La literatura dominicana ha vuelto muchas veces sobre la Era de Trujillo, pero pocas veces con la contundencia, la lucidez y la economía expresiva con que Leo Silverio reconstruye este largo espesor de sombras en Ovejas amamantando. Este libro, que se inserta de manera orgánica en la ya sólida trayectoria del autor —ganador de premios en Casa de Teatro, Fundación Global y Desarrollo, Camino Real TV, Alianza Cibaeña, cultivador de la minificción con una disciplina artesanal que lo ha convertido en una de las voces fundamentales del género en la República Dominicana— representa no solo una continuidad con sus obras anteriores, sino también una inflexión. En estos relatos brevísimos, Silverio no se limita a narrar; destila la historia hasta convertirla en una sustancia intensa y purificada, donde cada palabra contiene una carga política y emocional capaz de iluminar aspectos esenciales del trujillismo.
Desde los primeros microcuentos, el libro se abre sobre un episodio fundacional: la intervención norteamericana de 1916-1924, matriz de la que emergió el régimen y, al mismo tiempo, la fragua en la que se templó la personalidad de Rafael Leónidas Trujillo Molina. Silverio enfoca este período no como una simple antesala, sino como la humillación colectiva que permitió el ascenso de un sujeto decidido a encarnar un orden absoluto. Esa humillación inicial —el país ocupado, la autoridad desplazada, la identidad herida— es la argamasa que sostiene la figura de Trujillo como supuesto restaurador del orgullo nacional. Pero Silverio no compra el mito: lo pone en escena, lo desnuda y lo desmonta.
A partir de ahí, Ovejas amamantando avanza como una especie de cronología fragmentada y feroz. Los microcuentos recorren la persecución política, los primeros pasos del ascenso del Jefe,uu que aparece como una prefiguración del terror sistemático que vendrá después. Cada relato es una estampa mínima que captura el instante en que la violencia se convierte en método y la astucia en un arma de Estado. La brevedad, lejos de reducir el impacto, lo amplifica: los silencios pesan más que las líneas.
Silverio reconstruye entonces la instauración del discurso trujillista, ese acto performativo mediante el cual Trujillo se autoproclama Padre de la Patria Nueva. Esta operación ideológica —una de las más insistentes y eficaces del régimen— atraviesa los cuentos como una corriente subterránea. Lo que en la Historia oficial aparece como exaltación patriótica, en estos textos se revela como construcción artificiosa, como teatro del poder. El lector asiste al engranaje interno de la maquinaria simbólica: los rituales de obediencia, la fabricación de lealtades, la repetición hipnótica de consignas. Silverio muestra cómo un hombre se convierte en mito a fuerza de miedo, propaganda y oportunismo.
En ese proceso aparecen personajes que forman parte del repertorio histórico y popular de la Era: Paco Escribano, Eduardo Brito y tantos otros nombres que han quedado inscritos en la memoria colectiva como piezas menores —pero necesarias— de la maquinaria de dominación. En manos de Silverio, estos personajes no son caricaturas ni meras referencias históricas: son tensiones, complicidades, gestos. Cada uno encarna no solo su papel, sino la atmósfera moral del régimen: obediencia ciega, servilismo, ambición, miedo, cálculo.
Uno de los aciertos mayores del libro es cómo articula la doble dimensión del trujillismo: la del dictador y la del país sometido. A diferencia de obras que se centran exclusivamente en la figura del tirano, Ovejas amamantando atiende también al tejido social que hizo posible su permanencia. La traición —un tema recurrente— aparece tanto en quienes abandona al tirano cuando ya no les conviene como en quienes, antes, ofrecieron su voz, su pluma o su silencio para exaltarlo. Silverio dedica especial atención a esa intelectualidad dispuesta a escribir panegíricos interminables, a alabar cada gesto, cada palabra, cada supuesta virtud del Jefe. El libro recuerda que, en dictadura, no solo manda el tirano: obedece y legitima toda una constelación de voluntades dispuestas a servirlo.
El lector encuentra también microcuentos que revelan la avaricia casi patológica de Trujillo. Silverio muestra un hombre que acumula tierras, mujeres, riquezas, símbolos. En relatos como “Avaricia”, esa pulsión aparece no como extravagancia personal, sino como parte integral del régimen: el tirano se alimenta de todo, se apropia de todo, se vuelve dueño de vidas y haciendas. En otros cuentos, como “Expulsión”, la violencia estructural se manifiesta en decisiones súbitas y devastadoras: un gesto del Jefe puede borrar la vida de un hombre, desplazar familias enteras, desmontar destinos.
Hay también cuentos donde el dictador aparece en un registro íntimo, casi doméstico. En relatos como “Enamorado”, Silverio reconstruye una dimensión pocas veces explorada: la sentimentalidad torpe, el deseo compulsivo, la relación con las mujeres que marcaron su vida. No hay romanticismo aquí: hay un retrato áspero de la forma en que el poder erosiona incluso los afectos, convirtiéndolos en mandatos, en caprichos satisfechos por la fuerza. La vida familiar, los hijos —como en el caso de Ramfis—, las amantes, las esposas, todas aparecen atravesadas por la megalomanía del tirano.
Esa megalomanía alcanza su punto culminante en cuentos como “Génesis”, donde se expone la pretensión de Trujillo de ser un ser excepcional, casi escogido por fuerzas superiores. Silverio se adentra en las supersticiones del tirano: los ceremoniales secretos, la creencia en amuletos, la sospecha perpetua de traición. Este Trujillo supersticioso no es una caricatura: es la versión más peligrosa, aquella en la que el poder absoluto se combina con la paranoia. La mezcla de superstición y autoritarismo crea, en los relatos, una atmósfera sofocante donde todo puede suceder porque todo se justifica desde un mandato que se cree sagrado.
En paralelo, Silverio muestra el costo humano del trujillismo: la creación de un país vigilado por calieses, delatores, soplones. Cada barrio, cada oficina, cada esquina se convierte en un espacio donde alguien escucha y reporta. El régimen fabrica así un pueblo inmemoriado, una sociedad que aprende a callar para sobrevivir. En este clima, la autoridad dictatorial se vuelve no solo política, sino existencial: una forma de respirarse, de temerse, de organizar el día a día. Los relatos capturan con precisión esa atmósfera: la sospecha, el rumor, la palabra dicha en voz baja, la mirada que se desvía.
El gran logro de Ovejas amamantando es convertir este vasto período histórico —que abarca desde los años posteriores a la intervención norteamericana hasta el ocaso del régimen— en un libro unitario, articulado y coherente. Cada cuento funciona de manera autónoma, pero todos dialogan entre sí, construyendo una visión caleidoscópica de la Era. La forma mínima de la microficción se adapta perfectamente a la naturaleza fragmentaria del miedo, de la memoria rota, de la historia contada entrecortadamente por quienes sobrevivieron. Silverio entiende que el horror se dice mejor no en largos discursos, sino en fogonazos.
En términos estilísticos, el libro confirma una madurez evidente. Leo Silverio afianza aquí su capacidad para extraer la esencia narrativa de episodios históricos, para eliminar lo superfluo y dejar en el texto solo aquello que resuena. La precisión, la ironía, la tensión interna de cada frase, la estructura rítmica de los microcuentos: todo contribuye a que el lector sienta que se encuentra ante una obra que, a pesar de su brevedad acumulada, tiene el peso de un artefacto histórico y estético mayor. No es exagerado decir que estamos ante uno de los libros más logrados en la minificción dominicana reciente.
Al final, Ovejas amamantando no es solo un recuento del trujillismo. Es una reflexión sobre la relación entre poder y memoria. Sobre cómo una dictadura crea sus narrativas y cómo, una vez caído el tirano, esas narrativas se quiebran, pero dejan cicatrices. El libro invita a releer la Historia y, al mismo tiempo, a entender la microficción como un instrumento poderoso para la crítica y la revelación. Con estos cuentos, Leo Silverio contribuye a reconstruir lo que el miedo quiso borrar, lo que la propaganda deformó, lo que el silencio enterró.
Leo Silverio entrega aquí una obra intensa, lúcida y necesaria. Una obra en la que el país se mira en un espejo reducido, pero más nítido que nunca.
Compartir esta nota
