y los periódicos viejos. Hasta el día aparece lastimado: «El día cojea frente a mi puerta».
También se escucha un diálogo con Soledad Álvarez. En libros como Las estaciones íntimas y Autobiografía en el agua, el cuerpo, el deseo y la memoria se mezclan con el territorio antillano. Algo parecido ocurre aquí. El agua no rodea a la mujer: la constituye. La voz puede ser tumba, pez, nube, río, lluvia o mar. En Daniela, sin embargo, el cuerpo aparece más nervioso y quebrado. No contempla la experiencia desde lejos; la padece, la suda, tiembla con ella y termina volviéndola tinta.
Yo diría que Ángel terreno pasa por varios caminos: el poema en prosa, el diario lírico, la escritura fragmentaria y cierta herencia postsurrealista. No se queda del todo en ninguno. Lo que amarra el libro es una mujer que escribe para entender lo que le pasa. Desde las primeras páginas busca el azul en los charcos, su propia alma, el nombre de su voz y aquello que el ángel terreno esconde en las manos. El recorrido avanza, retrocede y vuelve sobre sus pasos. Así trabajan la memoria y el deseo.
El ángel nunca termina de definirse. Puede ser un hombre, un amante, un compañero de palabras, una ausencia o una invención del deseo. Tiene alas y huesos; viene del cielo, pero lleva tierra en las manos. En uno de los poemas, la voz se pregunta si todavía conserva bien las alas o si fue ella quien se las dibujó por miedo a volar. Ahí aparece la tensión principal del libro: las ganas de elevarse y el peso inevitable del cuerpo.
La mujer no teme únicamente perder al ángel. Le asusta descubrir que también tiene alas. «Me da miedo volar», confiesa. Teme que le nazcan para después desplumarse, que alguien se las corte o que al ángel no le guste «el tono de mi vuelo». La imagen habla del miedo a amar, pero también del susto que produce asumir la propia libertad. Desde el comienzo, la voz reconoce que «el don de las alas solo se me dio en las palabras y los sueños». Escribir será su primera manera de aprender a volar.
En este libro el cuerpo pesa de verdad. Respira, tiembla, suda, se enferma y recuerda. Las costillas esconden tierra, los dedos cargan palabras y el pecho guarda incendios. La escritura avanza de la misma manera: una imagen llama a otra antes de que la anterior se apague. Agua, fuego, alas, tinta y silencio regresan con sentidos distintos. Con ellos Daniela arma una mitología privada para decir lo que el habla cotidiana no alcanza a explicar.
Por suerte, la voz sabe apartarse por momentos de su propia gravedad. Pregunta «¿existirán talleres reparadores de alas?» y llega a decir que «la ausencia es una rutina con horario laboral y vacaciones pagadas». Esos gestos alivian la intensidad y vuelven más cercana a la mujer que habla. Incluso en medio del dolor, todavía puede mirarse con algo de ironía.
La escritura ocupa entonces el centro del libro. La voz teme perder las palabras, pero sabe que son su posibilidad de vuelo. En uno de los pasajes más intensos afirma: «mis dedos no callarán hasta que mi cuerpo viaje por los caminos del asombro». Más adelante, después de haber perdido el lenguaje, encuentra un murmullo y reconoce: «Mi voz, el camino por donde volverán alguna vez las palabras». La salida no llega de la mano del ángel. Empieza cuando ella recupera su propia voz.
Ese cambio es el verdadero recorrido de Ángel terreno. Al principio, la mujer busca en el otro la llave, la luz y el permiso para volar. Cerca del final descubre que el ángel «no tiene halo, ni túnica blanca» y que sus alas eran apenas «reflejo de la luz». El ser idealizado vuelve a su condición humana, terrenal y posible. Quizás amar también consista en retirar del otro los atributos que le hemos inventado. Quizás crecer sea comprender que muchas de las alas que vemos en los demás reflejan nuestras propias ganas de volar.
Daniela Cruz Gil dibuja el mapa de su intemperie y se suma a una tradición de autoras dominicanas y caribeñas que han hecho del cuerpo, el agua y la ciudad materia del poema. Conviene leer estos fragmentos sin apuro, como quien atraviesa una calle después de la lluvia. Después de todo, detrás de las alas que atribuimos a los demás suele esconderse nuestro propio deseo de levantar vuelo.
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