Que la reputada escritora Ana Almonte, en su visión apocalíptica de los días postreros, haya recurrido, en el último capítulo, Epílogo, en su novela Luces de alfareros, a la aparición, en toda la Tierra, de un extenso imperio o gobierno mundial, “una sacerdotisa se acerca para ocupar la silla de oro y diamantes en lo que comprende unir dos hemisferios, Oriente y Occidente y convertir a las potencias en una”, representa un acontecimiento puntual, aunque inextricable, pertinente a la narrativa bíblica, la bestia anticristo que, formulada por el apóstol Juan, tomaría el dominio, omnímodo, sobre todas las naciones del planeta.
De hecho, los espectros de “aquellos sueños” habrían de ocurrir, “se concretarían”, conforme a las reflexiones o deducciones de un “pequeño instrumento”, alegórico y escriturario del destino, la heredera y nieta de la acaudalada Dunda Dabrowski, Dalsy Dabrowski, quien, predestinada y renacida, “resurgida”, desde que abandonara los empíreos refugios insulares, “el poder de la tierra”, asumiría, ya de regreso a la metrópolis neoyorkina, o la ciudad que nunca duerme, “estaba planificada su orfandad para experimentar en carne propia las vicisitudes por la que tuvo que atravesar”, ¿sacrificio de redención?, la continuidad y el manejo del imperio económico de su abuela, “el poder del dinero en la tierra”, en el contexto de otros cuantiosos fiduciarios, “tentáculos de un pulpo”, sueltos, ralos, en las dimensiones o reductos de las ambiciones terrestres.
Y es que la “trama”, o tutela, de un solo gobernante, soberano, con poder y autoridad sobre todos los demás gobiernos, no solo formaba parte de las apófisis o extremidades malditas del susodicho y simbólico octópodo, sino que también respondían, desposadas, comprometidas, a una arquitectura, escatológica, de “una primigenia ley universal”, subrepticias en “unas escrituras”, y tocante a estas, el Libro mayor”, propio de esa otra contrapartida Oriental, donde holga, reposa, igualmente, “el origen de la larga vida, la salud, la muerte y de la plenitud en esa otra existencia propia del alma…” Excepto de quienes lo escribieron, nadie conocía o sabía del “gran libro”.
“… solo cumple con los designios que trazó, que habría escrito en etapa de evolución pasando por cientos de millones de vidas con la esencia de monjes, guerreros, emperadores, conquistadores, sádicos, altruistas, asesinos para luego retornar al sistema sucediendo las monarquías con cultos a las monarquías capitalistas. Sistema que repudia y del que, a raíz de su accidente, hace exactamente diez años, [Dalsy] hubo de renunciar [a pesar del rumbo determinista que la obligaría a regresar, por fuerza cíclica de la historia, a la epítome urbe de consumidores]. Sabía, viendo los rasgos de su hija, [quien también le sucedería], que lo acontecido en su vida se trataba de un proceso de aprendizaje en cuanto al renacer de conciencia y de la experimentación.”
Pues, de vuelta a esas “entidades que verdaderamente gobiernan”, conjuradas en torno al Gran Conflicto, o lucha entre el bien y el mal, Dalsy Dabrowiski las había presagiado, personificadas en un monstruo, mitológico, de una “mujer semita” y, pretendiendo un manto generoso, la Orden de íncubos y súcubos vituperando el nombre de Dios. Empero, contrarrestados estos por ángeles y su ejército de “misioneros, maestros y seres que solo moran en el cosmos”, intentarían impedir que dignatarios canónicos, “que conforman un orden pre-establecido”, en su apetencia tras la “adhesión e incorporación de dos polos, dos hemisferios naturalmente divididos”, Oriente y Occidente, fraguarían pactos, “alianzas”, con la finalidad de materializar “guerras desproporcionales, letales epidemias, devastaciones nucleares y la desaparición definitiva de la humanidad, si esta, iniciando el siglo XXII, bajo la idolatría, el odio y el egocentrismo, insiste en no despertar”.
Hoy, más que nunca, asistimos, en Mateo 13:9, a las enseñanzas, más que suficientes y más que dolorosas, del Cordero de Dios: “El que tienes oídos para oír, oiga”.
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