“Me asaltan recuerdos que no quiero recordar cuando me conviene el olvido…”
Luis Martín Gómez: Rumor de río
Aunque Luis Martín Gómez había publicado sus trabajos desde 1999, no fue sino hasta su libro La destrucción de la muralla china (2003) cuando me acerqué a su producción literaria.
Periodista de éxito, el autor había incursionado en diarios nacionales de prestigio y en televisión, por lo que su nombre y su imagen no eran ajenos al mundo de la comunicación en República Dominicana.
Pero fue la calidad de su narrativa lo que realmente me impactó por lo que quizás, de manera inconsciente, su nombre se inscribió en mi registro de los escritores que presentaban una categoría indiscutible.
Los nexos entre el periodismo y la narrativa son estrechos. El primero podría muy bien ser el escalón que lleve a la segunda, que ayude a salir de la obligación de una verdad “estrictamente objetiva”, aunque siempre existirá el sustrato de la escala de valores de quien escriba.
Pero al entrar de lleno en la narrativa se abre la puerta para que esa otra verdad, o las múltiples verdades que quedan en nuestra memoria producto de la imaginación y de la necesaria metamorfosis que sufren los hechos a través de la historia, salgan a la luz
enriqueciendo la percepción del lector; de ahí que una narración – que es ante todo ficción- pueda tener distintas interpretaciones, y que el lector a su vez se convierta en autor.
Cuando leí la primera novela de Luis Martín Gómez, Rumor de río (2016), quedé impresionada por una serie de recursos que presenta el texto y que confirman el manejo del hilo narrativo que ya antes había mostrado el autor.
El reto de la novela, no había mermado el desarrollo de un estilo directo que en esta ocasión se modificaba utilizando imágenes donde la belleza y la melancolía llegaban a conmover.
Un aspecto importante de la novela es que la historia que narra el protagonista se va desplegando en dos planos: uno externo y otro interno; uno “objetivo” y otro “subjetivo”
El externo consiste en narrar la vida en un barrio al otro lado del río definiendo a quienes allí viven y lo que hacen, lo que exige el manejo del léxico barrial, tipos y niveles de lengua que, en este caso, refieren mayormente a personajes de doce y trece años con ese afán de diferenciarse de los mayores, por lo que las “malas palabras” y actitudes de curiosidad sexual sustentadas por vulgaridades expresivas, podrían espantar a cualquiera que todavía no haya asumido que el personaje es lo que dice y cómo lo dice
Por otro lado, el plano interno aparece en el coloquio del autor-personaje con su padre que tiene alzheimer, ese ser transparente que no recuerda nada, y con quien el protagonista insiste en conversar como una manera de definirse a sí mismo en la escogencia de temas y anécdotas que a quien realmente intranquilizan es a él, volcando sus preocupaciones vivenciales en un diálogo-monólogo donde salen a flote conceptos filosóficos, teológicos, políticos y cuestionamientos existenciales que permiten al autor incluir imágenes poéticas, remembranzas de infancia, referentes de experiencias que ayudan a definir el personaje.
La propuesta narrativa se amplía al establecer los perfiles de los muchachos del barrio –Ito, Felo, Chago y el narrador-. Y entre el monólogo -que pretende ser diálogo- con el padre, y la tragedia del asesinato de un grupo de revolucionarios por una caja de armas y municiones que los niños encontraron, se desenvuelve una madeja de injusticias, de costumbres, de valores y desvalores que terminan en un drama contradictorio como la vida, constituyendo un importante referente de un período de la historia dominicana reciente.
El estilo directo-indirecto de la novela consigue un contrapunto que nos interna en el día a día de esos niños que encuentran y luego esconden, una caja con material guerrillero, la que luego es descubierta por los militares y lleva al asesinato de un reducto de revolucionarios.
Edificar un presente que siempre está pautado por el pasado lleva al autor a recurrir al flashback, que de manera constante te lleva y te trae por circunstancias distintas, donde las ideas, afirmadas o cuestionadas, te acercan al transcurrir de una vida llena de cuestionamientos.
El barrio como eje de vida, la exaltación de los héroes deportivos y los personajes de colmado, las reflexiones sobre sus valores en las conversaciones con el padre, donde el doloroso rescate de la memoria (mentira-verdad) se da en frases y situaciones llenas de poesía, van desatando el hilo de un testimonio lleno de culpabilidad, melancolía y frustración.
Y es que el padre, ese personaje inhabilitado por los años para recorrer el pasado, un ser desmemoriado que actúa como contraparte de una verdad reconstruida, resulta una imagen de la muerte; una imagen que el narrador resucita para certificar su memoria. Porque el padre es el hijo, un alter ego que podría garantizar el rescate de la verdad.
El esfuerzo del protagonista por rescatar lo que realmente aconteció con la ayuda de un desmemoriado que él propone como garantía de verdad, y la dinámica de un barrio de clase media baja donde el espionaje, el chisme y el miedo son parte de la cotidianidad, crean situaciones que logran definir un ambiente suburbano al lado del río determinado por la época (inicios de la década de 1970) y las circunstancias (los 12 años de Balaguer), que se convierte en arquetipo.
Excelente estructura narrativa. Manejo de los personajes y los caracteres. Uso de un lenguaje que abarca y define situaciones inmediatas y también la melancolía del recuerdo, convierten la lectura de esta novela en un recorrido al otro lado del río que fusiona pasado y presente logrando una historia donde no hay descanso hasta el desenlace.
Y es precisamente ahí donde el lector-autor queda inmóvil ante un futuro que sólo plantea incertidumbre.
Jeannette Miller
Santo Domingo, 13 de agosto de 2020.
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