Mateo Morrison (1946) es una figura que ya no requiere una extensa presentación en nuestro país, la República Dominicana, dada su sólida y prolongada labor tanto en la poesía como en su dimensión intelectual y como gestor cultural. En ese contexto, y bajo el signo de una obra que aspira a cierta permanencia, “Amor que se derrama” (Poeta de la Era, Santo Domingo, 2026) el estudio de la poeta y ensayista colombiana Consuelo Hernández (1952) sobre la poesía reunida de Mateo Morrison, en la antología “Brilla sobre mí un sol que invento” (2024), publicada por la editorial mexicana Círculo de poesía, con selección y prólogo del poeta y editor Mario Bojórquez, se configura como una aproximación rigurosa y profundamente sensible al universo poético de Mateo Morrison. En esta lectura, Morrison no es únicamente el autor de los textos analizados, sino el centro articulador de una experiencia estética en la que el amor se convierte en principio generador, en fuerza estructurante y en destino último de la palabra poética. Para Hernández, Morrison construye una obra donde el amor no se reduce a una emoción pasajera, sino que se despliega como una categoría total que atraviesa la existencia, la memoria, el cuerpo y la historia.
Desde este punto de partida, Hernández identifica en Morrison una concepción expansiva del amor. En Morrison, el amor no se limita a lo sentimental ni a lo íntimo, sino que se proyecta hacia múltiples dimensiones: el erotismo, la familia, la cultura, la identidad y la muerte. Así, Morrison transforma el amor en una experiencia compleja, en la que convergen lo vital y lo trágico. Esta amplitud temática permite que la poesía de Morrison se configure como una suerte de cartografía emocional, donde cada poema es una estación de tránsito dentro de una experiencia mayor.
En un primer momento de su estudio, Hernández se detiene en la dimensión erótica del amor en Morrison. Aquí, Morrison aparece como un poeta que explora el cuerpo no solo como objeto de deseo, sino como espacio de revelación. En libros como “Espasmo de la noche”, Morrison logra una depuración del lenguaje que intensifica la experiencia sensorial y convierte el erotismo en una forma de conocimiento. Para Hernández, Morrison sitúa el cuerpo en el centro de la experiencia poética, haciendo del deseo una vía de acceso a una verdad más profunda. En este sentido, el amor en Morrison es una experiencia que se vive en la carne, en la intensidad del instante, pero que al mismo tiempo trasciende lo inmediato para convertirse en reflexión.
“La sabana sabe de otras cosas…sabe de los cuerpos diluidos, de la humedad que hace temblar.”
Sin embargo, Hernández advierte que en Morrison esta exaltación del cuerpo no permanece intacta. A medida que avanza la obra de Morrison, el amor se ve atravesado por la conciencia del desgaste, por la fragilidad del tiempo y por la inevitable presencia de la pérdida. En este tránsito, Morrison introduce una dimensión más compleja del amor, en la que la casa, la familia y la memoria adquieren un papel fundamental. La casa en Morrison se convierte en un espacio simbólico donde se condensan los afectos, pero también las tensiones y las ausencias. Hernández observa que en Morrison el amor doméstico está marcado por la ambivalencia: es refugio y, al mismo tiempo, escenario de conflicto.
En este punto, Morrison construye una poética donde el amor se entrelaza con la identidad cultural. Hernández observa que en Morrison la herencia no es solo biológica, sino también simbólica. El amor se convierte en una forma de transmisión cultural, en un mecanismo a través del cual se preservan valores, historias y tradiciones. De este modo, Morrison sitúa su poesía en un horizonte más amplio, donde lo individual se conecta con lo colectivo.
“Bien que llegues, ardiente de poesía…arribes derribando muros construidos…agredas el tranquilo estadio de mis horas, tomes una rígida posición y exprimas mi cariño”.
Esta apertura hacia lo colectivo alcanza una de sus expresiones más significativas en textos como “Pasajero del aire”. En esta obra, Morrison incorpora figuras emblemáticas de la lucha contra el racismo y la injusticia, como Rosa Parks, Nelson Mandela y Martin Luther King, entre otros. Para Hernández, este gesto revela una transformación fundamental en la poética de nuestro poeta: el amor se convierte en una ética de la solidaridad.
Otro aspecto relevante que Hernández subraya en Morrison es la dimensión estética de su escritura. En varios momentos de su obra, Morrison establece un diálogo con otras artes, especialmente con la pintura. Este libro, ilustrado por los pintores dominicanos Dionisio Blanco, Rosa Elina Arias y Juan Mayí, refuerza, desde su concepción estética, los núcleos temáticos que atraviesan la obra de Morrison.
A través de imágenes que remiten a cuadros, figuras y composiciones visuales, Morrison en su libro “Apropósito de las imágenes” construye una poética en la que el amor aparece como una experiencia fragmentada, atravesada por la percepción y la mirada. Para Hernández, este recurso permite a Morrison explorar el amor desde una perspectiva sensorial más amplia, donde lo visual y lo emocional se entrelazan.
En esta etapa, el amor en Morrison se redefine como aceptación. Morrison no presenta la muerte como ruptura definitiva, sino como parte de un proceso natural. El amor, lejos de desaparecer, se transforma en memoria, en huella, en lenguaje. Hernández señala que en Morrison la preocupación por la herencia y por el silencio no es una expresión de desesperación, sino de lucidez. El poeta reconoce la finitud, pero al mismo tiempo afirma la permanencia de lo esencial.
“Las máscaras se reúnen para debatir los sonidos del agua, los latidos del centro de la tierra y la muerte lenta del sol”
El estudio de Hernández sobre la poesía reunida de Morrison permite comprender la riqueza y la complejidad de este universo poético. Morrison emerge como un poeta en el que el amor no es un tema más, sino la materia misma de la poesía. A través de sus distintas modulaciones —erótica, familiar, cultural, social y existencial—, Morrison construye una obra que da cuenta de la experiencia humana en toda su amplitud. Así, Morrison no solo escribe sobre el amor, sino que lo convierte en una forma de conocimiento, en una manera de habitar el mundo y de enfrentar el paso del tiempo.
Se trata de una poesía habitada por un lirismo ardiente, donde el erotismo se entrelaza con la sensualidad y el placer, sin perder de vista su carácter transitorio. En algunos momentos, la voz poética se desplaza hacia una reflexión más meditativa, en la que emergen la vejez, la muerte y una suerte de “quinta estación” como espacio simbólico de espera y trascendencia.
Asimismo, no está ausente el reverso del sentimiento amoroso: el desamor, la pérdida y la anticipación de la muerte, que en la obra adquieren un tono no solo trágico, sino también, en ocasiones, extrañamente consolador. La poesía de Mateo Morrison articula así una tensión constante entre lo vital y lo finito.
Otro eje importante es el de la memoria y el arraigo: el amor por la tierra, por los espacios —plazas, ciudades, paisajes— y por los sujetos que los habitan. En este sentido, destacan también las referencias a la negritud y a figuras culturales que encarnan una identidad colectiva, abordadas desde una mirada que busca dignificar y complejizar esa herencia.
La parte final de “Brilla sobre mí un sol que invento”, de Mateo Morrison, de acuerdo con el análisis de Consuelo Hernández, funciona como cierre y, a la vez, como apertura: un testimonio de la diversidad formal que caracteriza su escritura y del desafío poético que esta implica. En conjunto, estamos ante una obra que aspira a lo trascendente, desplegando una poesía que se mueve en múltiples dimensiones y registros, sin renunciar a su vocación profundamente humana.
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