En mi lectura de este verano han estado tirados sobre mi cama, libros de Jacques Derrida. Estoy revisando su trabajo filosófico y aportes al postestructuralismo francés. En dicha lectura me leí de un tirón El texto Mal Archivo, Política de la amistad, la Escritura y la diferencia y volví a releer “de la gramatología", entre otros. En verdad es un filósofo con una escritura de contenido denso y con el cual hay que estar abrigado o abanicándose, porque su lectura te abre a un montón de preguntas y a un amplio conocimiento sobre filosofía, lingüística, literatura, antropología y psicoanálisis.
Desde joven admiré a los postestructuralistas. Yo me identifico con el estructuralismo de Levi-Strauss y la pandilla de Foucault, Ricoeur, Barthes, Lacan y Julia Kristeva. Un grupo de descodificadores del lenguaje, cuya apuesta principal era abandonar la semiótica y los grandes universales para proponer nuevas miradas, a través del lenguaje y lo que atraviesa al texto en el proceso de su análisis.
Las ideas volaban por mi cabeza de cómo el filósofo Derrida inició un proceso crítico de su propia esencia moderna para crear una técnica que aborde las contradicciones internas de los textos filosóficos y literarios cuestionando todo lo que se enmarcará en los análisis de códigos fijos y estables, como era la práctica de los estructuralistas. A su mirada, lo que usted lee o escribe y que por ende cree entender pueda que tenga un significado particular y oculto. Dado que los significados son contradictorios, estratificados, esquivos e imprecisos.
Este hombre, nos decía que las cosas son apariencia. Trata de transparentar lo escritural mediante un método que llamó la deconstrucción. Está técnica desde que él inició sus estudios y la aplicó a los textos, marcó un antes y un después en el análisis escritural. Derrida explica que la deconstrucción puede mostrar que existe más de una interpretación en un solo texto.
Leer a Derrida me llevó a pensar en la lógica formal de la argumentación, la topología, las estrategias del escritor y de los dramas que abordamos con la palabra.
Explica sin tapujos que no se puede pensar en una sola interpretación correcta de lo textual, pues en todo trabajo escritural existen contradicciones, ambigüedades, cosas ocultas por razones ideológicas y que las ausencias de información hablan más del texto que lo que está escrito.
Eso que trata sobre la ausencia me caló directo a la psique y pensé en las estructuras latentes del inconsciente, o los significantes que ocultan los escritores, porque no somos inocentes al proponer un trabajo escritural, ya que estamos atravesados por la racialidad, la clase social, la marca étnica, las creencias religiosas, los delirios nacionalistas, una mirada ética o estética, entre otras de las futilidades con la que los humanos revelan su esperanza con la palabra dicha o escrita.
Este hombre me absorbió el verano, cuando nos dice que escribimos tratando una exterioridad, reivindicando el derecho del habla y en ese mismo instante hacemos una inflexión singular de las que no podemos separarnos por razones propias de la lengua y de la lógica interna de la interpretación.
Esa invitación a leer y escribir propone un tormento, pues no se puede encender el cerillo y no esperar fuego. El hablante y el que escribe muestran esas dobleces, equivocaciones o síntomas interiores que fingen una cosa y se manejan con las ficciones para no transparentar lo que se mueve en el interior del texto. Derrida dice que la escritura lleva consigo un postscriptum que señala el temblor de un gesto y la inestabilidad de un estatus. Esas particularidades pueden observarse con la deconstrucción.
La técnica permite conocer esos significados ocultos que se resisten en el texto, por estar oculto y que muestran las diferentes verdades del libro. El documento es un episodio crucial que nos da un camino para conocer la lógica interna, el linaje ideológico, lo que quiere mercadearse como verdad, la obediencia a la que se somete, los remordimientos y los motivos culturales.
La deconstrucción es un método que se sostiene en subvertir la apariencia superficial de un texto y del discurso mismo. En el pensamiento occidental se escribe y se crean relatos desde un "yo esquizoide" como dice Deleuze y del uso binario, es decir mediante oposiciones que expresan jerarquía, así como construyen su pacto social para despellejar a los que excluyen de la propiedad.
Derrida propone revelar las intenciones ocultas, conocer el andamiaje donde se monta el texto, cuáles son los paradigmas dominantes que intenta construir una textualidad. Habla de una arqueología donde busca los fantasmas y el lugar que ocupa el muerto, desde la cual se habla para interpretar y crear los escenarios.
Leer a Derrida me llevó a pensar en la lógica formal de la argumentación, la topología, las estrategias del escritor y de los dramas que abordamos con la palabra. En toda escritura hay un dolor y una fatalidad que se estructura de manera formal. Escribir es una formalidad que sucumbe a la angustia de la época, a la estación y a un monólogo interior con efecto performativo.
Doy testimonio que Derrida con su método deconstructivo, muestra la lógica del inconsciente que se virtualiza, y que ya, no está limitado como dice él, a la oposición filosófica tradicional entre el acto y la potencia.
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