En la parte anterior quedó planteada una pregunta fundamental:

¿Cuál debe ser la próxima gran transformación de nuestra Feria Internacional del Libro?

La respuesta nos conduce inevitablemente más allá de sus pabellones.

Nos conduce a las aulas.

Porque si queremos hablar seriamente de una sociedad lectora, no podemos limitar la conversación a la cantidad de libros que se venden, al número de escritores que participan o a los miles de personas que visitan la Feria.

Tenemos que hablar de algo mucho más profundo: la capacidad de comprender lo que leemos.

Un niño puede pronunciar correctamente las palabras de una página y, sin embargo, no comprender lo que acaba de leer.

Puede leer en voz alta.

Puede responder una pregunta cuya respuesta aparece literalmente en el texto.

Puede incluso aprobar una evaluación.

Y, sin embargo, tener dificultades para explicar con sus propias palabras aquello que leyó, relacionarlo con otros conocimientos, identificar la intención del autor, distinguir un hecho de una opinión o extraer una conclusión.

Eso no es comprender.

Y la diferencia es fundamental.

El dato que no podemos ignorar

Estudiantes.

Los resultados de PISA 2025, tal como se presentan en esta reflexión, vuelven a colocar esta discusión frente a nosotros.

En la República Dominicana fueron evaluados estudiantes de 15 años de distintos centros educativos y, en lectura, una proporción reducida alcanzó el nivel considerado básico de competencia frente al promedio de la OCDE.

Las cifras deben ser leídas con responsabilidad.

No son una sentencia sobre nuestros estudiantes.

Tampoco constituyen una razón para desacreditar el trabajo de nuestros maestros.

Pero sí representan una señal que merece ser atendida.

Porque detrás de cada porcentaje hay estudiantes concretos.

Niños y jóvenes que tendrán que estudiar, trabajar, tomar decisiones, interpretar información y participar en una sociedad cada vez más compleja.

Si una proporción importante de nuestros adolescentes no alcanza las competencias básicas de comprensión lectora, la pregunta no puede ser únicamente por qué obtuvimos ese resultado.

Debe ser:

¿Qué vamos a hacer para cambiarlo?

Y después:

¿Cómo sabremos si funcionó?

Comprender es la puerta del conocimiento

La comprensión lectora no es un asunto exclusivo de la asignatura Lengua Española.

Todas las áreas del conocimiento leen.

Para resolver un problema matemático hay que comprender lo que se pregunta.

Para estudiar ciencias hay que interpretar información.

Para aprender historia hay que relacionar acontecimientos, causas y consecuencias.

Para estudiar una Constitución o una ley hay que interpretar conceptos.

Para seguir instrucciones hay que comprender el lenguaje.

Para investigar hay que comparar fuentes y distinguir información confiable de aquella que no lo es.

Incluso para utilizar responsablemente una herramienta de inteligencia artificial es necesario comprender qué información estamos recibiendo, de dónde proviene y cómo debemos evaluarla.

Por eso sería un error considerar la lectura como una asignatura más dentro del currículo.

La lectura es una de las herramientas fundamentales mediante las cuales aprendemos.

Un estudiante que no comprende lo que lee tiene limitado el acceso al conocimiento.

Y esa limitación no desaparece simplemente porque avance de grado.

El estudiante que no comprende un párrafo tendrá dificultades para comprender un capítulo.

Quien no comprende un capítulo tendrá dificultades para estudiar un libro.

Y quien llega a la adolescencia sin desarrollar esa capacidad enfrentará mayores obstáculos para aprender prácticamente cualquier disciplina que dependa de la interpretación de textos.

Por eso el problema debe atenderse temprano.

No cuando el estudiante ya ha acumulado años de dificultades.

Medir para transformar

Aquí aparece otra pregunta incómoda:

¿Estamos midiendo suficientemente lo que nuestros estudiantes realmente aprenden?

Un sistema educativo no puede evaluarse solamente por cuántos estudiantes están dentro de las aulas.

También debemos saber qué están aprendiendo.

Y, sobre todo, qué son capaces de hacer con aquello que aprenden.

¿Pueden leer un texto y explicarlo?

¿Pueden identificar su idea central?

¿Pueden establecer relaciones?

¿Pueden formular preguntas?

¿Pueden argumentar?

¿Pueden reconocer una contradicción?

¿Pueden distinguir una opinión de una evidencia?

¿Pueden investigar cuando no conocen una respuesta?

Estas capacidades deberían importar tanto como aprobar un curso.

Una evaluación adquiere verdadero sentido cuando produce decisiones.

Si los resultados muestran una dificultad, debe existir una estrategia.

Si se implementa una estrategia, debe medirse.

Si no funciona, debe corregirse.

Y si funciona, debe ampliarse.

El ciclo debería ser sencillo:

diagnosticar → intervenir → medir → corregir → volver a medir.

No podemos acostumbrarnos a publicar resultados preocupantes como si fueran inevitables.

Tampoco podemos conformarnos con anunciar programas sin conocer rigurosamente sus efectos.

El maestro como protagonista

Jornada se siembra de libros en El Gramado, Las Lagunas, provincia de Azua. Fotografía César de la Cruz.

Hablar de comprensión lectora implica hablar necesariamente del maestro.

No podemos pedir resultados diferentes utilizando siempre las mismas herramientas.

Necesitamos docentes preparados para enseñar comprensión, interpretación, argumentación y pensamiento crítico.

El maestro no debería limitarse a preguntar:

“¿Qué dijo el texto?”

También debería preguntar:

“¿Por qué lo dijo?”

“¿Qué quiere decir?”

“¿Estás de acuerdo?”

“¿Qué evidencia tienes?”

“¿Qué relación encuentras con lo que ya sabes?”

“¿Qué otra interpretación podría existir?”

Estas preguntas transforman la lectura.

El estudiante deja de ser un receptor de respuestas y comienza a convertirse en un interlocutor.

Pero para exigir más al maestro también debemos ofrecerle más:

formación continua;

materiales adecuados;

bibliotecas escolares funcionales;

tiempo para planificar;

herramientas de evaluación;

acompañamiento pedagógico;

y la posibilidad de compartir experiencias con otros docentes.

No se puede pedir una revolución en la enseñanza sin invertir también en quienes tienen la responsabilidad cotidiana de hacerla posible.

La familia también educa

Pero tampoco podemos trasladar toda la responsabilidad al sistema educativo.

La lectura comienza mucho antes de que el niño llegue a un aula.

Comienza cuando alguien le cuenta un cuento.

Cuando un adulto lee delante de él.

Cuando un padre o una madre pregunta qué le pareció una historia.

Cuando un abuelo comparte un libro.

Cuando en la casa existe un espacio, por pequeño que sea, donde los libros tienen presencia.

No se trata de convertir el hogar en otra escuela.

Se trata de recuperar pequeños hábitos.

Leer un cuento.

Conversar sobre una historia.

Regalar un libro.

Preguntar qué le gustó.

Visitar una biblioteca.

Escuchar juntos una lectura.

Compartir una novela.

La formación de un lector no ocurre en un solo momento.

Se construye poco a poco.

Y necesita también una relación afectiva con la lectura.

El placer de leer

Quizás aquí hemos cometido otro error.

A veces enseñamos a leer de tal manera que terminamos haciendo que leer parezca un castigo.

Un niño recibe un libro.

Debe terminarlo.

Después debe hacer un resumen.

Luego responder unas preguntas.

Finalmente será evaluado.

Y así, poco a poco, el libro puede terminar asociado exclusivamente con la obligación.

Pero la lectura también debe ser descubrimiento.

Debe ser imaginación.

Debe ser conversación.

Debe ser placer.

Un niño puede enamorarse de la lectura por una historia de aventuras.

Una adolescente puede descubrirla a través de un poema.

Otro joven puede llegar a ella mediante una novela gráfica, un cuento de ciencia ficción, una obra de teatro o una biografía.

No todos los lectores llegan por la misma puerta.

Lo importante es que encuentren una puerta.

Porque nadie desarrolla una relación profunda con los libros solamente porque alguien le ordena leer.

El lector aparece cuando descubre que un libro puede decirle algo que necesitaba escuchar, mostrarle algo que desconocía o abrirle una pregunta que no sabía que tenía.

La literatura también forma ciudadanos

La literatura de imaginación no es un lujo.

Forma lenguaje, sensibilidad, memoria, imaginación y empatía.

Cuando entramos en la vida de un personaje comenzamos a descubrir que existen otras maneras de sentir, sufrir, amar, equivocarse y mirar el mundo.

Por eso la literatura puede enseñarnos algo que ninguna estadística registra fácilmente: a comprender al otro.

Leer no nos hace automáticamente mejores ciudadanos.

Pero aprender a comprender, comparar, interpretar y cuestionar lo que leemos proporciona herramientas indispensables para participar en una sociedad democrática.

Por eso el problema de la lectura no puede considerarse secundario.

Es un problema educativo.

Es un problema cultural.

Y también es un problema de ciudadanía.

La tecnología no es el enemigo

Leer sin papel.

Nuestros niños y jóvenes viven rodeados de pantallas.

Teléfonos inteligentes, redes sociales, videos, videojuegos y plataformas digitales compiten permanentemente por su atención.

No tiene sentido demonizar la tecnología.

El problema no es la pantalla.

El problema aparece cuando la velocidad sustituye la profundidad.

Cuando el titular sustituye al texto.

Cuando reaccionamos antes de comprender.

Cuando compartimos antes de verificar.

Cuando confundimos populismo con conocimiento.

Nunca habíamos tenido tanto acceso a información.

Pero información no es conocimiento.

Y conocimiento tampoco significa necesariamente pensamiento.

Por eso el desafío contemporáneo consiste en formar personas capaces de moverse entre ambos mundos:

leer profundamente en un mundo que consume información rápidamente.

La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria para acercar a los jóvenes a los libros.

La pregunta no es cómo sacar las pantallas de sus vidas.

La pregunta es cómo conseguir que también las utilicen para aprender, descubrir y leer mejor.

Y aquí llegamos nuevamente a la Feria.

Porque si queremos que sea una herramienta de transformación, tendremos que aprender a mirar más allá de sus actividades.

Tendremos que mirar sus resultados.

Continuará mañana.

Porque el verdadero desafío no es conseguir que un niño abra un libro, sino descubrir qué ocurre dentro de él después de haberlo abierto.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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