«Olvidar es también otra forma de amar.»

Nunca pensé que la inseguridad doliera.

Creía que era apenas una duda, una de esas cosas que se atraviesan por la cabeza y luego se marchan. Pero no, la inseguridad sabe quedarse. Se mete detrás de las costillas y allí hace su casa. Algunas noches arde, otras pesa.

Y uno termina acostumbrándose a cargarla. Con el tiempo comprendí que hay caminos que no pueden recorrerse con los pies. Caminos que están dentro de uno y que, sin embargo, parecen llevar más lejos que cualquier carretera. Quizá por eso pasamos media vida buscando afuera lo que alguien dejó escondido dentro.

La flor busca convertirse en fruto, el fruto guarda la semilla, la semilla espera la tierra y la tierra, sin saberlo, vuelve a comenzar la historia. Nosotros hacemos lo mismo. Solo que tardamos más en comprenderlo. Ella era parte de esa historia era mi complemento. Aunque decirlo así parece sencillo y no lo era. Ella habitaba un planeta distinto del mío.

Nunca supe cómo ocurrió aquello. Tal vez el amor no conoce las distancias porque tampoco conoce los mapas. Yo giraba alrededor de ella como esos cuerpos celestes condenados a contemplar desde lejos aquello que los mantiene vivos. Entonces entendí una frase que durante años me había parecido absurda «La única puerta de salida se abre hacia adentro»

Desde entonces comencé a buscarla allí, dentro de mí, porque afuera ya la había perdido.

El inconsciente tiene maneras extrañas de trabajar. Mientras uno duerme, él recoge pedazos de realidad y barre las fantasías debajo de la cama. Pero las fantasías son tercas, regresan, sobre todo cuando tienen nombre. Sobre todo, cuando tienen unos ojos que uno no consigue olvidar.

Pensaba en ella más de lo necesario. Quizá más de lo permitido, por suerte, me decía, el corazón no piensa y el cerebro no sabe amar, de otra manera estaríamos perdidos. Imaginen un corazón obligado a razonar cada latido. O un cerebro teniendo que justificar por qué extraña, sería insoportable. Por eso uno ama primero y pregunta después. Yo había preguntado demasiado tarde.

Todavía tenía la esperanza de encontrar en ella los besos que alguna vez dejé guardados. No en sus labios, más adentro, en ese lugar donde duermen las cosas que creemos olvidadas.

Porque yo estaba convencido de que su alma conservaba algo de la mía, algún pedazo, una astilla. Un recuerdo dormido bajo muchas capas de tiempo, solo necesitaba despertarlo. Eso pensaba. También pensaba que todo hechizo puede romperse si uno encuentra las palabras correctas. No sabía entonces que hay hechizos hechos precisamente de palabras. Y silencios que ninguna palabra puede romper.

Necesitaba verla.

Creía que su presencia podría devolverme la cordura. Que bastaría contemplarla para que todo aquello que llevaba revuelto por dentro encontrara nuevamente su sitio, necesitaba un beso sin pensamiento. Un beso que no preguntara de dónde veníamos ni hacia dónde íbamos, uno de aquellos besos que existían antes de los labios, porque hubo un tiempo en que ella no tenía labios, y aun así me besaba.

A veces pienso en el rey y en su bufón. El bufón salta, el rey mira, el bufón ríe, el rey paga. Todos creen que el rico es el que está sentado en el trono, pero el rey necesita comprar la alegría que el otro lleva gratuitamente dentro, tiene oro, pero el oro no sabe reír. Tiene tierras, aunque jamás podrá caminar sobre todas ellas, tiene un castillo tan grande que desconoce algunas de sus habitaciones, mientras más posee, menos puede salir.

El bufón, en cambio, tiene una fiesta adentro, tal vez no lo sabe, quizá por eso puede conservarla. Durante mucho tiempo pensé que ella era mi alegría y yo aquel rey encerrado en su castillo. Después comprendí algo peor; el bufón también era yo, uno era mi cuerpo, el otro, mi alma y ninguno de los dos sabía cuál estaba entreteniendo al otro.

Era domingo cuando regresé al parque, el barro estaba húmedo. Había llovido durante la madrugada y todavía quedaban pequeños charcos donde el cielo parecía haberse caído a pedazos. Llegué temprano. Siempre llegaba temprano cuando tenía miedo de que alguien no llegara. Me senté en el mismo banco. El parque parecía distinto. Quizá era yo. Los árboles hacían otro ruido. La brisa venía de otro sitio. Hasta las personas caminaban como si aquel domingo perteneciera a un tiempo diferente.

Ella no llegaba. Miré varias veces el camino no pasaba nada. Esperar a una persona que uno ama es una forma lenta de desesperarse, cada minuto inventa una tragedia. Pensé que no vendría, después pensé que sí, después volví a pensar que no hasta que dejé de pensar.

Fue allí, en aquel mismo banco, donde habíamos hablado por primera vez con el alma. Ella me miró entonces como si quisiera descubrir de qué materia estaba hecho. Todavía recordaba aquellos ojos. pero ya no sabía si los recordaba de verdad o si llevaba tantos años reconstruyéndolos que había terminado inventándolos.

Metí la mano en el bolsillo, allí estaba el anillo. Lo saqué, era pequeño, oscuro, frío. Me lo puse y el mundo cambió.

El anillo permitía mirar las almas. No recomiendo hacerlo, hay cosas que es mejor no conocer. Vi a una pareja tomándose una fotografía. Los dos sonreían, pero detrás de sus sonrisas, sus almas estaban sentadas de espaldas. Vi a un niño corriendo detrás de una pelota mientras su alma volaba varios metros por delante de él. Vi a un anciano alimentando las palomas. Su cuerpo estaba solo, pero alrededor de su alma había tanta gente que apenas podía distinguirlo.

Entonces pensé que la soledad también puede equivocarse y la vi. Venía por el sendero. Mi corazón la reconoció antes que mis ojos. Su alma había cambiado. El rostro estaba cubierto de ojos, docenas, tal vez cientos. Unos miraban hacia adelante; otros vigilaban los costados. Algunos parecían mirar hacia dentro. Detrás de ella se arrastraban largos tentáculos oscuros. Me pareció hermosa, no por aquello, a pesar de aquello y tenía labios. Eso fue lo que más me dolió. Qué hermosos labios había aprendido a tener. Llegó hasta el banco. Se sentó. No dijo nada. Yo tampoco. El silencio se acomodó entre nosotros. Finalmente pregunté:

—¿No quiere saber si espero a alguien?

Ella volvió algunos de sus ojos hacia mí.

—No tengo por qué saberlo.

—¿Por qué?

—Porque el extraño es usted.

Miré el banco.

—¿Está segura?

—Vengo aquí todos los días a esta misma hora. Nunca lo había visto.

Sentí que algo se quebraba muy despacio dentro de mí.

—¿De qué planeta viene usted?

Me observó.

Por un momento creí que se levantaría.

—Del planeta de los besos.

—Entonces tenía razón.

—¿Razón en qué?

—En que la conocía.

Sus ojos se movieron inquietos.

—No me conoce.

—Desde que tengo memoria, los habitantes de este planeta no tienen labios. Usted sí.

Ella levantó una mano y se tocó la boca. Lo hizo despacio. Como si acabara de descubrirla.

—¿Cómo consiguió esos labios? —pregunté.

No respondió, uno de los ojos de su frente desapareció, después otro y otro. Ella no pareció darse cuenta. Yo sí.

—Evolucioné —dijo finalmente.

—¿Sola?

—No necesito a nadie.

Otro ojo desapareció.

—Ahora puedo alimentarme de mis propios besos —continuó—. Ya no dependo de nadie. Puedo vivir eternamente.

La seguridad con que lo dijo me produjo tristeza. Hay personas que hablan fuerte para no escuchar aquello que les tiembla dentro.

—Eso no es eternidad —le dije.

Me miró.

—¿Y usted qué sabe?

—Algo.

—¿Qué cosa?

—Que nadie se vuelve inmortal guardándose.

Uno de sus tentáculos se puso rígido.

—No entiendo.

—El amor que no sale termina pudriéndose dentro.

Su rostro se encendió.

—¿Quién le dio confianza para hablarme así?

—Nadie.

—Entonces no lo haga.

—Está bien.

Callé. A veces el silencio consigue entrar donde las palabras encuentran cerrada la puerta. La brisa cruzó entre nosotros. Por un instante tuve la sensación de que aquel viento había pasado antes por ese mismo lugar, quizá años atrás, quizá siglos. Ella también pareció sentirlo.

—¿Por qué me mira así?

—Porque estoy buscando algo.

—¿Qué?

—Un recuerdo.

—Búsquelo en otra parte.

—Está en usted.

Se levantó un poco, pero volvió a sentarse. Dos tentáculos cayeron detrás del banco. Ella no los vio.

—Hace mucho tiempo —le dije— conocí aquí a una mujer que me enseñó que los besos del alma no necesitan labios.

Su respiración cambió.

—¿Aquí?

—En este banco.

—¿Quién era?

La miré.

—Usted.

Todos los ojos de su rostro parpadearon al mismo tiempo.

Después desaparecieron varios.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

—Nunca lo había visto.

—También lo sé.

—Entonces está mintiendo.

—Tal vez.

—¿Tal vez?

—Hay verdades que cuando regresan después de mucho tiempo parecen mentiras.

Guardó silencio. La brisa volvió. Las hojas de los árboles comenzaron a sonar. Ella miró alrededor como quien despierta en una habitación desconocida.

—Esto ya ocurrió —murmuró.

No respondí.

—Yo he estado aquí.

—Viene todos los días.

—No hablo de eso.

Me miró. Por primera vez ya no había enojo en sus ojos. Había miedo.

—¿De dónde viene usted?

—Eso no importa.

—A mí sí.

—Lo importante no es de dónde vengo.

—Entonces, ¿qué importa?

—Adónde voy.

—¿Y adónde va?

La miré.

—Hacia usted.

Retrocedió. Otro tentáculo cayó al suelo.

—No diga eso.

—Fuiste lo mejor que me sucedió.

—Cállese.

—Tú me enseñaste a amar.

—Cállese.

—Cuando no tenías labios, sembré besos en tu alma.

Se llevó ambas manos a la boca.

—Cállese.

—Tal vez esos labios nacieron de ellos.

Entonces gritó:

—¡Usted está loco!

Su voz espantó unas palomas. La gente del parque nos miró. Pero sus almas no. Las almas continuaron ocupadas en sus propias desgracias.

—Puede ser —le dije.

—No lo conozco.

—Lo sé.

—Nunca lo había visto.

—También lo sé.

—¡Entonces váyase!

La miré largamente. Su rostro ya tenía pocos ojos. Los tentáculos se desprendían uno tras otro. Debajo de todas aquellas cosas comenzaba a aparecer la mujer que yo recordaba. O quizá era la mujer que necesitaba recordar. Ya no sabía distinguirlo.

—Me he ido muchas veces de ti —dije.

Ella comenzó a llorar.

—No diga eso.

—Y todas las veces me quedé.

—No.

—Uno puede marcharse de una persona y seguir viviendo dentro de ella.

—No.

—Mis recuerdos están sembrados en algún lugar de tu alma.

—¡No!

—Y aunque los olvides…

Me detuve. Ella esperaba. Yo también. Entonces comprendí. No había ido hasta allí para hacerla recordar. Había ido para aprender a perderla. Ella se puso de pie. Corrió. Mientras avanzaba por el sendero fueron cayendo los últimos ojos que cubrían su rostro. Después cayeron los tentáculos. Los vi quedarse sobre el camino como animales muertos. Quise seguirla, di un paso, solo uno, después me detuve. Me quité el anillo. El mundo volvió a ser el mundo, ya no había ojos en el suelo, ni tentáculos, ni almas llorando detrás de las sonrisas. Solo había un parque, un domingo, una mujer alejándose y un hombre mirando cómo se iba. Entonces entendí que durante todo aquel tiempo había confundido el amor con el regreso, pensaba que amar era recuperar, reconquistar, despertar recuerdos. Volver a ocupar el sitio donde alguna vez habíamos sido felices. Pero quizá amar también consiste en dejar cerradas ciertas puertas.

La vi desaparecer al final del sendero, no corrí, no la llamé, no intenté alcanzarla, porque finalmente comprendí que no era ella quien tenía que recordar, era yo quien tenía que aprender a olvidar. Guardé el anillo en el bolsillo. El parque continuó respirando sin nosotros. Una hoja cayó, después otra. En algún lugar un niño reía. Miré el banco vacío, entonces supe que ella se llevaba menos de mí de lo que yo había temido y que dejaba más de sí de lo que probablemente llegaría a saber.

Quizá algún día vuelva a sentarse aquí, quizá no, quizá una tarde, sin comprender por qué, tocará sus labios y sentirá que alguien estuvo allí antes de que nacieran, pero ya no necesito saberlo. Hay recuerdos que sobreviven porque los alimentamos, otros sobreviven precisamente porque dejamos de buscarlos. Comencé a caminar, no hacia ella., hacia mí.

Y mientras avanzaba comprendí finalmente aquellas palabras que durante tantos años había repetido sin entender «la única puerta de salida se abre hacia adentro» Entré, y por primera vez pude salir, porque algunas veces recordar es una manera de aferrarse y algunas veces, «olvidar es también otra forma de amar».

EN ESTA NOTA

Esteban Tiburcio Gómez

Investigador y educador

El Dr. Esteban Tiburcio Gómez es miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Licenciado en Educación Mención Ciencias Sociales, con maestría en educación superior. Fue rector del Instituto Tecnológico del Cibao Oriental (ITECO), Doctor en Psicopedagogía en la Universidad del País Vasco (UPV), España. Doctor en Historia del Caribe en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), entre otras especializaciones académicas.

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