«Es una ciudad fantástica, París, una ciudad hermosa, y me hizo mucho bien». James Baldwin
Recuerdo mi primera visita a París muy vagamente, como recordamos muchos sueños cuando nos acabamos de levantar. Sé, por lo que me cuentan mi papá y mi mamá, que tenía solo dos años y que fue durante los años 70 cuando fuimos desde Europa del Este a visitar a Sully, Bruni y sus hijas, la familia que desde entonces ha sido mi segundo hogar, no importa el rincón del mundo donde nos encontremos. Cuando pienso en ese primer encuentro con París me llegan imágenes de ver la Torre Eiffel a lo lejos mientras salíamos las dos familias a pasear. También recuerdo que fueron días llenos de alegría y donde di mis primeros pininos en la aventura de décadas que puede ser la amistad. (Gracias otra vez, tribu Saneaux, por ese regalo sin igual).
Volví muchos años después, ya como adulta, en un viaje de trabajo a finales de 2018. Y, junto con una colega andariega como yo, mi querida amiga Jessy, conocí varios de los famosos atractivos de la ciudad. Hicimos nuestra megafila y subimos a disfrutar de la vista impresionante desde la Torre Eiffel. Caminamos por los Campos Elíseos. Nos tomamos fotos frente a la pirámide del Louvre. Subimos las escaleras interminables del Arco del Triunfo. Admiramos y, a la vez, nos escandalizamos con la belleza y la ostentación de Versalles. Fuimos a Los Inválidos, donde está enterrado Napoleón. Cenamos (y yo hasta bailé) con colegas en un barco en el Sena. Y nos quedamos en silencio, conmovidas y maravilladas por la belleza y la paz de la catedral de Notre-Dame, solo meses antes del fatídico incendio.
Hace unos días volví otra vez a París para la conferencia anual de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), que les mencioné en mi columna anterior. Pero en esta ocasión exploré menos la París de los íconos y más la París del día a día. Tal vez porque ahora quise pasar más tiempo con las amistades que solo puedo ver en la conferencia o porque ya no tenía la presión de ver todo lo que «hay que ver», disfruté París más a mi ritmo. Igual hice un par de cosas turísticas, como cuando fui con mis amigas a otro paseo en bote por el Sena frente a la Torre Eiffel o cuando le tomaba fotos al Monumento de la República cada vez que pasábamos cerca. También confieso que me quedé con ganas de ir al cementerio de Montparnasse para rendir mis respetos a Julio Cortázar y a Simone de Beauvoir.
Pero en este viaje me fijé más en la gente y en el ritmo de París como socióloga urbana y flâneuse que soy. O sea, como exploradora apasionada y empedernida de las ciudades, justamente en la ciudad en la que surgió ese concepto del flâneur o explorador de lo urbano del que nos hablaban el poeta Charles Baudelaire y el filósofo Walter Benjamin. Cuando me senté con mis amigas Sharina, Ileana y Cristina a comer a la orilla del canal cerca de la casa, me imaginaba el París que ha sido refugio de tantas y tantos inmigrantes y visitantes. El ritual delicioso de sentarse en una mesita en la acera del restaurante me hizo fantasear con que quizás también pudo haber pasado por ahí mi ídolo James Baldwin, el escritor afroamericano que se refugió en París para escapar del racismo y la violencia de su país contra la gente con la piel oscura y la forma de amar como las de él.
Yo, como siempre que veo manifestaciones colectivas de felicidad, me contagié también y me puse a tomar fotos y videos.
El simpático mesero que nos atendió nos contó que en el restaurante ha estado gente famosa como Scarlett Johansson, Brad Pitt, Natalie Portman, Gwyneth Paltrow o el boxeador de origen puertorriqueño Miguel Cotto. Sin embargo, nos enfatizó con una sonrisa pícara que, por supuesto, «a los parisinos no nos importan esas cosas». Y es que París ha recibido en diferentes épocas a intelectuales, artistas y gente de ciencia como Baldwin, Oscar Wilde, Ernest Hemingway, Marie Curie, Josephine Baker y Julio Cortázar. En los últimos años también se habla de que hay un éxodo de celebridades que han dejado Los Ángeles por París y otras ciudades francesas, creando un supuesto «Frollywood» o Hollywood en Francia. Lo cierto es que, además de las figuras públicas de otros países que han vivido en París, la ciudad ha sido el hogar de generaciones y generaciones de migrantes, especialmente de los países y territorios de la francofonía. Es decir, de los más de 400 millones de personas alrededor del mundo que comparten no solo el francés como idioma, sino referentes culturales comunes impuestos por el pasado colonial francés, de manera similar a como ocurre en nuestros países hispanohablantes y en España.
Aunque sé que ese pasado incluye mucho dolor, me deleitaba viendo uno de los resultados no previstos por los colonizadores franceses cada vez que entraba en el metro: el hermoso mosaico de gente de todas las edades, de todos los colores y de tantas culturas y comunidades diferentes que habita París. Lo mismo me pasaba al caminar cerca del hotel de la conferencia en el distrito (arrondissement) 14 o en el distrito 10, donde nos quedamos; un área considerada de transición entre los distritos con menos población inmigrante del centro y del sur de la ciudad y los que tienen mayor presencia de inmigrantes en la parte norte. De hecho, las estadísticas nos dicen que una de cada cinco personas en París nació fuera de Francia y que los mayores flujos migratorios vienen del norte de África (Argelia, Marruecos y Túnez) y del África subsahariana (Mali, Costa de Marfil, Senegal y otros países). Pero también continúa llegando gente desde España, Portugal y Europa del Este, y la inmigración desde Asia ha crecido en los últimos años, como pudimos ver en el montón de restaurantes chinos, vietnamitas e hindúes por los que pasamos.
Mi amiga Sharina y yo vivimos estas diferencias en vivo y en directo el último día de la conferencia. Las vimos en la diversidad y la cantidad impresionante de personas que se habían instalado en todos los cafés y restaurantes de la ciudad para ver el partido final de la Liga de Campeones entre dos equipos titanes del fútbol: el París Saint-Germain y el Arsenal de Inglaterra. Las comprobamos durante la cena de agradecimiento que LASA organiza para las y los coordinadores de los grupos de trabajo (Sharina y yo coordinamos el de Haití-República Dominicana), cuando salíamos a ver cómo estaba el partido, que estaba siendo transmitido afuera del restaurante, y a observar a la gente emocionada apoyando a sus jugadores.
Vimos estas diferencias especialmente cuando caminamos por más de una hora desde esa zona del centro hacia donde nos estábamos quedando. Decidimos caminar porque ya la ciudad estaba en jaque con las celebraciones por la victoria del París Saint-Germain, los taxis estaban llenos y nos recomendaron evitar el metro. Los hombres jóvenes hijos de inmigrantes que habíamos visto siendo minoría en la terraza del restaurante o pasando a toda velocidad en bicicleta o en carro se convirtieron en una mayoría danzante y alegre en las zonas que cruzamos a medida que nos acercábamos al norte de la ciudad. Yo, como siempre que veo manifestaciones colectivas de felicidad, me contagié también y me puse a tomar fotos y videos.
Pero media cuadra más adelante mi entrenamiento de hija de comunista me hizo detenerme y me puse delante de Sharina para que hiciera lo mismo. No seguí avanzando porque vi que había mucha menos gente que en la calle que acabábamos de cruzar y las pocas personas que había se estaban devolviendo. En ese momento fue que empezamos a sentir que nos picaban los ojos y la garganta y nos dimos cuenta de que lo que oíamos no eran los fuegos artificiales que habíamos visto un momento antes, sino bombas lacrimógenas lanzadas por la policía.
Inmediatamente nos pusimos a correr siguiendo a la gente joven que huía por las calles paralelas al bulevar de Sébastopol, por el que habíamos estado caminando. Nos echamos agua en los ojos, nos tapamos la cara y nos reímos de la ironía que es no haber enfrentado bombas lacrimógenas tan de cerca en Santo Domingo para tener la experiencia a miles de kilómetros, en París. Luego esperamos a que se disipara el humo y seguimos otra vez a la gente joven que ya ni se daba por enterada de lo ocurrido, como si estuviera acostumbrada al acoso policial.
Cuando pudimos, volvimos a la calle principal y reanudamos el trayecto hasta que se convirtió en el bulevar de Strasbourg, que entra en el distrito 10. En esa parte del camino nos sentimos como si hubiéramos estado en Santo Domingo por la poca iluminación que había, en marcado contraste con las zonas céntricas que acabábamos de pasar. Los negocios a nuestro alrededor también nos confirmaban que habíamos entrado a un área de inmigrantes (envío de remesas, barberías, salones, servicios de migración), tal y como hemos visto tantas veces entre nuestra gente en Lavapiés o en Washington Heights. A pesar de que ya era después de la medianoche, nos sentimos más seguras entre nuestra gente (migrantes de diferentes países, aunque no fueran el nuestro) después de haber vivido solo un poco del acoso que viven en la ciudad.
Las bombas lacrimógenas de esa noche, la violencia del día siguiente por parte de tantos fanáticos del París Saint-Germain (PSG) y la respuesta también violenta de la policía nos recordaron que París también sufre los desafíos que trae la desigualdad. La historia del PSG incluye enfrentamientos terribles entre sus grupos de aficionados más violentos o «ultras» blancos y sus aficionados descendientes de inmigrantes, hasta que el club prohibió la entrada al estadio de miles de ellos. De hecho, las acciones violentas de muchos de estos jóvenes ese fin de semana reflejan la «geografía del descontento» (como se le llama en las ciencias sociales) entre quienes viven en las zonas más pobres y alejadas del centro de París, a pesar de la riqueza y opulencia del país y de la ciudad.
No todo es color de rosa en la Ciudad de las Luces, pero igual quedé enamorada del mosaico colorido que vi en sus calles y en su metro. Quizás todavía París puede seguir siendo el refugio que fue para James Baldwin y ha sido para tantas y tantos más. Quizás, además, puede que esconda la esperanza que representa pasar de ser mosaico a ser un tapiz tejido con todos los colores de su diversidad.
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