La literatura clásica griega, por una serie de razones, ha influido en generaciones y contextos diversos a lo largo de la historia. Como señala Calvino (2015), «un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir» (p. 15). En ese sentido, a ese mismo tema se han referido Harold Bloom en El canon occidental (1995) y T. S. Eliot en su ensayo ¿Qué es un clásico? (2003) se refieren a ese mismo argumento y nos muestran su vinculación con la construcción de nuestra cultura y con las formas de pensar. La literatura occidental está influida por la cultura helénica, como afirmó Horacio (65 a. C. – 8 a. C.): Roma fue deudora de la cultura griega; lo mismo afirma Friedrich Nietzsche en su relato del espíritu apolíneo y dionisíaco, al analizar lo trágico y lo existencial del hombre occidental. Esa influencia abarca desde la Edad Media hasta la era moderna, según afirma Gilbert Highet (1906-1978). Sin embargo, la literatura y la cultura evolucionan en función de los contextos y de las maneras de vivir juntos. Se generan nuevas fuentes de expresión, diversas maneras de comunicar, sensibilidades que estimulan los actos creativos y el derrumbe de arquetipos culturales, religiosos y sociales, lo que modifica las formas de auscultar la realidad.
Ha habido épocas más activas que otras en cuanto a las propuestas del pensamiento artístico, tomando como punto de partida la visión que tenían los griegos sobre el tema. Esta cultura poseía ideas estéticas que sostenían que la belleza o armonía estaba ligada al orden del cosmos y a la virtud humana; no separaban lo bello de lo útil, lo verdadero o lo moral; y reflexionaban sobre el arte, el amor y la belleza. Entre las épocas más activas se pueden mencionar: el Renacimiento (siglos XV-XVI), el Neoclasicismo (siglo XVIII), las Vanguardias del siglo XX y —con menos activismo—, la Edad Media (siglos V-XV), el Manierismo (finales del siglo XVI) y el Academicismo (siglo XIX). Sin embargo, la estética comenzó a concebirse como una disciplina independiente en el siglo XVIII, cuando el filósofo alemán Alexander Gottlieb Baumgarten empleó por primera vez el término en su obra Aesthetica.
Pautas de la acción creativa
Las épocas, en sentido general, con sus contextos históricos, políticos, sociales, económicos y culturales, marcan la pauta de la acción creativa. Este concepto forma parte de la sociología de la literatura, la historia social del arte y la sociocrítica, cuyas referencias encontramos en la Historia social de la literatura y el arte de Arnold Hauser (2012), en Las reglas del arte: génesis y estructura del campo literario de Pierre Bourdieu (1995), en su teoría de los campos, o en la teoría del reflejo de György Lukács (1966). El arte y, en particular, la literatura, se constituyen en memoria racional y emocional, en la que las palabras alcanzan categorías estéticas para contar o poetizar realidades, vivencias y fantasías propias de los individuos del presente. Al ejercer su oficio, el escritor es un intérprete de la realidad y de los sueños que lo acompañan. En cualquier detalle de una obra, ya sea en el tema, la forma, las características de los personajes, la prosa, los versos, los tonos, el ritmo o el léxico, está presente el rastro del contexto de lo que escribe. El artista o autor se convierte, aun sin proponérselo, en aquel sujeto que deja la marca de tiempo del que narra o del que vive. Este concepto es desarrollado por Theodor W. Adorno, en su Teoría estética (2004), que aborda los conflictos de clases, los traumas históricos que subyacen desde el inconsciente de los autores, y Walter Benjamín, de la Escuela de Frankfurt, en el texto Iluminaciones (Aguirre & Blatt, Trads., 2018), refiriéndose al valor histórico del arte, porque en las obras quedan impresas las huellas, grietas y contradicciones de su tiempo. Por último, Lucien Goldmann, en su texto Para una sociología de la novela (Ballesteros & Ortiz, Trads., 1975), lo argumenta mediante el estructuralismo genético y el sujeto transindividual. No importa la naturaleza, el propósito o el tipo de literatura, los fragmentos de los códigos epocales no solo subyacen, sino que también afloran en los textos. Existen autores que, según las obras —como las históricas—, recrean y se subsumen en el pasado en busca de un realismo que justifique el tema y la época en que se desarrolla la trama. La fértil capacidad imaginativa los traslada a los entornos de los personajes y de los hechos. Si se centra en un acontecimiento del medioevo, las huellas de ese tiempo deben aparecer en la obra. Pero hay autores, como los del posmodernismo, cuyas obras deben reflejar el contexto. Para las futuras generaciones, estas obras servirán de referencia para el análisis de la evolución del pensamiento literario.
Si ponemos, por ejemplo, a un autor del medioevo, las formas, signos, códigos y ritmos cotidianos de la época posmoderna no aparecerán en su obra; aunque existen visionarios que se adelantan a su tiempo e interpretan elementos del devenir, estos constituyen casos excepcionales. Caben señalar, a modo de ilustración, a Jorge Luis Borges, quien es un puente hacia el posmodernismo, con sus ficciones y relatos intuitivos. El cuento “La biblioteca de Babel”, incluido en su libro Ficciones (1944), ofrece una idea de la sobreinformación, del caos y del descentramiento del sujeto actual. O en James Joyce, en Finnegans Wake (1939), que incluye el pastiche lingüístico, o en Luigi Pirandello, en su obra teatral Seis personajes en busca del autor (1921), que intuye las “grandes verdades” que cayeron en la segunda mitad del siglo XX y anticipa la metaficción posmoderna. Pero vamos a uno más atrás y llegamos hasta Julio Verne (1828-1905), autor visionario que, en sus magníficas obras, anticipó múltiples avances tecnológicos y científicos extraños para su época, como el submarino eléctrico, los viajes espaciales, los rascacielos, los trenes de alta velocidad, las videollamadas y la comunicación a escala global.
Un autor del medioevo no podía escribir como lo hace uno del posmodernismo. Los contextos y las experiencias son distintos. Los escritores de hoy no escriben como los de ayer, a pesar de que algunos anclen en el pasado. En las épocas predominan ideas, estilos y sensibilidades individuales y sociales que generan campos imaginativos y estructuras de pensamiento en constante evolución. La poesía romántica o de vanguardia imprimió un valor emocional en épocas y lugares determinados. Los hispanoamericanos percibimos el fenómeno poético romántico cuando ya había pasado su auge en Europa. En Alemania, Francia e Inglaterra, llegó a su esplendor entre 1790 y 1830, mientras que en Hispanoamérica, a partir de 1832, con la publicación del poema "Elvira o la novia de Plata" del argentino Esteban Echeverría, alcanzó su máxima expresión con la novela María del colombiano Jorge Isaacs en 1867. En los países de América Latina se observa un retraso cronológico en el cultivo de la poesía romántica, por diversas razones que merecerían ser motivo de otro texto. Este es solo un ejemplo de cómo los contextos influyen en la creación literaria.
El acto de imaginar
La imaginación, de la que parte la creación literaria, es una herramienta que puede aumentar o disminuir la fuerza de los pensamientos y los afectos. No busca demostrar leyes físicas ni matemáticas mediante la razón. Como señala Spinoza (1632-1677) y comenta Castro (2021), en La fonda filosófica es la capacidad de la mente para formar ideas a partir de las huellas o impresiones que los cuerpos externos dejan en nuestro propio cuerpo. El acto de imaginar no es totalmente abstracto; de alguna manera, las cosas del medio influyen en la creación de ideas, producto de la unidad entre la mente y el cuerpo. Los autores del Romanticismo se desarrollaron en un contexto histórico de convulsiones políticas, sociales y culturales que abarcó desde finales del siglo XVIII hasta la primera mitad del siglo XIX. Hechos como la Revolución Francesa, la Revolución Industrial, el éxodo de las zonas urbanas y los nacionalismos consolidaron lo que Löwy y Sayre (2002) denominan una estructura de resistencia y melancolía frente al capitalismo naciente. Este ámbito de alienación provocó sentimientos de frustración e individualismo, obligando al artista a la subjetividad ante un entorno difícil, como lo describe Hauser (2012).
Rubén Darío, en su libro El canto errante (1907), ahonda en lo más profundo del sentimiento romántico con los siguientes versos: «Románticos somos… ¿Quién que es, no es romántico? / Aquel que no sienta ni amor ni dolor, / aquel que no sepa de beso y de cántico, / que se ahorque de un pino: será lo mejor…». A pesar de ser el padre del modernismo, Darío nunca renegó de esta sensibilidad originaria. El impacto de su revolución estética fue tal que Jorge Luis Borges, en una entrevista con Harold Alvarado Tenorio, llegó a afirmar: «Todos somos hijos de Rubén Darío; todo procede del modernismo». Así, el legado de esta transición histórica ha seguido transformándose a finales del siglo XX y en lo que va del siglo XXI. Cabe destacar que la tradición romántica mantiene una impronta imborrable en Hispanoamérica; la melancolía, la tristeza, la pérdida del ser amado y las cuitas de amor atraviesan los versos contemporáneos como jinetes que se resisten a dejar de galopar. Esta pervivencia no es exclusiva del romanticismo: las estéticas barroca, lírica, vanguardista, social o de la experiencia también encuentran eco tanto en escritores jóvenes como en creadores de la tercera edad. De este modo, las tradiciones poéticas y los cánones del pasado no desaparecen, sino que se siguen utilizando en la actualidad, reconfigurándose e integrándose en nuevas maneras de expresión.
La evolución de la creación literaria
La evolución de la creación literaria —tanto en poesía como en prosa— en la República Dominicana siempre ha adolecido de una vigilancia crítica, salvo algunas radiografías de obras poéticas y en prosa, análisis comparativos e investigaciones sobre las influencias de movimientos y corrientes locales y extranjeros. Ese rastro evolutivo, a veces de desarrollo lento y otras acelerado, refleja influencias tardías, anclajes en el pasado, vacíos estéticos o estrambotismos literarios. Una literatura, en su gran mayoría, apartada de su tiempo. En las últimas décadas, importantes escritores han optado por el tema histórico o por la ficción histórica para novelar. Pero el tema posmodernista es poco utilizado. Entre las obras que presentan estas características se destacan las novelas Mudanza de los sentidos (2002), de Ángela Hernández; La estrategia de Chochueca (2002), de Rita Indiana Hernández; y El hombre del acordeón (2003), de Marcio Veloz Maggiolo, que incorporan rasgos propios de esta corriente o del contexto actual.
¿Cómo piensa y actúa el individuo posmoderno según su contexto? ¿Qué modificaciones han sufrido las maneras de vivir juntos y de sentir? ¿Cómo se expresa para alcanzar niveles estéticos y que los autores sean intérpretes de su presente realidad?
CONTINUARÁ
Domingo 20 de septiembre de 2026
Publicación para acento No. 190
Referencias
- Adorno, T. W. (2004). Teoría estética (J. Navarro Pérez, trad.). Akal.
- Alvarado Tenorio, H. (1983). Conversaciones con Jorge Luis Borges. Ediciones Arquitrave.
- Benjamín, W. (2018). Iluminaciones (J. Aguirre y R. Blatt, trads.). Taurus.
- Bloom, H. (1995). El canon occidental: Las obras y los libros de todas las épocas. Anagrama.
- Borges, J. L. (2011). Ficciones. Debolsillo.
- Bourdieu, P. (1995). Las reglas del arte: Génesis y estructura del campo literario. Anagrama.
- Calvino, I. (2015). Por qué leer a los clásicos. Siruela.
- Castro, A. (2021). La ética de Spinoza [Serie de ensayos y videoanálisis]. La Fonda Filosófica.
- Castro, E. [La Fonda Filosófica]. (2018, 12 de marzo). La Ética de Spinoza, parte 8 [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=…
- Darío, R. (1905). Cantos de vida y esperanza. Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos.
- Eliot, T. S. (2003). ¿Qué es un clásico? (J. C. Santoyo, trad.). En Ensayos escogidos (pp. 235-251). UNAM.
- Goldmann, L. (1975). Para una sociología de la novela (J. Ballesteros y G. Ortiz, trads.). Editorial Ayuso.
- Hauser, A. (2012a). Historia social de la literatura y el arte (3.ª ed., Vols. 1-2). Debate.
- Joyce, J. (2016). Finnegans Wake (M. Chamorro, trad.). El Cuenco de Plata. (Obra original publicada en 1939).
- Löwy, M., y Sayre, R. (2008). Rebelión y melancolía: El romanticismo a contracorriente de la modernidad (G. Montes, Trad.). Nueva Visión. (Obra original publicada en 1992).
- Pirandello, L. (2017). Seis personajes en busca de autor (J. Jordá, trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1291).
Compartir esta nota
