Salvo la Autobiografía de Alice B. Toklas, nunca he leído un libro de Gertrude Stein. Sin embargo, su nombre me ha resultado familiar desde la adolescencia, puesto que ha sido relacionada con Hemingway, Faulkner y Scott Fitzgerald, autores a los que, en mayor o menor medida, he frecuentado desde muy joven. Y si exceptuamos la mencionada autobiografía, pese a que soy un apasionado de las visitas a librerías, no recuerdo haber visto nunca un libro de Stein. De hecho, jamás me interesó la autora ni mucho menos me interesé en buscar uno de sus libros. Pero hace unos meses leí con deleite La extraña pareja, un magnífico ensayo biográfico escrito por Rosa Montero: entre otros puntos no menos esenciales, el ensayo detalla con elocuencia la relación de Gertrude Stein y Alice B. Toklas. Curiosamente, dos o tres meses después encontré en una librería Autobiografía de Alice B. Toklas y, al recordar la lectura del ensayo de Montero, no dudé en comprar esta autobiografía. La leí de inmediato, pero el libro no era lo que esperaba: algunos pasajes me subyugaron sobremanera y otros me obligaron a bostezar de continuo y a casi dejar la lectura del libro a mitad de camino. No obstante, merece la pena leerlo de principio a fin.
Stein publicó su autobiografía en 1933, a los sesenta años. Es un libro curioso que revela detalles interesantísimos sobre los primeros inicios de los pintores cubistas, sobre sus precursores y sobre destacados escritores estadounidenses que frecuentaron a Stein. Con esta autobiografía le llegó por fin el éxito de ventas y de crítica que tanto anheló y que antes de ese libro parecía correrle durante un trayecto de más de treinta años de prolífica escritura. La escribió utilizando la voz de Alice B. Toklas como la autora que cuenta los pormenores. Es como si fuese la autobiografía de Toklas y no la de Stein, pues fue una estratagema que Stein utilizó para, de ese modo, homenajearla y rescatar sus vivencias, darle mayor peso a sus propias opiniones de mujer ególatra, ser más persuasiva, más aguda y parecer menos concentrada en sí misma. Insistió para que Toklas escribiese su autobiografía, pero ésta se negaba alegando no estar dotada para la escritura. Entonces la propia Stein le dice, como se colige al final del libro (el cual leí en la traducción de Andrés Bosch): «no me parece que vayas a ponerte a escribir esa autobiografía. Sabes qué voy a hacer. Voy a escribirla yo». El resultado ha sido un libro magnífico, original y exitoso.
Stein llegó a París en 1903, con veintinueve años. En 1907 conoció a Toklas, que era tres años menor que ella. Formaron desde entonces una relación lésbica abierta y pública que, en forma de convivencia ininterrumpida, duraría casi cuarenta años. A juzgar por la autobiografía, son numerosísimos los artistas de primer orden que, siendo para la época muy jóvenes y marginados, la visitaban. El magnetismo que esta mujer parecía ejercer sobre los artistas que la visitaban (y sus esposas) es sorprendente. La casa de Gertrude era un verdadero centro cultural en el que convergían figuras artísticas que posteriormente serían estelares en la historia del arte. Pocas veces se ha visto una casa en la que hayan convergido con semejante frecuencia tantos pintores y escritores jóvenes que luego serían calificados como geniales.
Vivieron como marido y mujer, hasta que la muerte de Stein las separó en 1946. Ambas eran norteamericanas, educadas en San Francisco, hijas de judíos europeos y huérfanas de madre desde muy jóvenes. Se complementaban de forma magnífica y parecían estar hechas la una para la otra. Toklas cocinaba, bordaba, cuidaba a Gertrude, limpiaba, pasaba a máquina sus escritos, cortaba flores para adornar la casa, preparaba los postres y los pastelitos que brindaban a los numerosos artistas amigos que frecuentaban la casa. Y Gertrude era el centro de atención. Era, además, dominante y egocéntrica con sus amigos y allegados, pero era sumisa y tierna con Alice, que era celosa e irritable y hasta un poco cruel con ella. Alice solía acostarse a tempranas horas de la noche y Gertrude padecía de insomnio y gustaba de escribir hasta altas horas de la noche y después de acostarse solía dormir hasta el mediodía.
Gertrude llamaba a Alice cariñosamente Pussy, que significa Gatito, y Alice llamaba a Gertrude cariñosamente Lovey, que significa Amorcito. Alice acompañaba a Gertrude en los numerosos viajes que hacía en su Ford destartalado. Solían caminar agarradas de la mano y eran físicamente parecidas, en especial después de que ambas llevaran el pelo cortado al estilo masculino. Los niños y los colegiales solían mofarse de ellas al verlas juntas. Incluso, durante un viaje a España, fue tal la curiosidad que ambas mujeres despertaron ante la muchedumbre curiosa por ver y tocar a tan extraña pareja, que las autoridades pusieron un agente de policía al cuidado de ellas durante su estancia española.
Fue, al mismo tiempo, una pareja burlada, calumniada, admirada, respetada y querida en varias zonas de Francia. Solo la muerte las pudo separar para siempre. Stein murió en 1946, cuando tenía sesenta y dos años, víctima de un fuerte cáncer que la consumió de inmediato, y Toklas murió en 1967, cuando tenía casi noventa años (en los últimos años de su vida estaba muy aislada, ciega, sorda, casi inválida y en la pobreza). Fueron, en resumen, dos mujeres disparatadas y estrafalarias que vivieron al borde de eso que el vulgo llama loco o raro, pero vivieron con autenticidad y plenitud, con desafío y felicidad. Vivieron sin miedo al ridículo y fueron, ante todo, ellas mismas. Que ello es así lo evidencia desde luego la lectura de la Autobiografía de Alice B. Toklas.
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