En una fase de amores entre la iglesia católica y la dictadura trujillista, los días festivos religiosos eran sagrados. La culminación era la Semana Santa. Era una semana de total recogimiento y espiritualidad. La conmemoración de la crucifixión y muerte del Señor era un trauma catártico de fortalecimiento del sistema, superado por la vuelta a la vida, la resurrección victoriosa de nuestro Señor Jesucristo.

El lunes, martes y miércoles santo era de preparación para el jueves y el viernes, días de total recogimiento y de dolor. Solo se trabajaba en lo imprescindible, no se peleaba, no se les daban pelas a los hijos, eran evitados golpes en la tierra, las personas hablaban bajo, estaba prohibido bañarse en ríos, el mar y los arroyos, los vehículos no podían tocar las bocinas, desaparecían las campanas de la iglesia y eran sustituidas por matracas, se prohibían los bailes y todas las emisoras radiales colocaban solo música clásica, que el pueblo denominaba "música de muertos".

El Viernes Santo, los vecinos y familiares intercambiaban dulces que se colocaban en la mesa del comedor. El sábado era día de regocijo (después fue el domingo) con la resurrección del Señor, con la llegada de la esperanza y con la alegría vendría la paz, aún con la quema del Judas, "la radio" ponía merengues y la vida volvía a la normalidad.

A la caída de la dictadura el hechizo, la magia de la quietud y tranquilidad se rompió, la fe se hizo añicos al descubrirse el silencio cómplice por años de la iglesia católica con la dictadura, aún con el impacto y la osadía valiente de la Pastoral en defensa de los implicados en el 14 de junio y la postura antitrujillista de jerarquías y de una parte de la feligresía antitrujillista, ante la incredulidad colectiva, naufragó la fe.

Entonces, todo el hechizo de recogimiento, de tranquilidad se esfumó y grandes partes de las actividades mundanas, para beneficio económico y comercial de una élite, surgieron con voracidad. El ron, la cerveza, las vacaciones, los hoteles y las fiestas pasaron a sustituir a las actividades religiosas. Las playas para las francachelas, los tours al exterior se multiplicaron, aumentaron las visitas a los moteles, la iglesia fue olvidada por mucha gente, la sobriedad y la solemnidad de Semana Santa se contaminó.

Muchos años antes, en Europa, el papa Urbano IV, en su bula Transiturus, permitió que los cristianos pudieran participar enmascarados en las procesiones de Corpus Christi, cosa que en la colonia era normal en Cotuí y en la ciudad de Santo Domingo. En la elaboración del calendario judeo-gregoriano, donde la iglesia fijó las fechas oficiales de sus celebraciones, el papa Gregorio XIII permitió que los cristianos pudieran participar de las fiestas de las cosechas en lo que se bautizó como las carnestolendas, a realizarse tres días antes del Miércoles de Ceniza, de donde salió el "carnaval", que luego se multiplicó en nuestro medio, incluso en festividades de la iglesia, aún después de la Semana Santa.

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Los Negros de la Joya – Foto DAGO

En lo que hoy es nuestro país, no trajeron al africano sino a "los africanos", ya que estaban integrados en diversas etnias, culturas y tribus, con lenguajes y creencias diferentes, los cuales se fueron integrando en los espacios posibles del cimarronaje, convirtiéndose en enclaves culturales que luego convivían con la imposición de la cultura cristiana occidental traída por los españoles.

Mientras la cotidianidad de la mayoría de la población respondía a las normatizaciones impuestas por la cultura española colonial, núcleos afrodescendientes mantenían muchas de sus visiones del mundo y esencias de sus ancestros. La Semana Santa ocurre siempre con la llegada de la primavera; en el país prevalece la visión vigente de valores y códigos de la cotidianidad cristiana. Pero para los núcleos afro, la llegada de la primavera es el regalo de la vida, porque implica lluvia, flores y con ellas frutos que amortiguarán el hambre y la miseria, por eso la reciben con alegría, cantos y bailes.

Pero esto choca con la solemnidad católica y todo es malinterpretado y erradamente reprimido, hasta metiendo presos a los grupos, impidiendo su celebración, en actividades seculares y tradicionales como el gagá y como novedad a las cachúas de Cabral. Oficialmente este es el "Carnaval Cimarrón", no porque los cimarrones tuvieran carnaval, sino porque es un carnaval de rebeldía, de identidad, fuera de las carnestolendas europeas, rural, sin comercialización, ecológico, sin intención de chocar con las celebraciones oficiales de la Semana Santa. Es un contracarnaval en relación con el carnaval de carnestolendas de la élite y el sistema social dominante.

El que quiera "descubrir", encontrarse con este Carnaval Cimarrón en la Semana Santa, hermosamente impactante, debe adjudicarse de las conceptualizaciones de unas ciencias sociales neocolonizadas, renunciar a prejuicios ideológicos discriminadores y racistas, y en diversos lugares del país, bañarse de gagá en La Romana, en San Luis, en Palavé o Boca Chica; gozarse las máscaras del diablo de Elías Piña y encontrarse con un gagá teatralizado simbolizado por Cun Cun, la única mujer "jefa de gagá" del país en Elías Piña; sudar con los negros de la Joya o El Peje en Guerra, dialogar sin hablar con los cocoricamos y las tifúas de San Juan de la Maguana, para concluir el sábado, el domingo y el lunes, después de la Semana Santa, con las impactantes cachúas en Cabral, Barahona.

Este inédito carnaval cimarrón no tiene nada que ver con el carnaval de carnestolendas europeo traído por los españoles, ni con el carnaval comercializado a nivel urbano; es una celebración por la llegada de la primavera, en comunidades pobres. Es un carnaval ecológico, invisibilizado, despreciado, discriminado, no valorizado por parte de la política oficial del Estado. Es un carnaval subversivo, provocador, único, expresión de resistencia cimarrona, parte e identidad de la dominicanidad, que por discriminación y racismo es excluido y reprimido, aunque sobrevive como símbolo de resistencia, donde se expresan manifestaciones populares e identidades, patrimonios de la nación, en peligro de extinción por la ausencia de políticas públicas de apoyo, protección y revalorización del Estado, de una manifestación cultural que realmente no contamina, sino que enriquece a la Semana Santa.

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Máscara del diablo de Elías Piña – Foto-Mariano