La novela, dentro de una definición abierta, es una narración donde, desde espacios y tiempos determinados, y con la participación de diversos personajes, se plantean situaciones y se desarrollan eventualidades, con la participación activa o pasiva de estos.
Ese planteamiento de situaciones y/o eventualidades puede estar a cargo de un narrador (que puede ser, o no, el sujeto-autor, u otro sujeto, dentro o fuera de los acontecimientos que constituyen los actos de la escena).
La novela, como producción narrativa, en el panorama literario dominicano, ha mantenido un desarrollo pausado.
En este caso, se trata de un extenso relato donde un sujeto-narrador participativo va relatando el acontecer y donde una figura núcleo —en este caso llamada “Honorina”— expone su vivir a partir de la transgresión temporal y espacial que domina su cambiante y fantástica personalidad.
Ese lento crecimiento se debe a su estructura, ya que requiere de un andamiaje narrativo más amplio y de una organización dramática y espacial más compleja que la poesía y el cuento, debido a la disposición de sus espacios accionales y a su argumentación narrativa.
En esta ocasión abordamos lo que el sujeto-autor califica como una “novela”, fundamentada en los rejuegos del imaginario y en una mirada ficcionada que, desde una forma poética, le otorga suspenso a cada escena, mediante un relato de hechos que sobrepasan lo espacial, lo real y la temporalidad.
La diagramación de esta obra fue realizada por Ludwig S. Medina. El diseño de la portada y la edición correspondieron a TNEditores (Santo Domingo, R. D., 2025). La obra contiene 100 páginas.
Metresa, de Fernando Fernández, es un extenso relato fundamentado en la realidad ficcionada de sus personajes, donde se fusiona lo irreal con los ribetes de una realidad confusa e inestable, en la que la temporalidad se dispersa desde el pensar y el actuar de unos personajes transexistenciales, místicos y difusos.
El sujeto-autor dedica este libro “a toda la familia…” y “a todos mis amigos que creen en la magia de la palabra”. Además, agradece a Virgilio López Azuán, a Tony Rodríguez Labourt y a Luesmil Castor por leer y colaborar con la publicación de la obra. Asimismo, agradece a la pintora Gloria María Díaz y a su hija Fernanda Fernández por facilitar el diseño de la portada (véase p. 7, obra citada).
Nota: No aparece la autoría de la ilustración o imagen de la portada. Una cosa es “facilitar” la obtención de la imagen y otra muy distinta es la autoría de la misma, aspecto que, en derecho de autor, resulta sumamente delicado.
Por esta razón, y por respeto académico hacia mis lectores y lectoras, no puedo afirmar que Gloria María Díaz sea la autora de la obra pictórica, de la cual sobresale una profunda expresión de resentimiento y soledad, lograda mediante el uso combinado de colores —donde el negro y el amarillo configuran una multiplicidad simbólica de sentidos— a partir de las posturas de la imagen femenina representada (véase la portada de la obra citada).
La obra, en su primera edición, está prologada por el poeta, narrador y ensayista Virgilio López Azuán (véanse pp. 15-18, obra citada).
En su estructura temática, esta novela consta de dos (2) partes, con una subdivisión representada por veintinueve (29) fechas de días, meses y horas que funcionan como marcas o registros temporales que guían el accionar ficcionado que aquí se engarza a partir de los personajes.
Es desde el imaginario que se establece la movilidad narrativa de esta obra. Los espacios de acción son también transespaciales, por lo que, amigo lector o amiga lectora, no debe asombrarse si en algún momento interactúa con personajes de la cultura griega, africana, española o indígena, como marcas referenciales que nos ubican en los ribetes de una posible antropología cultural vinculada directamente con nuestra identidad.
La temporalidad se presenta aquí como una constante de la discursividad narrativa que fluye a lo largo de la obra.
Lo onírico atraviesa el narrar y el actuar de los personajes centrales. Honorina sabe disfrutar su potencial sexual desde la autocomplacencia orgásmica, acción que se registra en un baño, mientras piensa en sus viejos amores y en Rafael, su actual e ilusorio amor. Veamos:
“Los temblores y escalofríos le corrían el cuerpo como si tuviera fiebre, eyaculando tórridamente, pensando en Rafael, o quizás en Aquiles y Manuel, o en otros con los que estuvo o soñó mojada, moviendo sus nalgas sexualmente, porque vivía en medio de un trance a través del cual viajaba silenciosa en el tiempo para convertirse y reconvertirse junto a las historias familiares y la de aquel pundonoroso Aquiles”
(p. 20, obra citada)
Honorina, más que un personaje troncal, es el referente núcleo del que se vale el sujeto-autor para encadenar su narrar y su novelar desde una perspectiva simbólico-poética.
En este libro, lo onírico y lo fantástico conviven en un mismo espacio referencial, por lo que la irrealidad propia de los entornos ficcionales se mezcla con la realidad, conformando un universo ilusorio, ritualizado y transgredido.
Desde la voz de un narrador omnisciente, las acciones se presentan de manera secuencial, cuidando de no dejar escapar ningún detalle de la memoria o del recuerdo de Honorina, personaje central de la obra.
Mediante el recurso de la intertextualidad, el sujeto-autor nos presenta un erotismo subliminal, material y terrenal, llevando su narrar a planos cercanos a lo absurdo. Veamos:
“Los árboles de un parque cercano exudaban la buganvillia del barrio y se mecían lentos y tristes en el verano. Un dembow estridente —con gracia— sonaba con impudicia y buen humor, y Honorina, inconsciente, movía hacia atrás y hacia adelante la pelvis y sus protuberantes y esculturales nalgas”.
“Mueve tu cintura, mami / mami / mami.
Dámela, mami / dámela, mami.
Dámela que te la voy a sacá”.
(p. 36, obra citada)
Desde la voz del narrador omnisciente y testigo a la vez, el lector puede percibir el bagaje cultural del sujeto-autor, quien pone de manifiesto dioses, creencias y panoramas de la realidad cultural griega, española y dominicana como parte de su entramado discursivo.
La atemporalidad funciona aquí como un recurso estratégico que permite situar un contexto abierto donde pasado, presente y futuro poseen el mismo valor para construir el registro de la nada en la memoria y en el contexto de los personajes.
Finalmente, más que asumir este libro como una novela, me atrevo a catalogarlo como un extenso cuento, sustentado en un relato de hechos y en la presentación de espacios desde el uso del imaginario, asumiendo la lengua en uso como recurso expresivo de base estética.
Con esta afirmación —la de estar ante un largo relato con ausencia de conflictividad— y a partir del rejuego intencional del imaginario del sujeto-autor, abro los caminos del razonamiento crítico con el objetivo de provocar una discusión académica en la que predominen la pertinencia y el respeto al otro
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