Omar Kayyam: ¿realidad o leyenda?, ¿voz propia o voz de la tribu?
No importa la respuesta. Lo que menos le interesa a quien canta una canción probablemente sea quien la escribió. Y esto vale para cualquier manifestación artística. ¿Una obra anónima tiene menos valor que una obra de un autor conocido?
Cada lector es una especie de antólogo. Y la auténtica antología es aquella que surge de las coincidencias de un grupo especial de lectores respecto a cuáles son los mejores textos de un autor. Y de esa exquisita selección juega un papel protagónico el tamiz llamado tiempo.
Cuando leemos los textos que se le atribuyen a Kayyam entramos en un mundo en donde caben muchísimos adjetivos: blasfemo, hedonista, presentista, enófilo, irreverente… ¿Qué ganamos con los cuadrados, con los límites, con los encasillamientos? Escribir siempre será una forma de mirar. Tal vez ganemos más abriendo los ojos y viendo las miradas de Khayyam.
He aquí un mosaico –de diez momentos- de la expresión verbal de un hombre que vivió en los siglos XI y XII. ¿Qué se siente tan siglo XXI? ¿Que se niega a envejecer?
Alguien me dijo un día: “No bebas más, Khayyam”.
“Cuando bebo-repuse- comprendo lo que dicen
la rosa, la amapola y el jazmín, y aun comprendo
lo que decir no saben los libros ni mi amada”.
Escucha, musulmán, los días aptos
para beber sin herir tu conciencia:
martes, jueves, viernes, domingos, sábados,
miércoles y lunes, ¡los demás, abstinencia!
Entrégate al placer, oh mortal, sin recelos:
nadería es el mundo y nadería la vida
y nadería esa bóveda hecha de nueve cielos.
Amar y beber es cierto, ¡y lo demás mentira!
El viento del sur marchitó las rosas que loaba, en sus cantos, el
ruiseñor. ¿Habrá que llorar por ellas o por nosotros? Cuando la
muerte marchite nuestras mejillas, otras rosas se abrirán.
¡Si supieras cuán poco me interesan los cuatro elementos de la
naturaleza y las cinco facultades del hombre! ¿Dices que algunos
filósofos griegos podían proponer hasta cien enigmas a sus oyentes.
Mi indiferencia a este respecto es absoluta. Trae vino, coge un laúd,
y deja que sus modulaciones nos recuerden las de la brisa que pasa
como nosotros.
Convéncete bien de esta verdad: un día tu alma se desprenderá de
tu cuerpo, y serás arrojado tras el velo que flota entre el universo y
lo desconocido. Mientras tanto, sé feliz: no sabes de dónde vienes;
ignoras a dónde vas.
De la felicidad no conocemos sino el nombre. Nuestro más viejo
amigo es el vino nuevo. Acaricia con tus ojos y tus manos el único
bien verdadero: el ánfora llena del jugo de la vid.
Bebo vino como las raíces del sauz la clara linfa del torrente. "No
hay más Dios que Alá – dices – sólo Él lo sabe todo". Entonces, al
crearme, no ignoraba que tendría que beber. Si no lo hiciera así,
fallaría la sabiduría de Alá.
Olvida que deberías haber sido recompensado ayer y no lo fuiste.
¡Qué importa, sé feliz! No eches de menos ninguna cosa ni esperes
nada tampoco. Lo que ha de suceder, escrito está en el libro que
hojea, al azar, el viento de la eternidad.
Mira y escucha. Una rosa tiembla, agitada por la brisa, y el ruiseñor
le canta un himno apasionado; una nube se detiene. Bebamos, y
olvidemos que la brisa deshojará la rosa, se llevará el canto del
ruiseñor, y arrastrará la nube que nos brinda su sombra.
Leer a Omar Khayyam resulta un acto lúdico. Su voz es agua, es viento. Y tiene los veinticuatro soles de cada día.
Compartir esta nota
