La poética auténtica no nace cuando un poeta decide escribir un poema; nace cuando una determinada manera de habitar el universo encuentra en la palabra su forma inevitable de manifestarse. Antes de convertirse en lenguaje, la poesía ha sido visión; antes de transformarse en imagen, ha sido experiencia; antes de adquirir ritmo, ha sido respiración del Ser. Desde esa perspectiva, El templo del deseo no comparece ante el lector como una simple colección de poemas eróticos ni como una sucesión de meditaciones líricas alrededor del cuerpo del amor. Lo que Mikenia Vargas propone es mucho más radical: una reorganización de la experiencia humana desde la unidad esencial entre materia y espíritu, deseo y contemplación, carne y trascendencia, de manera que aquello que durante siglos fue presentado como contradicción aparece ahora reconciliado bajo una misma frecuencia ontológica. No se trata de una reconciliación retórica, sino vivencial; no constituye un artificio intelectual, sino el testimonio de una conciencia que ha decidido mirar el universo con amor, desde una perspectiva donde toda separación desaparece. En consecuencia, el deseo deja de ser un accidente biológico para convertirse en una fuerza reveladora; el cuerpo de ser prisión para manifestarse como templo; el lenguaje abandona la función de representar la realidad para convertirse en acontecimiento espiritual. En ello radica precisamente la singularidad de esta obra: en hacer del poema no una descripción de la experiencia, sino la experiencia misma aconteciendo, diciéndose de modo expansiva hacia la casa de la conciencia. 

Mikenia Vargas.

Esta comprensión aparece formulada desde las primeras páginas del libro, cuando la autora declara que “el poema es cuerpo, es rito, es acontecimiento”, afirmando además que no es ella quien escribe la poesía, sino que la poesía la “encarna” la “arde” y la “habita”, para sostener posteriormente que deseo, mística, erotismo y sacralidad constituyen “vasos comunicantes” al interior de experiencia de la verdad poética. Asimismo, define su pasión por la poesía no como un marco teórico, sino como un estilo de vida inspirado en el postulado taocuántico, no como algo que ella hace, sino como algo que le ocurre, donde la creación se convierte en meditación y liturgia. Estas afirmaciones poseen una importancia decisiva porque entregan al lector la llave hermenéutica indispensable para penetrar en su territorio experiencial. Si se ignoraran estas palabras preliminares, muchos de sus poemas pondrían interpretarse únicamente desde la tradición del erotismo místico o desde la poesía amorosa contemporáneo. Sin embargo, el propio credo poético impide semejante reducción. Desde el inicio se advierte que estamos frente a un sistema estético que entiende la existencia como una totalidad indivisible, donde cada símbolo, cada cuerpo y cada respiración participa de una misma energía originaria.

La poética taocuántica, en cuanto es el caso no sólo de una cultora que se abraza al ideal taocuántico, sino que es también una de las más coherentes con lo que este postula, encuentra precisamente en esta afirmación su núcleo esencial. No consiste únicamente en utilizar determinadas imágenes vinculadas al Tao o a ciertas nociones provenientes de la física cuántica entendidas metafóricamente; consiste, sobre todo, en asumir que la realidad visible constituye apenas la manifestación de una unidad mucho más profunda e inmanifiesta, cuya dinámica puede ser intuida mediante una conciencia expandida. Entonces, el o la oficiante deja de ser un constructor de metáforas para convertirse en testigo de aquello que se revela cuando el yo abandona las fronteras de la separación. En consecuencia, la palabra ya no busca explicar el mundo, sino transparentarlo. El poema se convierte en una zona de resonancia donde la materia recuerda su origen luminoso.

Entonces, se reconoce en El templo del deseo de Mikenia Vargas que hay textos que nos atraviesan, que hay poemas que no se interpretan: se experimentan como una fisura luminosa en la conciencia, como si el lenguaje dejara de ser herramienta y se volviera umbral, respiración de un misterio que no se deja fijar del todo en el sentido. El templo del deseo pertenece a esa estirpe de obras donde la palabra no describe el mundo sino que lo reconfigura desde una interioridad expandida, desde una sensibilidad que no separa pensamiento y experiencia, cuerpo y símbolo, eros y revelación. En esta poesía, la taocuántica no es una categoría estética añadida por pura y obsesiva manía, sino una forma de habitar la existencia: un modo de percibir el Ser de las cosas en su vibración unificada, donde cada imagen es simultáneamente fenómeno y conciencia, materia y contemplación… Mikenia Vargas se instala, sin estridencia pero con absoluta firmeza, en esa región donde la experiencia no es narrada sino transmutada en lenguaje de la conciencia, donde cada palabra se vuelve acto de percepción no local; ecuación viva de lo sensible y lo intangible. De esta parte da cuenta la poeta en “Anatomía de tu boca(p.21). Citamos:

Pienso en tu boca, / mi mente se despliega como espacio curvado, / punto sin retornos de un labio y del otro. / Perturbas el reflejo de mis aguas. / Y me muerdes; / ese eterno colapso de los labios. / Y te alejas; / me destruyo en la boca del vacío. / Sé que el tiempo es todo un inicio, / que aún hay gotas de agua en el recuerdo, / que veo el reflejo del amanecer en tus ojos. / Y tú boca sedienta regresa. / Bésame, / que, en mí, / el agua está haciendo profundidad.

Mikenia Vargas.

En efecto, el deseo no aparece como impulso lineal sino como arquitectura del abismo, como geometría emocional donde la mente se despliega como espacio curvado”, imagen que ya introduce una sensibilidad casi física de lo metafísico. Y si  tomamos fragmentos como “Perturbas el reflejo de mis aguas”, se revela la idea central: el otro no es objeto de contemplación sino agente de distorsión ontológica, aquello que altera el orden interno del Ser. El colapso de los labiosno es solo erotismo sino caída del lenguaje en su límite, donde la palabra besa su propia imposibilidad. En clave taocuántica, este poema manifiesta la interdependencia entre vacío y forma: el vacío no es ausencia sino profundidad activa, reposo de la totalidad, y el deseo no es carencia sino expansión del agua interior hacia su propia hondura… En cuanto a tal, dice Mikenia Vargas, en su brevísimo pero luminoso poema bajo el título “En el templo de la rosa" (p. 25), que a continuación colocamos: “La rosa también arde / y en su silencio, / todo se enciende”. Y esta no es sólo una ígnea y bella imagen, sino un singular atajo que precisa la intuición como superior a la suma de las razones.

Aquí el decir se contrae en una fulguración mínima, casi aforística, donde el universo simbólico entero se condensa en tres versos. La rosa, tradicional emblema del eros y lo sagrado, no se ofrece como ornamento sino como combustión interna. El fragmento: “y en su silencio, todo se enciende revela la paradoja central de la poética taocuántica: el silencio no es negación del sentido, sino su punto de ignición. La realidad, en este gesto, no se explica sino que se enciende; no se representa sino que irradia. Lo verdaderamente significativo no reside únicamente en la belleza de estas imágenes, sino en la estructura filosófica que las sostiene. Y en ese punto comienza a revelarse uno de los grandes movimientos internos de El templo del deseo: la rosa (el deseo) ya no conduce hacia la posición, sino al despertar; ya no desemboca en la clausura del individuo, sino en la expansión de la conciencia. Allí empieza a manifestarse, con extraordinaria coherencia, la arquitectura profunda de la poética taocuántica, que bien dice esta creadora, y que los demás poemas irán desarrollando desde nuevas perspectivas simbólicas…  Y todo va en Mikenia, en su voz poética, siendo todas las cosas, como en trenzados bucles que al girar deviene en la sucesividad de lo posible. Así lo deja ver en “La mirada” (p. 33), texto que mostramos a continuación:

En un sendero luminoso / otea la oscura oscuridad de tu misterio. / De tanto conocerte, / no puedo hablar de ti. / Te has manifestado… / Vislumbro en la mirada / el gran Yo Soy de tu silencio. / Asisto a la ceremonia… / He recibido el Tao.

Mikenia Vargas.

Aquí, la mirada deja de ser órgano perceptivo para convertirse en umbral ontológico. El poema avanza hacia una disolución del lenguaje frente a la presencia del misterio… Dice: “De tanto conocerte, / no puedo hablar de ti”. Este silencio verbal que refiere no es incapacidad sino saturación de sentido. La aparición del gran Yo Soy” introduce una dimensión de identidad absoluta que no pertenece al sujeto individual sino al Ser mismo en su auto-revelación. En términos taocuánticos, asistimos a la integración del observador y lo observado: la mirada ya no mira, sino que es mirada por el Ser. Este poema se abre como una paradoja, cuando expresa: “sendero luminoso” frente a  “oscura oscuridad. La mirada del yo poético ilumina, densifica el misterio hasta hacerlo irresistible al lenguaje. “De tanto conocerte, / no puedo hablar de ti”, dice la poeta, introduciendo un límite epistemológico: el conocimiento absoluto conduce al silencio. El verso “el gran Yo Soy  de tu silencio” desplaza la identidad hacia una dimensión metafísica donde el Ser del otro es pura afirmación vacía, presencia sin objeto… Y cuando afirma finalmente: “He recibido el Tao”, no es conclusión sino estado: la conciencia ha atravesado la forma y ha quedado suspendida en una aceptación sin resistencia… Entonces, hace bien citar aquí los siguientes tres versos, a los cuales, extrañamente (pero cuyo propósito intuimos) no le precede título alguno: “Caerá la tarde; / y me besaré a mí misma  / esperándote”. Con estos, introduce una fractura del yo: el sujeto ya no espera al otro desde la carencia, sino desde una auto-referencialidad amorosa que es también espera y vacío. El beso a sí misma es un repliegue del deseo hacia su origen, donde el otro es ya interioridad expandida… Este breve destello poético funciona como plegamiento de la espera sobre la identidad. El sujeto se duplica, se vuelve auto-erótico en sentido ontológico: el deseo del otro se repliega en el abrazo del propio Ser. La espera no es pasividad sino acto de auto-reconocimiento en ausencia… Veamos también, como en el poema “La despedida” (p. 49) nos aproxima a las interiores habitaciones circulares de la poeta que dice estos versos: 

Miro la Luna, / y ella, la sombra que inventa en el agua… / Duerme, / tu mirada huye / y me deja tu ausencia en estos lirios. / Los contemplo / y siempre es otra forma del vacío. 

Vemos aquí, como la despedida no es ruptura sino transfiguración del vínculo en imágenes de ausencia activa. La Luna y el agua funcionan como espejos de una realidad que nunca se fija. El fragmento, “siempre es otra forma del vacío” revela la clave filosófica: todo lo que desaparece no se pierde, se metamorfosea en distintas configuraciones del vacío, entendido aquí como matriz de lo real, de la Realidad Pura. La despedida no ocurre en esta parte como evento, sino como transformación perceptiva. La Luna no es objeto sino generadora de sombra líquida. Tú mirada huye”, dice la poeta; y con ello no implica movimiento físico, sino retirada ontológica: el otro deja de sostener el campo de sentido. Los lirios se convierten en residuo de esa ausencia, y el poema concluye en una constatación esencial: todo lo visible es una forma del vacío. No como nihilismo, sino como reconocimiento de que la forma es siempre aparición transitoria de lo inexistente… Cuando nos situamos ante poema como “Estallido” (p. 51), el cual está siempre diciendo, con la ahuecada voz del aire:

El jardín se abre / y no sé si es tu rosa o la mía , / que me habita cuando tiemblo. / ¡Ah, incertidumbre mía! / Sin ti, / la verdad es apenas un destello en la penumbra. 

Aquí el jardín no es escenario sino apertura súbita del sentido. La indistinción entre tú rosa o la míaintroduce una crisis de propiedad del deseo: el amor no pertenece, se intercambia en la vibración del temblor. La “incertidumbre mía” no es error, es condición estructural de la verdad. Sin el tú, la verdad no desaparece: se reduce a destello, fragmento intermitente de una realidad… Y todo acá, está en íntimo vínculo con lo que testimonia en otro poema, titulado Amado” (p. 67), por que de lo que se trata es de que estamos ante una ceremonia circular, redonda en la que tanto la orillas como el centro están en todas partes y ninguna a la vez (cuál suerte de Aleph, donde está todo sin tropiezo acomodado), como el amor mismo, que parece ocuparnos del todo al todo, pero que no es posible hallarle ubicación en el cuerpo. Veamos: “Soy tu rosa abierta, / esa sed que te nombra, / templo vivo”.

He aquí una declaración de apertura total, rosa expandida hacia el otro, donde el deseo ya no es dirigido sino constitutivo del Ser. La identidad se vuelve templo: espacio sagrado de circulación del deseo… Es esto: modo de la poesía decirse sola; y así hallamos también como un destello, como un blanco estallido de silencio que dice lo que no puede decirse con palabras. Veamos: “En el olvido / mi alma comienza a amar / sin nombre”. 

El amor sin nombre introduce la dimensión más pura de la taocuántica: lo amoroso como experiencia despojada de identidad lingüística, donde el Ser ama más allá de toda nominación… La voz poética de Mikenia Vargas va en procura, en anhelo de arribar al límite de lo sonoro, al territorio del silencio, al rebosar de silencio, porque el silencio lo contiene todo, como la noche inmensa que dice sin voz su misterio… Veamos aquí esta singularidad, de palmo a palmo taocuántica: “Si no puedo verte / mis ojos son una vela encendida para nadie”… 

La ausencia no apaga la visión sino que la convierte en ofrenda. La luz ya no ilumina un objeto sino que se sostiene a sí misma en la espera… Sólo dos versos, y en ellos, lo luminoso, la sadhana que desafía toda razón, el pausado fulgor de la sabiduría poética diciéndose sin palabras… Sí, el arribo al saber poético que postulamos desde la taocuántica; la gracia de una sabiduría no buscada, porque no es ella algo que, como un pez entre las raíces del agua, pueda encontrarse a través de la búsqueda, esa errática ejercitación que nos distrae y distancia de nosotros mismos, como el amor, que se ahuyenta cuando le perseguimos, y llega cuando nos damos a ser y estar en equilibrio con el Ser de todas las cosas; de modo que participamos en la música de la vida, y fluimos en una permanente celebración de gratitud… Y, cuando es irremediablemente de ese modo, en el imparable viaje que vamos siendo, se hace comprensible la esencialidad del sentido último y primero de un poema como “Los cuerpos”(p. 73), que emerge como un eco inevitable, como la voz de un pozo de la niñez desde El  templo del deseo de Milenio Vargas. Citamos:

No es el azar, / es el tejido de nuestros pensamientos, / la huella en donde me encuentro, / el reflejo de lo inmutable. / Un campo de fuerzas que traspasa la mirada: es amarte. 

Mikenia Vargas.

En este cierre conceptual, los cuerpos no son materia aislada sino red de pensamiento encarnado, campo de fuerzas donde lo amoroso se revela como estructura del Ser. El cuerpo deja de ser biología para convertirse en red de pensamientos entrelazados. No hay azar, sino estructura invisible: el tejidos de nuestros pensamientos sugiere una realidad donde lo mental y lo corporal son indistinguibles. El amor aparece como campo de fuerzas, no como emoción. “Traspasa la mirada”, dice la poeta, indicando que los esencial no es visible, sino estructural: una física de vínculo y relacional donde amar es reconocer la arquitectura invisible que sostiene la existencia compartida… En conjunto, la poética de esta poeta no se limita a expresar el amor ni a describir: convierte todo en fenómeno ontológico, en oscilación entre el vacío y la forma, entre cuerpo y energía, entre presencia y desaparición. La poética taocuántica que respira en esta singular creadora no busca estabilidad, sino vibración; no afirma identidad, sino tránsito; no fija sentido, sino que lo deja en estado de colapso permanente, como si cada verso fuese una partícula que sólo existe cuando es observada por la intensidad del deseo… 

En su conjunto, la obra de Mikenia Vargas no solo ilustra la poética taocuántica: la encarna como forma de vida. Cada poema es una modulación de conciencia, una variación del mismo principio fundamental: la realidad como interpenetración de vacío y forma, de deseo y conocimiento, de presencia y disolución. Su creación no busca representar lo real sino reactivarlo en el lector, hacer que el lenguaje deje de ser superficie para convertirse en acontecimiento interior. En esa medida, su obra no se limita a la literatura, sino que opera como experiencia de transformación perceptiva, donde el lector es conducido, casi sin advertirlo, hacia una sensibilidad expandida. Y es precisamente en esa expansión donde el libro encuentra su cierre: no en una conclusión conceptual, sino en una apertura continua del ser hacia su propia comprensión inacabada. Porque en la poética de Mikenia Vargas, el deseo no culmina, el lenguaje no se agota, y el Ser no se define; simplemente se revela, una y otra vez, como tránsito sagrado entre lo que es y lo que está siendo, para ser otra cosa. Y esto, amigos míos, es pura ontología del auténtico e irresistible hecho poético.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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