No es esta la primera vez que Judith Rodríguez, como directora, enfoca las relaciones de pareja con un tono de comedia dramática de final sorpresivo, aun cuando sí es la oportunidad en la cual mejor lo logra. El tema de las relaciones de pareja le resulta un lugar recurrente y conocido.
En 2015, Rodríguez también dirigió Oda a la vida. La pieza marcó su debut en Casa de Teatro, una pieza de carácter íntimo que mezcla drama con elementos de teatro del absurdo, centrada en la compleja relación de pareja que sigue a Gamy y Liz en una sucesión de recuerdos e imágenes emocionales que revelan las tensiones afectivas y psicológicas de la convivencia amorosa, conduciendo hacia un desenlace sorpresivo.
Esta tragedia de final golpeante y rotundo, inicia como comedia de humor oscuro, deja una oleada de excelentes críticas y la huella de dos actuaciones para ser recordadas a cargo de Hony Estrella y Vicente Santos, que debería ser objeto de estudio por los actores y estudiantes de actuación, porque es mucho lo que hay que aprender y una enorme lección estética y mediática.
La obra, con su excepcional economía de personajes (dos intérpretes) y su expresión simbólica y simple expresión escénica, sirve de espacio para establecer una intensa y crítica atmósfera sobre las aspiraciones humanas, cruzadas por la envidia, el sentido de control y las ansias de ascenso social de la clase media.
Vicente Santos (Nicolás) ratifica su talento y sus tablas para desarrollar un personaje que en principio parece ser solo el alivio humorístico, el bufón coyuntural escénico, pero que desarrollará procesos de interacción cada vez más demandantes y psicológicamente violentos con su pareja.
Hony Estrella (Liza) se apropia de un personaje crucial en el montaje: tiene que asumir el movimiento ambulatorio de una persona con limitaciones en los pies, comportamiento que mantiene a lo largo de la obra.
Además de su manejo de la voz, sus inflexiones y su mirada. Es una reconversión histriónica digna de admiración y estudio.
La obra se centra en una situación aparentemente trivial: una pareja espera a otra en un restaurante, como hacen cada jueves desde hace más de doce años.
Sin embargo, los amigos no llegan; una espera que provoca cuestionamientos sobre la amistad, inseguridades personales, comparaciones sociales, tensiones de pareja y reflexiones sobre el lugar que se ocupa en la vida de los demás.
El retraso se convierte en detonante de una disección emocional y social cargada de humor ácido al plantear un hecho simple: dos parejas acostumbran a cenar juntas; cuando una no aparece, la espera abre reflexiones inquietantes sobre su relación y su valor mutuo.
La pieza explora cómo las personas se perciben a sí mismas a través de la mirada ajena y cómo las expectativas sociales erosionan los vínculos.
Los amigos de los otros dos enfrenta la dependencia de la validación externa en cada experiencia propia, cuestiona las bases de la amistad adulta, su desgaste emocional: competencia social y comparaciones, inseguridad afectiva, crisis de identidad en la vida contemporánea e ironía sobre la “vida perfecta” de los otros.
Estamos ante una muestra magistral de cómo el teatro, con humor y tragedia rotunda, nos enseña la hondura de los sentimientos humanos entrecruzados y ofrece un mensaje de esperanza y conformidad con lo que se tiene, con esa voz infantil. Es uno de los finales más impactantes del teatro montado en los últimos años en República Dominicana, un desenlace que opera como un látigo fulminante.
Escrita por Daniel Veronese y Matías del Federico, la pieza fue estrenada en Buenos Aires, Argentina, en 2021 en la sala del Teatro Picadero, y en España el 12 de enero de 2024 en el Teatro Palacio Valdés, protagonizada por Malena Alterio y David Lorente.
En el país se ha presentado durante dos fines de semana con una asistencia desbordante de público que sale admirado de la sala.
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