Hay noches en las que un premio literario trasciende la celebración de una obra y se convierte en una oportunidad para volver a mirar el país.
La entrega del Premio Nacional Feria del Libro Eduardo León Jimenes 2026 al filósofo y sacerdote jesuita Pablo Mella, SJ., por su libro Ética de la praxis educativa. Entre la profesionalidad y el compromiso personal, tiene precisamente esa posibilidad.
No solamente porque reconoce una obra de pensamiento, sino porque coloca en el centro de la conversación una palabra que quizá hemos utilizado mucho y pensado poco: ética.
En una sociedad donde hablamos permanentemente de educación, calidad, reformas, tecnología, competencias, innovación y futuro, el libro de Pablo Mella introduce una pregunta más profunda: ¿qué sentido tiene educar si la educación pierde su dimensión ética?
Esa pregunta no pertenece exclusivamente a los educadores.
Pertenece a la nación.
El libro que nos devuelve a las preguntas
Hay una idea del discurso pronunciado por María Amalia León durante la ceremonia que merece detenerse en ella. Al referirse al sentido de los libros, afirmó:
“Los libros llegan no solamente para instruirnos en una ciencia dada o para distraer nuestras horas de ocio; llegan también para sacudir la costumbre, para despertar esas horas dormidas de la sensibilidad, para romper la superficie endurecida de lo que queremos saber y devolvernos otra vez a la intensidad desafiante de las dudas y las preguntas.”
Es una hermosa manera de recordar para qué sirve un libro.
Un libro verdadero no solamente nos entrega respuestas. También nos devuelve preguntas.
Y quizá esa sea una de las razones por las que Ética de la praxis educativa resulta particularmente pertinente. Porque no parece conformarse con describir la educación como sistema, ni con enumerar sus problemas. Su preocupación fundamental está en el sentido de educar y en la responsabilidad humana que existe detrás de toda práctica educativa.
El jurado de esta vigésimo novena edición valoró precisamente que Pablo Mella analiza con rigor el sistema educativo contemporáneo, advierte sobre las amenazas y desafíos que lo atraviesan y propone la ética como eje capaz de reencauzar el sentido de la educación.
Pero el alcance de la obra, según el propio laudo, va más lejos.
El jurado considera que trasciende el marco de la praxis educativa para ofrecer una mirada sobre el papel de la ética en nuestra sociedad y constituye un llamado de atención ante lo que identifica como una deriva moral de la sociedad dominicana.
Ahí comienza, quizás, lo verdaderamente importante.
Porque la crisis de la educación no puede analizarse únicamente desde las aulas.
También debe ser mirada desde la sociedad que existe fuera de ellas.
Pensar también es servir
Hay algo particularmente revelador en las palabras de Pablo Mella al recibir el premio.
Lejos de presentar el libro como resultado exclusivo de un esfuerzo individual, comenzó reconociendo las comunidades, instituciones y personas que hicieron posible su existencia. Entre ellas, la Compañía de Jesús, la Editorial Universitaria Bonó y quienes acompañaron el proceso intelectual y editorial de la obra.
Ese gesto de reconocimiento también dice algo sobre su concepción del pensamiento.
Al recordar su formación en filosofía en la Universidad Católica de Lovaina, Mella afirmó:
“Aquellos años me enseñaron que el pensamiento no es un lujo reservado a unos pocos, sino una forma exigente de servicio.”
La frase merece quedarse en el centro de esta reflexión.
Porque devuelve el pensamiento a una dimensión que a veces olvidamos: su responsabilidad.
Pensar no es solamente acumular conocimientos.
Investigar no es solamente producir libros.
Educar no es solamente transmitir información.
El conocimiento adquiere su verdadero sentido cuando se pone al servicio de las personas, de la justicia y del crecimiento humano.
Y esa concepción atraviesa la obra que acaba de recibir el Premio Nacional Feria del Libro Eduardo León Jimenes.
Educar es formar una manera de estar en el mundo
Toda educación contiene, aunque no siempre lo reconozcamos, una idea de ser humano.
Cuando educamos, no solamente transmitimos conocimientos. También transmitimos valores, formas de relacionarnos, maneras de interpretar el mundo, nociones de responsabilidad, respeto, solidaridad y convivencia.
Por eso una sociedad no puede preguntarse únicamente cuánto aprenden sus estudiantes.
Tiene que preguntarse también para qué están aprendiendo.
¿Qué ciudadanos estamos formando?
¿Qué relación queremos que establezcan con la verdad, con los otros, con la comunidad y con el país?
¿Qué capacidad tendrán para convivir con quienes piensan diferente?
¿Qué lugar ocuparán la responsabilidad, la honestidad y el compromiso con el bien común en sus decisiones?
La educación, vista desde esta perspectiva, deja de ser solamente una política pública y se convierte en una cuestión esencialmente cultural.
Educar es transmitir una idea de sociedad.
Y allí ética, educación y democracia dejan de ser conceptos separados.
Una obra pensada para quienes tienen que educar
El propio autor ofrece otra clave importante para comprender el alcance de su libro.
Durante su intervención explicó que la obra nació vinculada a una preocupación concreta: la formación de los docentes que necesita la República Dominicana.
No se trata, por tanto, de una reflexión encerrada en el ámbito académico.
El libro fue concebido dentro de un proyecto editorial orientado a la formación de educadores y al fortalecimiento del pensamiento crítico en nuestras sociedades. Mella explicó que el manuscrito pasó por procesos de evaluación académica y revisión de pares y que, desde su concepción, buscó responder a una pregunta decisiva:
“¿Qué enfoque debe tener una obra pensada para la formación de los docentes que necesita la República Dominicana?”
Esta perspectiva resulta fundamental.
Porque cuando hablamos de transformar la educación solemos concentrarnos en los estudiantes, en las escuelas, en los currículos o en la tecnología.
Pero hay una figura que permanece en el centro de todo ese proceso: el maestro.
No existe transformación educativa sostenible sin transformación de quienes tienen la responsabilidad cotidiana de educar.
Y no existe transformación profunda del docente sin una concepción clara de su responsabilidad intelectual, profesional y ética.
Leer en tiempos de velocidad
Otra parte del discurso de María Amalia León introduce una reflexión especialmente contemporánea.
Al referirse a la relación entre lectura y tecnología, señaló:
“La inteligencia artificial puede procesar información, el libro en cambio puede construir humanidad, un algoritmo puede responder, la literatura nos enseña a preguntar, una máquina puede ordenar palabras, el lector verdadero aprende a leer entre líneas y a escuchar el vibrar del sentimiento que las encuentra.”
Es una afirmación que adquiere particular fuerza en el contexto de una obra dedicada precisamente a pensar la educación.
Pero María Amalia León no plantea una oposición entre tecnología y lectura. Su reflexión apunta hacia algo más profundo: la necesidad de aprender a utilizar las nuevas herramientas con ética y propósito.
Y desde esa perspectiva continúa:
“La cuestión no es rechazar las nuevas herramientas. Es aprender a utilizarlas con ética y propósito. Porque hay algo que ninguna tecnología puede sustituir completamente: la experiencia profunda de una buena lectura. En la era de la velocidad, leer puede ser un acto de resistencia espiritual. En la era del ruido, una forma de silencio fecundo. En la era de las respuestas instantáneas, una escuela de paciencia.”
En estas palabras hay una reflexión que trasciende el acto de leer.
Está en juego nuestra relación con el tiempo.
Vivimos sometidos a la velocidad de las respuestas inmediatas, a la multiplicación de los estímulos y a una circulación permanente de información. La lectura profunda exige, en cambio, detenerse.
Leer exige atención.
Y pensar también.
Por eso esta reflexión dialoga de manera natural con el libro de Pablo Mella: una educación fundada en la ética requiere seres humanos capaces de detenerse ante las preguntas antes de precipitarse hacia las respuestas.
El problema no es solamente leer más, sino leer mejor
María Amalia León formuló durante la ceremonia otra idea que debería provocar una conversación nacional:
“El problema, por lo tanto, ya no está en que leamos más, sino en que leamos mejor, es decir, en el propósito y la calidad de lo que estamos leyendo y en la capacidad de inferir y de comprender lo que leemos.”
La diferencia es fundamental.
Porque una sociedad puede estar rodeada de información y, al mismo tiempo, padecer una profunda pobreza de pensamiento.
Puede leer miles de palabras diariamente y comprender muy poco.
Puede tener acceso inmediato a millones de datos y carecer de criterios para distinguir entre conocimiento, opinión, información y desinformación.
Por eso la educación vuelve a aparecer en el centro.
La alfabetización del siglo XXI no puede limitarse a enseñar a leer palabras.
Tiene que enseñar a leer el mundo.
La ética como pregunta nacional
En esta edición del premio fueron presentadas 49 obras publicadas durante 2025. El jurado estuvo integrado por Priscilla Velázquez Rivera, María Filomena González Canalda y Alejandro Arvelo Polanco, bajo la presidencia exoficio, con voz pero sin voto, de Reynaldo Paulino Chevalier.
Los criterios establecidos contemplaron la trascendencia y calidad del texto, el manejo del lenguaje, la destreza intelectual o capacidad creativa, la estructura, la originalidad y la contribución a la riqueza bibliográfica nacional.
El reconocimiento a Ética de la praxis educativa adquiere, sin embargo, una dimensión que va más allá de esos criterios.
El jurado ha colocado una obra sobre la educación y la ética en el centro de la conversación cultural dominicana.
Y quizá sea precisamente ahí donde un premio literario cumple una de sus funciones más importantes: no solamente reconocer lo que un escritor ha pensado, sino ayudar a que la sociedad piense sobre aquello que el escritor ha puesto en sus manos.
Pablo Mella no recibe solamente el reconocimiento a una obra.
Su libro recibe la oportunidad de entrar en una conversación nacional.
La cultura como construcción de ciudadanía
Hay otra afirmación del discurso de María Amalia León que merece permanecer junto a este premio:
“Leer es también una manera de propiciar humanidad y construir ciudadanía.”
La frase resume una concepción de la cultura que necesitamos recuperar.
La cultura no es un adorno de la sociedad.
No es únicamente entretenimiento.
No es una actividad periférica reservada para determinados públicos.
La cultura es también el espacio donde una sociedad aprende a reconocerse, a cuestionarse, a recordar, a imaginar y a convivir.
Por eso la educación y la cultura no deberían caminar por caminos separados.
Ambas participan de una misma tarea: formar seres humanos capaces de comprender el mundo y de asumir responsabilidad frente a él.
Cuando una sociedad pierde esa dimensión, puede avanzar tecnológicamente y, sin embargo, retroceder humanamente.
El libro como patrimonio y como responsabilidad
María Amalia León recordó durante la ceremonia que reconocer una obra literaria significa reconocer también una vida dedicada al lenguaje:
“Es honrar las horas solitarias de la escritura, las dudas, las correcciones, las renuncias, las búsquedas, las vigilias. Es decirle a un autor que alguien ha escuchado su palabra, que no ha caído en el vacío y que la comunidad, su comunidad, la recibe como parte del patrimonio común.”
Pero esa idea puede extenderse todavía más.
Reconocer un libro es también reconocer que una sociedad necesita preservar aquello que piensa.
Cada obra que merece ser leída incorpora una pieza a nuestra memoria intelectual.
Cada libro que logra permanecer abre una posibilidad de diálogo con quienes vendrán después.
Por eso los premios literarios no deberían agotarse en una noche de celebración.
Su verdadera dimensión comienza después.
Cuando el libro encuentra lectores.
Cuando las ideas son discutidas.
Cuando una obra entra en las aulas.
Cuando provoca nuevas preguntas.
Cuando una sociedad se reconoce, se cuestiona o incluso discrepa frente a lo que ha leído.
Una pregunta que queda abierta
Pablo Mella tiene una larga trayectoria dedicada a la filosofía política, la ética, la educación y el pensamiento latinoamericano y caribeño. Doctor en Filosofía Política por la Universidad de Lovaina, ha desarrollado una amplia labor académica y editorial y es autor de obras como Los espejos de Duarte, Ética del posdesarrollo y Derecho, soberanía, interculturalidad, entre otras.
Ética de la praxis educativa se incorpora ahora a esa trayectoria y, con el reconocimiento recibido, también a la bibliografía dominicana que merece ser leída y discutida.
Pero quizá lo más importante de esta noche no sea solamente quién ganó el premio.
Lo verdaderamente importante es qué pregunta nos deja el premio.
Y esa pregunta podría formularse así:
¿Qué tipo de ser humano queremos formar para la República Dominicana que estamos construyendo?
No es una pregunta menor.
De su respuesta depende mucho más que el futuro de nuestras escuelas.
Depende nuestra manera de convivir, nuestra relación con la verdad, nuestra capacidad de ejercer ciudadanía y, en última instancia, nuestra idea de nación.
Por eso un premio como este puede ser mucho más que el reconocimiento a un libro.
Puede convertirse en una señal.
En una invitación a detenernos.
A leer.
A pensar.
A discutir.
A preguntarnos nuevamente qué significa educar.
Porque una nación no se construye solamente con carreteras, edificios, tecnología o crecimiento económico.
También se construye con seres humanos capaces de comprender que vivir juntos exige responsabilidad.
Y quizá por eso la palabra que esta noche queda resonando, después de la ceremonia, después de los aplausos y más allá del premio, sea precisamente aquella que Pablo Mella ha colocado en el centro de su obra:
ética.
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