Rafael P. Rodríguez, poeta de Santiago, en un brevísimo y luminoso poema, dice: “Llamamos tiempo a lo que gira en la rosa y la abre”. Y me parece esto una verdad poética natural en una suerte de intuición digna de toda envidia. El tiempo seguirá siendo una categoría que ocupará a filósofos y físicos, en interés de penetrarlo e interpretar su naturaleza. Y en esta parte nos sale al encuentro el decir de Borges : “El tiempo es el enigma”. Sin importar lo que pueda ser, y dicho a mi modo, percibimos el tiempo en forma de bucles en la boca del vacío; las manifestaciones de lo perceptible se nos aparecen fruto del movimiento que, desde lo frecuencial, se muestra desde convenientes órbitas para  desaparecer, y así ser luego en apariencia otra cosa. En la relatividad se le considera relacional, no absoluto; el tiempo, como dimensión, es consecuencia, no causa:  la estela que deja tras sí el movimiento. Y en cuanto a tal, la conciencia asiste a la fragmentación de la experiencia. Y es por lo que el tiempo puede pensarse como frecuencia, no como algo homogéneo, sino como un ritmo de cambio.

En un diálogo con alguien, este afirmaba, con otras palabras, que la percepción está irremediablemente limitada por unidades de tiempo medibles: que no es posible percibir fenómeno alguno cuando se trata de unidades temporales extremadamente breves. Decía, con la seguridad de quien confía en los umbrales medidos por instrumentos, que allí donde el tiempo se adelgaza, la percepción se vuelve imposible. A lo que respondí que sí y no. Sí, si hablamos de la percepción consciente ordinaria, aquella que requiere elaboración, reconocimiento, lenguaje. Pero no, si ampliamos el campo y nos atrevemos a pensar qué entendemos por percepción. Porque lo más frecuente no es que no percibamos, sino que percibimos sin saberlo: el inconsciente nunca deja de percibir, aunque la experiencia no atraviese el umbral de la conciencia y no se traduzca en imagen, concepto o recuerdo.

Esta distinción es crucial: una cosa es la percepción consciente y otra la percepción inconsciente. La primera es episódica, frágil, dependiente de la atención y del tiempo psicológico; la segunda es continua, subterránea, anterior al yo que dice “yo percibo”. El error común consiste en creer que sólo existe aquello que puede ser registrado por la conciencia vigilante, cuando en realidad la mayor parte de la percepción acontece en niveles donde el lenguaje aún no ha llegado, donde el tiempo no se cuenta, sino que pulsa. Así lo concebimos en la taocuántica.

En ese punto de la conversación introduje una provocación mayor: la percepción consciente es posible incluso en una unidad de tiempo tan ínfima e impensable como el yoctosegundo. A este es de rigor definirlo en este tramo como la unidad de tiempo equivalente a una cuatrillonésima de segundo (10⁻²⁴ s). Y esto es algo, que tan veloz como un entrelazamiento cuántico, nos vuela la cabeza si osáramos  razonarlo. En el lenguaje de la física, el yoctosegundo se utiliza para describir procesos ultrarrápidos, como el movimiento de electrones en los átomos. En el lenguaje habitual de la experiencia humana, parecería un tiempo imposible, inexistente, inasible. Ahora bien, en lo adelante, como nuestro propósito no es referirnos a lo medible por la ciencia (a través de la mínima unidad de medida del yoctosegundo), sino al sotosegundo, que aplica a lo intuido por la conciencia como acontecimiento; pues en el episodio intuitivo no hay distancia a recorrer, no es un desplazamiento, sino un despertar hacia la esencia que somos.

La imposibilidad de la percepción en esta unidad de tiempo es solo aparente. Porque lo que no puede ocurrir en ese lapso no es la percepción, sino su narración. Lo que no cabe en el sotosegundo no es el sentir, sino el decir. La conciencia ordinaria, discursiva, no alcanza a registrar un evento tan breve; pero la conciencia no se reduce a su forma discursiva. Hay estados, conocidos por místicos, poetas y ciertas tradiciones contemplativas, en los que la percepción no se da como acto voluntario, sino como acontecimiento. No como algo que “yo hago”, sino como algo que “me ocurre”.

Y es así como los poetas taocuánticos (nos permitimos este término para designar a quienes piensan y sienten desde la unidad entre el Tao y el campo cuántico) disponen de un modo de fluir en atajos instantáneos que les dota de percepciones distintas a las habituales.

Cuando la percepción se da como una respiración natural, cuando no es forzada ni dirigida, cuando no busca capturar nada, entonces deja de ser una función psicológica y se convierte en resonancia, resonancia del vacío como reposo de la totalidad. En ese estado, percibir no es recibir estímulos, sino vibrar con lo que es. La percepción pasa a ser un proceso ontológico: no informa sobre el mundo, sino que participa del Ser. No se trata de baja o alta duración temporal, sino de frecuencia. Y a altas frecuencias del Ser, el tiempo, como ya referimos en el párrafo introductorio, deja de fragmentar la experiencia; por lo que las vivencias no son el resultado de un proceso de rigor racional, sino una comunión fuera del tiempo medible: ya no hay separación entre objeto y sujeto. Entonces, la vivencia es revelación, consciencia de la naturaleza del Ser, de lo que creíamos separado. Y es esa, como apuntamos, la experiencia a la que asisten los poetas cuánticos y los místicos contemplativos.

Aquí es donde la percepción se vuelve latido: no una suma de instantes, sino una presencia sin cortes, un despertar hacia el Todo, hacia lo no separado. En esa dimensión, hablar de sotosegundos no es hablar de límites, sino de umbrales. El sotosegundo no es demasiado pequeño para la percepción; es demasiado vasto para la mente que mide. Lo que ocurre en ese intervalo no se presenta como imagen, sino como certeza inmediata; no como objeto percibido, sino como comunión.

Y es así como los poetas taocuánticos (nos permitimos este término para designar a quienes piensan y sienten desde la unidad entre el Tao y el campo cuántico) disponen de un modo de fluir en atajos instantáneos que les dota de percepciones distintas a las habituales. No se trata de órganos especializados o mecanismos susceptibles del acto racional, sino de encimados planos frecuenciales en que vibra la conciencia, en superiores órbitas de la espiral toroidal como expresión de los sutiles andamios espirituales, naturales al esencial estar del Ser. En este,  el silencio no es simple ausencia de sonoridad, sino suspensión del yo que interpreta. Allí donde el yo se aquieta, la percepción se acelera. Y la atención no es focalizada o local, no apunta, sino que abarca; no busca:  permite. A esto se suma la sensibilidad simbólica: la capacidad de percibir no solo lo que aparece, sino lo que se insinúa, lo que vibra detrás de lo que creemos inmanifiesto.

En estos estados, el tiempo no se experimenta como sucesión, sino como simultaneidad. Lo que dura un sotosegundo y lo que dura una eternidad comparten la misma densidad ontológica. El poeta no mide el instante: lo habita. El místico no registra el fenómeno: se disuelve en él. Por eso pueden percibir estímulos, realidades y manifestaciones que otros no logran percibir, no porque posean más información, sino porque han renunciado a la separación entre sujeto y objeto.

Desde esta perspectiva, la percepción no es un proceso que ocurre en el tiempo, sino un acontecimiento en el que el tiempo ocurre. Y cuando esto sucede, incluso la percepción consciente puede emerger en unidades temporales ínfimas, no como relato posterior, sino como fulgor inmediato, como resplandor hacia adentro, donde la identidad se reconoce a sí misma en la claridad de la belleza que emana del amor: un relámpago sin duración, pero pleno de sentido. Un instante sin espesor cronológico, pero saturado de ser.

Así, el fenómeno poético no es un adorno del lenguaje, sino una tecnología del Ser a la que se entrañada la percepción. Y así, el poema no explica lo que se percibe: lo vuelve a hacer ocurrir. En él, el sotosegundo deja de ser una cifra para convertirse en vibración. Y la percepción, liberada de la tiranía del reloj, revela su verdad más honda: que no percibimos porque hay tiempo, sino que hay tiempo porque algo eternamente se está percibiendo a sí mismo.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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