Desde Hay un país en el mundo, de Pedro Mir, la literatura dominicana ha encontrado en el paisaje una forma de pensar la nación. Si en aquel poema el territorio se convertía en memoria histórica y conciencia colectiva, Trinchera de ternura prolonga esa tradición desde una sensibilidad ecológica contemporánea, donde el agua, el suelo y el mar dejan de ser escenario para convertirse en protagonistas de una ética del cuidado. En ese horizonte se inscribe este ensayo de divulgación ambiental en prosa poética que transforma el conocimiento científico en experiencia literaria. Su mayor acierto consiste en integrar el discurso científico, el ensayístico y el poético para proponer una nueva forma de leer el territorio como espacio geográfico y comunidad viva.
Hay en Trinchera de la ternura una coherencia de su arquitectura conceptual. La secuencia agua, suelo, se sobrepone al criterio temático. Estamos frente a una comprensión sistémica de lo terrenal donde cada ecosistema explica al siguiente y donde toda acción humana encuentra consecuencias visibles. Esta unidad convierte la trilogía en un proyecto intelectual.
En lo literario, Luis Carvajal escribe con una voz intensa que recoge sus inquietudes poéticas. Imágenes como "la vena rota", "la memoria del río muerto" o "el primer sorbo" transforman conceptos ambientales en experiencias emocionales. La metáfora el mecanismo principal mediante el cual el libro busca modificar la conciencia.
Hay que prestar atención al matrimonio afortunado que aquí logran poesía y divulgación científica. En el texto se explican los procesos, por ejemplo, de formación de las nubes, el ciclo hidrológico o la función ecológica del manglar sin abandonar la dimensión simbólica del lenguaje. Esa combinación hace que el esta Trinchera pueda ser ser leída desde la educación ambiental y desde la literatura.
En algunos pasajes la reiteración del tono exhortativo disminuye la fuerza de la emoción inicial. El libro insiste con frecuencia en una misma estrategia retórica, la oposición entre la vida y la destrucción, entre el cuidado y la codicia, y, hacia ciertos momentos, esa insistencia puede hacer previsibles algunos desenlaces argumentativos.
Desde mi lectura, el libro alcanza sus momentos más álgidos cuando deja que el paisaje hable antes que el autor. Los fragmentos donde la naturaleza adquiere voz propia poseen una potencia estética superior a aquellos en los que el discurso se aproxima a la consigna. La literatura convence con mayor profundidad cuando el lector descubre por sí mismo aquello que el texto insinúa.
Trinchera de ternura abre un cauce poco transitado en la literatura dominicana. No se limita a las fronteras del ensayo, de la poesía o de la divulgación científica, más bien las atraviesa para alzarse en una escritura del conocimiento que dialoga con la emoción. Su verdadera identidad nace precisamente de la confluencia donde la ciencia respira poesía y la literatura asume piensa el país.
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