Ahora que entré a la etapa del abueleo, veo ese rostro más que angelical, más que cualquier ángel imaginado por su Santidad Don Raffaello Sanzio.
También me veo, desde aquellas fotos naturalmente en blanco y negro, como obligadas, donde estaba bien tenso.
Ver es verse. Naces y ya tienes más estampas que pecados originales.
Cuando nací tuve las mías. Era gordo, blanco, pobre, hijo de madre soltera, ocoeña, padre militar, marino, barbero, mocano, poco después de que mataran al Jefe.
Gabina me llevó al médico porque tenía la cabeza enorme, pero el médico le dijo que no era nada, y para consolarla le dijo que yo sería alguien super inteligente. ¡Hasta me lo creí!
Como en las uñas tenía unas marquitas blancas, en la esquina determinaron que eran regalos, ¡regalos que iba a recibir!, ¡yo el regalado!
Fui creciendo y entonces era de Villa Francisca, iba a la Escuela Uruguay, era cabezón, medio gambao, seguía siendo gordo.
Cuando tuve que ir a Los Mina a completar el Bachillerato, entonces era uno que cruzaba el puente todos los días, seguía siendo blanco entre un chin más de blancos pero la mayoría eran negros, comencé a ser el ciego porque utilizaba lentes. Si trataba de hablar correctamente el español, entonces era el fisno, el que comía espaguetis todos los días.
En las UASD era arrogante, machista-leninista, perdido en el espacio, desfasado, sabelotodo, confianzudo, labioso, aunque me puse flaco -pero sólo por tres años-.
Una vez tuve una novia que se quilló conmigo porque para ir a un concierto de Gloria Estefan en Chavón tuvo que darse su motoconcho y a todo pulmón me gritó que nunca había tenido un novio sin auto, como yo. Desde entonces, veo la condición de peatón peor que uno de los condenados del Clan Manson.
Al venirme a Berlín en 1990 era dominicano, negro, tercer mundista, caribeño, habla-raro. Una vez que estaba en Munich, una loca me gritó que era “un mierda berlinés”, porque mi alemán tenía una deriva bien berlinesa, ja wohl.
Aunque tenía innumerables amigas lesbianas, las amigas lesbianas de mis amigas de igual opción me consideraban misógino, fresco, arrogante, ¡porque les decía que era yo quien tenía que conducirlas en el estudio del merengue!
Cuando le advertía a mis amigos que la güiria y el guayo y el tiki tiki del merengue me mareaba, entonces fue el antidominicano, la bestia, o se hunde la isla.
Cuando escribí que cómo se puede pasar uno la vida entera oyendo el Himno Nacional y pensar que pertenece a cierto ámbito angelical, me dijeron de todo.
Tras cada visita a los médicos siempre aparece algo, exactamente como cuando llevas tu Kia o tu auto coreano al taller. Que si los valores de aquí y de allá, que si la caries, que si los glóbulos verdes, que si diste los 10 mil pasos que te recomienda tu iphone, que si es mejor la dieta Keto que la de todo verde, que si sobreviviría al efecto invernadero y yo loco por poner en la manera menos agua y más litros de leche, como que no se me dá con frecuencia.
Gracias a la Fiesta del Libro que organizo, soy excluyente, elitista, manipulador, soberbio, acaparador
Ahora que en Berlín hace 40 grados y que estoy en traje de Adan y con tremendo abanico, abro todo ese cuasi infinito álbum de estampas que conservo y me arrastra, y por suerte lo único que ha quedado de todo será seguramente lo más terrible.
¡Sigo siendo gordo!
[Moraleja: sería lo mismo ser “dominicano” o “indonesio”, al final todo es una tómbola, ton, ton, ton, como cantaría Rosalina con su coro de féminas].
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