Que, a pesar de su despertar de conciencia, Dalsy Dabrowski, “la misma que abandonó riquezas para refugiarse en una tribu”, haya retornado, desde unos terruños isleños y toscos, al “marketing en calles y avenidas” de la metrópolis neoyorquina, “tintorerías, restaurantes, plazas, aparadores, salones”, hubo de encarnar, en el episodio De nuevo, El Génesis, de la novela Luces de Alfareros, la dinámica, recurrente, de acontecimientos y vivencias en el devenir humano, fruto de los fenómenos del ayer, hoy, y el vaticinio del mañana.
De hecho, remontándose sobre una leyenda doctrinal, escrituraria, la reputada legataria de riquezas, Dalsy, de vuelta al mundo civilizado, “la ciudad en un espacio acartonado, superpoblado, de escasa naturalidad”, habría de retomar esas divisas de intertextualidad visual como si fueran dictámenes que darían continuidad, junto a su hija y también sucesora, Berenice, al orífice imperio levantado por su abuela, Dunda Dabrowiski, cuya nieta, ahora, nuevamente desplazada, topétase, inesperadamente, a su paso por la avenida Madison, con el saxofonista Jean, “sobreviviente con pocas o muchas aspiraciones en plena ciudad de Nueva York”, quien, en sí, objeto, igualmente, del presente, asumía el reto, condicionado por antepasadas crueldades y decepciones, de la circularidad del desarrollo histórico, entretanto interpretaba una recia melodía.
“Quizás es un grito, lamento ante abusos y desigualdades que, por su color, sufre y arrastra durante años, ocultos sus ancestros en los asentamientos o quilombos donde quedaron sepultados cientos de fieros cimarrones…”
Asimismo, los patrones reiterativos, íntimos, en lo que atañe a sus pretenciones, temores y ambiciones, sostenidos por la acaudalada Dunda Dabrowiski, quien, asediada por antiguas visiones orientales, en sus auges y caídas, leía, releía, “cada mañana los periódicos desde sus aposentos”, aguardando su ansiado encuentro con su nieta, Dalsy Dabrowiski, transformada, pero “la misma persona”, ¿inmutabilidad de la naturaleza humana?, según la reconoció, en una calle de Time Square, el desafortunado Jean.
Y es que, a fin de cuentas, la autora de la novela, Ana Almonte, en el marco escatológico, recrea, reinterpreta, en el susodicho capítulo, la narrativa abarcadora, trascendente, del primer conflicto del hombre en Génesis y, por descendencia, sus diversas e interminables crisis o batallas posteriores, “el mismo hombre terminará devorando, de forma avasallante, su misma especie”, réplicas y rémoras de ciclos anteriores, quedando relegada, comprometida, ciertamente, la lógica interna, lineal, secuencial y continua, o el proceso mismo, sostenible, persistente, del llamado progreso civilizatorio.
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