Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿Por qué lloras?Jaime Sabines
Cada mañana el espejo me devuelve la mirada de mi madre. Observo mi cuerpo bajo la ducha y ahí está mi hermana.
La primera revelación de la muerte me llegó de niña como un soplido de misterio que se coló por mis oídos como se cuela el viento, sin pedir permiso.
Esperanza y yo intercambiábamos cartas con mucha frecuencia –me encantaría tenerlas a mano, releerlas–, pero esas cartas se extraviaron en los vaivenes de la vida. A los veinticuatro años, mi hermana hizo su viaje sin preparar equipaje, sin saber que se iba y sin escribírmelo en ninguna carta. No pudo partir el bizcocho del primer año de su amada hija. Sin embargo, nos sigue iluminando con su amplia y hermosa sonrisa.
Mi abuela María era una maestra de escuela, comadrona y evangelizadora. Le pidió a Dios que la muerte viniera por ella antes que se le ocurriera venir por uno de sus hijos; trajo diez al mundo, por lo que no era un pedido cualquiera. Ella oró tanto que cuando la muerte le tocó la puerta a los noventa y seis años, la recibió agradecida. Su pedido había sido cabalmente concedido. Un año después, mi abuelo Mario (Mendo), quien tuvo el coraje de vivir ciento ocho años, le siguió sus pasos. Consideró que, después de más de setenta años juntos, no tenía sentido que anduvieran por ahí cada uno por su lado.
Pensé que mi madre nunca moriría y creo firmemente que sigue entre nosotros, igual que mis hermanas y mis abuelos. Vemos tanta fortaleza en una madre que pensamos que su cuerpo físico nunca decaerá. Hasta que, a los noventa y seis años –a la misma edad que mi abuela, como si ambas lo hubieran acordado–, la tuve frágil, sufriendo a mi lado. Me senté frente a su cama a velar sus días, a cantarle al oído. Y una noche de mayo, mi hermana menor abrió la ventana y nuestra madre aprovechó el aire fresco para volar sin aspavientos. Después que luchó por no abandonar todas las semillas que había germinado. Se llamaba Rosa Lidia y anda por aquí con su mirada, su sonrisa, su olor y su sabiduría.
Dos años más tarde, mi hermana Alba Rosa, mi contemporánea, con la que jugué a las muñecas en la niñez, con la que fui a la escuela, con la que me bañé en el río…, entregó tanto su corazón a los demás que se debilitó. La muerte de nuestra madre la debilitó aún más. Sin embargo, la adoración por su hija y su nieto la fortaleció. Y cuando ya celebrábamos su vida, una noche de marzo sus pétalos se esparcieron en el aire para ir al encuentro de su origen. Nos dejó a todos perturbados y tristes.
Hace unos días, se colocó detrás de mí, me incliné ante su presencia y la vi reluciente, hermosa. Con una sonrisa, me dijo: Sé libre, vive.
¡Qué fortuna la mía, la de sentir a mis muertos a cada paso!
Familias, amigas y amigos siguen rondando mi vida.
Siempre me pregunto:
¿Por qué tenemos esa manía de asegurar que se han ido?
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