Todo su mundo, éste que en los últimos tiempos se había vuelto tan inestable, como una trampa de arenas movedizas, cabía ahora en una pequeña maleta antigua de costuras gastadas. Le resultaba irónico reconocer en ella la misma maleta con la que había llegado a esa vieja casona hacía ya veinte años, cuando apenas cumplía sus dieciocho primaveras. En aquel entonces, sus ojos almendrados contemplaban con asombro el lujo que exhibía la herencia de Miguel Acosta, el hijo único de una familia de altos estándares que, por su excesivo rigor al buscar esposa, se había vuelto un soltero de pueblo.
Sin embargo, el tiempo no solo había erosionado el cuero de la maleta. Dentro de ella, apretujadas entre el miedo y la prisa, descansaban sus pertenencias más humildes, objetos sin brillo externo, pero que eran los únicos que sentía verdaderamente suyos. Al cruzar el umbral, Lucía mantuvo el cuerpo erguido para proteger el único tesoro que no le pudieron arrebatar tras años de haber sido usada, su dignidad. Aquella, que para algunos podría parecer rota, pero que para ella era la única tabla de salvación a la que se aferraba con las pocas fuerzas que le quedaban.
El cielo pareció solidarizarse con su desgarro y comenzó a llorar con la fuerza de un recién nacido, una lluvia primeriza y ruidosa que lavaba el asfalto mientras ella abandonaba la casa que un día creyó su hogar. Sus mechones entre negro y gris le caían justo a la cintura, su belleza deslumbrante y su tes de pan, la hacia una mujer de rasgos delicados y naturales, Lucia con el asa de la maleta hundida en la palma de la mano derecha y un bolso de manos en la otra, se detuvo un segundo a mirar el horizonte; sus ojos, nublados la ansiedad, buscaban un punto de apoyo en una ciudad que de pronto le resultaba ajena. Extrañamente ajena.
Al alejarse definitivamente de su jaula dorada, ese lugar de lujos fríos y silencios impuestos, el aire se tornó espeso, con un rancio olor a incredulidad. No podía creer que finalmente lo había hecho. Un nudo ciego y amargo le atravesaba el corazón, asfixiando las palabras que no se atrevió a decir. Pero entonces, el instinto de supervivencia se impuso al dolor; se armó de un valor que no sabía que poseía y caminó bajo el llanto del cielo. Con el poco efectivo que guardaba celosamente, estiró la mano y detuvo un taxi, subiéndose a él como quien aborda una balsa en medio de un naufragio, lista para navegar hacia lo desconocido.
La libertad, tan anhelada desde la supervisión y el encierro, no olía a flores ni a brisa marina; olía a una punzante incertidumbre. Era una sensación rara, un vacío en el estómago al descubrir que no sabía qué hacer ni hacia dónde dirigir sus pasos. El peso más grande no iba en la maleta, sino en el pensamiento de cómo llegar a la casa de sus padres. Sabía que Luisa, su madre, vería su regreso no como un rescate, sino como un catálogo de errores o pecados, como solía llamar a los tropiezos del alma. Sin embargo, en el fondo de ese juicio severo, Lucía esperaba que recordara que ella seguía siendo carne de su carne, un pedacito de su corazón.
Al llegar, la figura de su madre, Luisa, se recortó contra el marco de la puerta. Llevaba una sonrisa fría instalada en los labios arrugados y una mueca de desprecio, una expresión que no vaticinaba bienvenida, sino sentencia. Antes de que Lucía pudiera pronunciar palabra, el rechazo cayó como un hacha: -Aquí no puedo aceptarte. Sentenció con una calma que hería más que un grito. Miguel llamó; nos advirtió que vendrías. No dio detalles, pero sé que nada bueno ha de ser. Sin permitirle siquiera el derecho al desahogo, su madre cortó el aire con un gesto brusco. No hubo abrazo, ni espacio para las lágrimas; solo un sobre de manilla pequeño, voló hacia al rostro de su hija, golpeándole la mejilla antes de caer al suelo como una sentencia. Era la cuota de los gastos del mes que Miguel les había enviado apenas unos días atrás. En ese trozo de papel, Lucía leyó su verdadera tragedia; para su propia madre, la lealtad no se medía en sangre, sino en la puntualidad de una remesa que ahora pesaba más que su propia existencia.
Lucía la miró en silencio, no con asombro, sino con una lucidez dolorosa, recordando que incluso los animales defienden a sus crías con la vida. Se agachó para recoger el sobre mientras su madre volvía a hablar; al abrirse aquellos labios arrugados por la amargura, un escalofrío recorrió la columna vertebral de Lucía. No vuelvas. Para ti ya estamos muertos. Sentenció la mujer. Te aconsejo que dejes el pueblo; cualquiera que te dé asilo pagará las consecuencias.
Lucia, dio la vuelta sobre sus talones y unas palabras que la quemaban desde hacia años por fin salieron de sus labios. Será verdad qué son mis padres o especialmente; tú mi madre? No esperó respuestas, ya no las quería.
Regresó al taxi, donde el conductor, aunque inicialmente reacio a involucrarse en dramas ajenos, se conmovió ante su desamparo. Vamos, hija le dijo con voz suave. “Dios, en su infinita bondad, abrirá otras puertas”.
Fue entonces cuando Lucía decidió, por fin, enfrentarse al contenido de su maleta. Al abrirla, un asombro amargo se posó en su rostro, de un lado, sus documentos de identidad y varios diplomas de cursos que había hecho en contra de la voluntad de su esposo, de cocina, belleza y auxiliar de contabilidad, además ropas viejas, raídas por el paso de las décadas en aquella casa que nunca fue suya. Entendiendo que para caminar hacia el futuro debía soltar el lastre del pasado, hizo una selección implacable y desechó lo inservible. Se detuvo en una plaza, entró al supermercado, compró una bolsa sencilla y en ella reorganizó sus pertenencias y sus títulos, que ahora eran su única armadura. Respiró profundo, llenando sus pulmones de un aire nuevo; ya no tenía tiempo para llorar ni para lamentarse por la leche derramada.
El taxista, irradiaba una paz que se reflejaba en sus ojos verdes, aunque su tez era oscura, de repente pronunció unas palabras, mi nombre es Francisco Ciprés tengo una sobrina que es médico en santo Domingo, esta recién parida, tiene que echar hacia delante tu hijito, pues su esposo murió hacen tres meses, veo que las cosas están difíciles para usted señora en este lugar, su familia ya no es su familia por lo visto… aunque ese dinerito le podría resolver unas semanas y después de ahí, que hará. Lucia miró con tristeza ante la realidad que le golpeaba, cayeron de sus ojos dos goteras y de repente, con un nudo en la garganta, respondió: Usted puede llamarla y hacerme ese gran favor.
Francisco suspiró, observando a Lucía a través del retrovisor mientras ella terminaba de organizar su bolsa de supermercado. Sacó su móvil y marcó. El tono de espera sonó una, dos, tres veces… Justo cuando iba a desistir, la voz de Romina irrumpió al otro lado de la línea.
¡Romina, sobrina! Por fin me coges el teléfono. Pensé que te habías olvidado de tu tío favorito. (Se escucha un ruido de platos y trajín de fondo) ¡Tío lindo! No me digas eso, es que aquí en la casa no tengo tregua. Dime, ¿pasó algo? ¿Estás bien?
Estoy bien, pero te llamo porque tengo a alguien aquí conmigo. Una mujer de mucha confianza, trabajadora de verdad. Se llama Lucía. Está buscando una oportunidad para empezar de cero y me acordé de que tú siempre estás a dos manos después del parto.
Hubo un breve silencio, seguido de un suspiro de alivio. ¡Ay, tío! ¿Usted es un ángel o qué? Si tú la recomiendas, mi tío lindo, claro que puede venir. Me solucionaría un gran problema ahora mismo, porque la muchacha que me ayudaba se fue sin avisar hacen unos días y los trasmoches que tengo, casi me voy de boca. Sabía que podía contar contigo. Lucía es una mujer preparada, tiene sus diplomas de cocina y contabilidad, pero lo que más tiene es ganas de echar para adelante. Dígale que se venga de una vez. Y dele mi dirección y teléfono, esta ciudad se come a cualquiera. Aquí tiene techo y comida, lo más urgente e importante es que sepa cuidar niños. Ya en dos semanas vuelvo al trabajo. Póngala al teléfono, que quiero darle la bienvenida.
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