Según percibimos el tiempo en el famoso cuadro Los relojes blandos o La persistencia de la memoria visualmente Salvador Dalí se muestra como un artista certero: nos deja la extraña sensación de haber atrapado en el lienzo el preciso instante en el que creó la obra. Si Dalí tenía como propósito referirse al tiempo real, su intento fue fallido. Por el contrario, si el efecto inventivo estuvo en imaginar una porción latente del tiempo preciso en los relojes a la hora de pintar la obra, es ahí donde está la magia de su arte tan inusual. La idea de despojarlo de su aspecto historicista requiere, en última instancia, de una concepción imaginaria en estado límite y de un uso inagotable de la memoria infinitum.
En los corrillos de la crítica de arte más autorizada, existe la peregrina hipótesis de que Dalí ha tratado de suspender el tiempo en Los relojes blandos. Respecto de esto debemos hacernos una pregunta general: ¿Qué tiempo es ese, el de Dalí? ¿Es acaso aleatorio? ¿Es un tiempo real o inventado? De lo que estamos seguros es que Dalí logró atrapar, inconscientemente o no, el momento exacto en el que el hombre puede detenerse a pensar o, mejor dicho, puede detenerse a imaginar; mientras tanto, se percibe que ese es el tiempo ideal de la obra, el que está contenido en la mente del genio.
La pregunta obligada es la siguiente: ¿Debe corresponder el tiempo del arte con el tiempo de la realidad? Pienso que la literatura, como intercambio de ideas y experiencias, se ha servido mucho de la relación del hombre con el tiempo, como estrategia creativa y como técnica. En el caso específico de la narrativa, el trastorno del tiempo funciona como un juego tramposo que deliberadamente va creando en la memoria tensiones y conjeturas que fragmentan la vida del lector. A veces, a través de juicios y valoraciones diversas que son a la postre necesarias para enlazar las historias que se desprenden de la mente del artista; incluyo también la música y la pintura, como artes que recorren inevitables escalas de valores y coordenadas temporales.
Esa necesaria comunión del arte con el tiempo es pertinente que la veamos en perspectiva: como materia y sustancia de la realidad, el hombre está hecho de tiempo y memoria. Su vida y su existencia están determinadas por los caminos de la memoria cuando esta trata de recorrer los ciclos temporales. Posiblemente venimos de un pasado remoto, impreciso, que nos ha lanzado al espacio sideral. Todo pudo haber sucedido en fracciones de segundos, dentro de un espacio que se define como materia infinita del universo. Lo que indica que el tiempo pudo haber existido mucho antes que el hombre, o sea, mucho antes de la conciencia. En el libro del Génesis, Dios primero creó el día y luego creó la noche. Fue un instante mágico: Dios dijo: «Que exista la luz» y la luz existió. Luego separó la luz de las tinieblas y a la oscuridad le llamó noche. En otras palabras, creó el tiempo, a su manera habitual de imaginar el universo completo.
En las mejores creaciones literarias el tiempo también tiene forma elástica, como sucede en los relojes de Dalí. En muchos casos la elasticidad depende del grado de imaginación del que está dotado el relato. Véase El milagro secreto de Borges y Un suceso en el puente sobre el río Owl del escritor norteamericano Ambrose Bierce. ¿Cuál es la intención de querer atrapar el tiempo? Pues darle valor a la existencia misma, para confirmar el efecto y el poder de determinación de la imaginación sobre la humanidad. Por esta razón, el tiempo real no puede ser más exacto que el tiempo imaginario, como aquel que percibimos en las creaciones literarias. Esto anuncia que el tiempo, como quiera que se vea, es una categoría imaginaria, sin definición posible. Nos imaginamos un pasado que se fue y un presente que nunca llega. Esto determina que la inmortalidad del hombre no está en querer sujetarse a las condiciones reales y exactas de la realidad, sino en colocar estas cuestiones en un costado de la memoria para que sirvan como catarsis de la vida. Por razones como estas es que la obra de Dalí ha roto todas las coordenadas temporales posibles, porque ha sido capaz de crear fantasías en memoria ajena. Por lo tanto, el tiempo contenido en Los relojes blandos es precisamente ese tiempo elástico que minuto a minuto agotamos todos los días.
En muchos sistemas narrativos, pensemos de paso en novelas, cuentos y libros de memorias, todas las coordenadas temporales están íntimamente relacionadas con la vida del relato. ¿Cómo explicamos que una novela que transcurre en una hora tenga que ser leída en varios días? Por ejemplo, Ulises de James Joyce, cuya acción se desarrolla en un día. Un libro con más de trescientas páginas que requiere de un esfuerzo mayor de lectura que el que sugiere su historia. Esto explica que la correlación de fuerzas temporales transcurre simultáneamente en varias direcciones y está relacionada con los lectores y la vida de los textos narrativos. Esa correlación de fuerzas capaz de estirar el tiempo de acuerdo a los intereses de los personajes es una especie de metáfora que asemeja el relato a un costado importante de la vida que soñamos pero que no tenemos. De ahí que tantos textos narrativos hayan incidido significativamente en los seres humanos a pesar de todas las épocas, como Don Quijote, La metamorfosis y Cien años de soledad.
En los mejores relatos modernos, quiero decir, desde Kafka, Bierce, Mann, Borges, Proust, Cortázar, Joyce, el tiempo es un motor que impulsa las ruedas de la imaginación, lo que en última instancia aporta un valor estético de grandes dimensiones a la trama. En muchos relatos el tiempo se robustece y su elasticidad es sumamente determinante en la vida de los personajes y de los lectores. Tanto en Cortázar como en Borges este se juega de acuerdo a sus diferentes funciones y estamentos: en Borges el tiempo es epifánico, por lo tanto tiene categoría de eternidad; en Cortázar, juega con el instante y ese tiempo determina el tipo de relato y las circunstancias cotidianas en las que se ven envueltos los personajes. Por eso, en el cuento realista el tiempo crea una especie de chatura mental, mientras tanto en el cuento fantástico, que es más imaginario, el tiempo tiene su efecto en la mente del lector donde adquiere categoría de oblicuidad voluminosa, como sucede en Pedro Páramo, la novela de Rulfo, donde el tiempo se suspende y se queda plantado como una masa incólume en la memoria de los personajes y desde allí se expande hacia un horizonte indefinido, donde se deshace. En la novela de Rulfo el tiempo se suspende en la memoria, mientras en Ulises se eterniza en la psicología de Stephen Dedalus.
Para unos, el tiempo puede demorar las pulsiones del pensamiento; para otros puede adelantarlas heroicamente, como el que se consagra en los mejores ejemplos de la épica griega. Cuando se hace el amor el tiempo es dulce y lo imaginamos corto, porque queremos estirarlo, mientras que para otros la medida de Cronos puede ser un tanto fatal, sobre todo cuando se espera la muerte. Cuando somos niños, queremos que el tiempo fluya rápido; cuando ya somos adultos, deseamos el tiempo lento, preciso y pausado. Lo que implica que este es determinante en la condición psicológica del hombre.
Siempre ha sido una quimera tratar de definirlo. Por lo pronto intentamos imaginarlo y ese grado de imaginación que alcanza la memoria nos da la visión de que realmente usamos una determinada porción de la realidad. Por eso, las novelas y cuentos con estas características asumen la imaginación como un bien que realza la vida y adorna la existencia humana. Es algo que intenta parecer un sueño: en definitiva, nos imaginamos que imaginamos el tiempo.
En la doctrina de los ciclos, Borges lo define como una categoría filosófica que el hombre anhela y desea moldear a su antojo. Sin embargo, una fuerza invisible lo devora; en este caso, el tiempo es el gran enigma invisible de los cielos y el gran ocultador de lo ignoto. Por su condición callada y sigilosa, se sobrepone a toda intención, a toda condición material del hombre, no importa cuál sea, ni las circunstancias que le rodean. Su destino final será igual a la distancia que marca el reloj, a pesar de su deseada elasticidad.
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